Una mujer. Dos empleos. Un hijo. Una casa que nadie pagó pero que alguien limpiaba, organizaba y sostenía todos los días. Mientras ella destinaba su sueldo al súper, a las colegiaturas, a los gastos corrientes del hogar, su marido usaba el suyo para comprar propiedades a su nombre. Años así. Una década así. Al llegar el divorcio, él presentó escrituras. Ella presentó facturas de la escuela y recibos del súper. El juez de primera instancia lo vio y dijo lo más injusto que puede decir un juez en este país: “los dos trabajaron, no procede compensación.” Como si trabajar doble valiera lo mismo que trabajar simple. Como si el hogar no fuera trabajo. Como si el cansancio de las 11 de la noche doblando ropa después de una jornada laboral no tuviera precio. Ese caso llegó a la @SCJN. Y la Suprema Corte lo cambió todo.
La Primera Sala estableció algo que llevaba décadas pendiente de nombrarse con precisión jurídica: la doble jornada laboral no es un rasgo de carácter ni una virtud doméstica. Es un costo de oportunidad real, medible, resarcible. Cada hora dedicada al hogar fue una hora que no se invirtió en construir patrimonio propio. Cada año cargando con la crianza de manera desproporcionada fue un año en que el otro cónyuge acumulaba mientras tú sostenías. Y lo más poderoso del criterio no es solo eso — es el giro probatorio que introduce. Ya no le toca a ella demostrar que se sacrificó. Ahora la presunción opera a su favor. Es él quien tiene que probar que las cargas del hogar se distribuyeron de manera equitativa. Que él también doblaba ropa a las 11 de la noche. Que él también faltaba al trabajo cuando el niño tenía fiebre. Que el peso fue igual. Y eso, en la abrumadora mayoría de los matrimonios mexicanos, es simplemente imposible de probar porque nunca fue verdad.
Lo que hace brutal e histórico este criterio es lo que dice entre líneas: el matrimonio en México fue durante décadas el mejor negocio jurídico para uno y el contrato más leonino para la otra. Una institución que normalizó que una persona acumulara y la otra sostuviera, y que al momento de disolverse premiara al que acumuló con su patrimonio intacto y dejara a la otra con las manos vacías y el currículum atrofiado. La SCJN rompió esa lógica con jurisprudencia obligatoria, con perspectiva de género como requisito de validez de cualquier sentencia, y con un mensaje que no admite lectura ambigua: el divorcio no puede ser el momento en que una mujer queda más pobre por haber dado más. Llegó tarde para muchas. Pero para las que vienen, ya hay Corte.
#Portada | Julio Scherer García, el periodista del siglo XX mexicano | Por @ @jorgecarrascoa | En la edición de abril de @proceso
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