Para mí, estar cómodo económicamente es suficiente. No necesito ser el más rico; solo quiero poder comer lo que quiera, ir a donde quiera, pagar mis cuentas a tiempo y vivir bien.
Siempre fui “el fuerte” de la familia.
El que resuelve.
El que no llora.
Cuando mi hermano perdió el trabajo, lo ayudé.
Cuando mi padre enfermó, yo pagué todo.
—Eres increíble —me decían—. No sé qué haríamos sin ti.
Un día me quedé sin fuerzas.
Sin ganas.
Sin aire.
Intenté hablar.
—Estoy cansado —dije.
—Tú puedes con todo —respondieron—. Siempre has podido.
Esa noche me encerré en el baño.
Lloré en silencio.
Al día siguiente, nadie notó nada.
Todo siguió igual.
Ahí entendí la trampa:
Cuando siempre eres fuerte,
nadie aprende a cuidarte.
Quedarse en casa un sábado o domingo por la noche para no trasnochar, ahorrar y disfrutar de tu hogar también es amor propio. Disfrutar de planes en casa, comer rico, ver una película y pasarla bien con los que amas y te aman, también es una buena vida.
Te re curte laburar. Te abre la cabeza, te da una obligación, te hace valorar la guita y aprender a manejarla y encima te enseña el motor de la vida: a hacer algo qué no queres hacer.
Jamás había valorado tanto la vida hasta que empecé a ver a mi alrededor, y me di cuenta de que hay gente que me quiere, hay gente que se alegra de verme y hay gente que me incluye en sus planes aunque yo no sea tan presente.