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«El ocio puede (no necesariamente, pero puede) vivirse desde la inacción, desde la languidez, desde la mera vivencia del pasar del tiempo. Como bien sabía Proust, el aburrimiento puede ser complejo y deleitoso.»
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El lenguaje es creador, generador, constructor no solo de ideas o teorías, sino de realidades. Podemos (re)crear la realidad, (re)componerla y modificarla a través de la palabra.
¿Puede que la clave de ese derecho que creemos tener (o no) sobre las cosas radique simplemente en compartir con los demás la libertad de ser y estar en el mundo?
Aunque nuestra sociedad moderna es palmariamente audiovisual, detrás de muchos vídeos, de muchos «shorts», incluso de muchas imágenes, hay palabras que transmiten un propósito y dan cuenta de una idea.
«Reconocer los errores es humano. Y no solo deberíamos hacerlo, con humildad, sino que deberíamos comprender cuál es el proceso ulterior: aceptar un fallo da pie a entenderlo y a evitarlo en el futuro.»
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Si no conseguimos auto(des)conocernos un poco mejor, la frustración podría terminar convirtiéndonos en desgraciadas plañideras. La humildad nos lleva a aceptar nuestras obligaciones como personas, como seres sociales.
Buenos días, tristeza, Françoise Sagan
Mucho se ha escrito sobre el tránsito hacia la madurez desde la adolescencia, pero quizá no tanto sobre ese egoísmo que todos los jóvenes exhiben orgullosos como si el sentido del mundo solo a ellos les hubiera sido revelado. En Buenos días, tristeza tenemos una protagonista cuya autopercepción la confunde casi tanto como la mala interpretación que realiza de aquello que le rodea.
La novela es un canto a la melancolía de esa juventud que todo lo puede, que avasalla la vida desde la inocencia, pero a través de la mirada de Cecile, una muchacha cuyos juicios no hacen sino demostrarse errados. Sagan, quizá por la edad a la que redactó el texto, se adentra en la mente de una joven tan arrogante como ignara con luminosa precisión: las acciones de Cecile están guiadas por esa vanidad adolescente que considera que el mundo está exclusivamente diseñado para colmar sus deseos, pero a lo largo de la obra irá percibiendo el tenue velo que separa los ideales de la realidad.
Buenos días, tristeza, así, puede tomarse como un dulce canto a la energía de la juventud, aunque también como un reflejo de esa inconsciencia que desemboca en decisiones basadas en el capricho. Inseparables ambas, y también deslumbrantes.
Ellos, de Kay Dick
Ellos se compone de varias narraciones, tenuemente distópicas, que se ambientan en un rincón de Inglaterra apartado de todo, en el que diversos personajes tratan de vivir alejados de lo que pareciera ser una suerte de secta que se ha erigido en casta dominante.
El gran acierto del libro es que todos los relatos (absolutamente monocordes en cuanto a estilo) consiguen ir creando una atmósfera opresiva que recuerda mucho a las narraciones de terror: el lector es consciente de que hay alguien que acecha, que vigila, que castiga, pero en ningún momento se llega a concretar su objetivo; apenas se tienen unos vislumbres de esas personas tan enigmáticas y peligrosas, lo cual construye un ambiente asfixiante.
Por otro lado, quizá un demérito es la planitud de todos los relatos y la representación de personajes. Mientras que la atmósfera se crea por acumulación, el hecho de repartir el peso del tema entre varios protagonistas (los textos, además, son muy breves) hace que no se llegue a conectar con ninguno, lo cual resta potencia a ese clima misterioso y amenazador. Con todo, algunas de las historias reflejan con buen ojo la incomprensión de esa maldad desde el punto de vista de la bondad y la responsabilidad social.
La vida nos asesta golpes inesperados, nos zarandea y defrauda; pero, si consideramos en detalle nuestras existencias, los instantes de calma son mucho más constantes que los inestables, dolorosos o frustrantes.
«Si no nos dejásemos sorprender por las sinrazones de nuestra emoción, quién sabe cuántas experiencias podríamos perder. Aunque pueda resultar molesto, ese cambio de opinión puede acarrear los instantes más hermosos.»
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La aversión a reconocer nuestra ignorancia es una carga, pero también debería impulsarnos a mejorar.
Esa dificultad de aceptar nuestro desconocimiento se refleja en nuestras interacciones, en las que la soberbia puede limitar nuestra capacidad de aprender de los demás y construir nuevas ideas.
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La incomodidad de enfrentarse a la propia ignorancia es una oportunidad para el autodescubrimiento.
La dificultad del camino hacia el conocimiento es parte de lo que nos define como seres humanos.A pesar de los obstáculos, el aprendizaje nos permite construir una comprensión más profunda de nosotros mismos y del mundo.
Mañana, en el artículo exclusivo para suscriptores, hablo sobre intelectualismo, conocimiento y arrogancia: combinación explosiva. Estás a tiempo de suscribirte para no perdértelo.
El uso del lenguaje es crucial. Las palabras cotidianas empleadas de una manera nueva, rotunda y contraintuitiva pueden llegar a cambiar una visión del mundo.
Yo creo que poquísima gente lee hoy.
Creo que imaginan cómo sería leer.
Y lo que imaginan es un “estilo de vida”, incluso un “gusto” literario, no leer.
Leer implica una suspensión, no solo del juicio, sino del conocimiento.
Y hoy no creo que se soporte siquiera esa noción.
Aunque el iusnaturalismo puede ser una creación humana, ¿podría tener algún fundamento si nos es inmanente un sentido de la justicia? ¿Podrían existir «reglas» o normas que entendemos como evidentes?
La pasión por el conocimiento revela una dedicación que no siempre valoramos. En un mundo donde se prefieren las respuestas rápidas, la búsqueda del saber es más importante que nunca, aunque también más difícil de apreciar.
Si quieres leer más:
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La búsqueda del conocimiento, aunque respetada, es a menudo vista con recelo.
En la actualidad, esta devoción se enfrenta a críticas por su aparente egocentrismo.
Las preguntas incómodas que plantea nunca han sido tan desafiantes como las respuestas fáciles que buscamos en nuestra era.
El tema de esta semana en Auto(des)conocimiento es la visión de la sabiduría en la actualidad. Mañana envío la carta en abierto a todos los sucriptores; estás a tiempo de unirte a la comunidad.
El empleo del verbo «leer» para dar a entender que comprendemos los pormenores de una realidad, se complementa con el «discurso» que usaremos para modificarla.
«La soledad nos sitúa frente a nosotros mismos; y, a veces, esa mirada en el espejo no es lo que esperábamos contemplar. Supongo que por eso tantas personas rehúyen los momentos de tranquilidad…»
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