Ahora soy cabeza, pero me encantó ser corazón.
Hubo un tiempo en que mi vida giraba alrededor de sentirlo todo al 1000%: entregaba sin calcular, amaba sin frenos, perdonaba antes de que me lo pidieran, ponía el pecho para que la otra persona no sufriera, cargaba silencios ajenos como si fueran míos, y me quedaba despierto pensando cómo hacer feliz a quien ni siquiera se preocupaba por mi paz. Ser corazón era mi identidad. Era mi bandera. Era lo que me hacía sentir vivo… aunque a veces me dejara medio muerto por dentro.
Me encantó esa versión. De verdad. Porque en medio del caos, del dar sin recibir, del esperar lo imposible, hubo momentos hermosos: risas que valían más que cualquier plan, abrazos que curaban todo, promesas que creí eternas, y esa sensación de que, mientras estuviera latiendo fuerte por alguien, nada más importaba.
Pero el corazón, cuando da demasiado y no lo cuidan, se cansa. Se agrieta. Empieza a doler de formas que no explicas. Y un día te das cuenta: seguir siendo solo corazón te está costando la dignidad, la tranquilidad, el respeto por ti mismo.
Entonces llega el momento de activar la cabeza. De poner límites sin culpa. De elegirte sin tener que pedir permiso. De entender que amar bien no es dar todo hasta quedarte vacío, sino dar desde un lugar lleno. De aprender que no todos merecen acceso a tu vulnerabilidad. De soltar la fantasía de que “si doy más, cambiarán”.
Ahora soy cabeza. Pienso antes de sentir. Evalúo antes de entregar. Me pregunto: ¿esto me suma o me resta? ¿esta persona me elige con la misma intensidad que yo? ¿estoy en paz o solo estoy aguantando?
Y aunque a veces extraño esa inocencia del que sentía sin protección, no la cambiaría por lo que tengo hoy: paz interior, claridad, amor propio sólido, y la certeza de que mi corazón sigue latiendo fuerte… pero ya no por cualquiera. Late por mí primero. Late por quienes demuestran con hechos, no solo con palabras bonitas. Late por proyectos, por sueños, por mañanas tranquilas sin ansiedad.
Ser cabeza no es volverse frío. Es volverse sabio. Es querer con madurez. Es proteger lo que más valoras: tú.
Así que sí: ahora soy cabeza… pero me encantó haber sido corazón. Porque ese corazón me enseñó a amar, a romperme, a reconstruirme y a elegir mejor.
Y hoy, siendo cabeza, sigo teniendo un corazón enorme… solo que ya no lo regalo a quien no sabe cuidarlo.