Do you know what this is?
This is a soundboard recording of Avey Tare and Panda Bear playing Sung Tongs material live in Akron OH in 2003.
Haven’t heard this in at least 20 years.
Anybody wanna hear it?
Hope it survives the digitization process.
En los años noventa, la alta cocina se medía por la capacidad de quebrar un pequeño bizcocho y ver brotar un río espeso de chocolate. El coulant no era solo un postre; era el clímax dramático de la cena. Como cocinero, recuerdo la tensión en la línea de pase cuando salían aquellas joyas. Si te pasabas un minuto, entregabas un vulgar panqué; si te faltaba un suspiro, el volcán colapsaba en el plato.
Esta genialidad nació en 1981 en las cocinas de Laguiole, Francia. El legendario chef Michel Bras tardó dos años de obsesiva investigación para patentar su Biscuit Tiède de Chocolat. La magia original de Bras no radicaba en una masa cruda, sino en una técnica de física culinaria: congelaba una esfera de ganache de chocolate y café, la introducía en una masa de bizcocho y, al hornear, el exterior se cocía mientras el núcleo se derretía por completo. Era una obra de ingeniería gastronómica.
El éxito fue su condena. El postre se transformó en un mito global y, con el cambio de milenio, mutó en infinitos primos hermanos. En los países anglosajones lo llamaron lava cake; en Italia, tortino al cioccolato; en Sudamérica, volcán de chocolate. Pronto aparecieron versiones saladas con quesos potentes o trufa, demostrando la versatilidad de la técnica de Bras.
Sin embargo, la industria alimentaria olió la sangre y decidió democratizarlo hasta la asfixia. El coulant ultraprocesado invadió los congeladores de los supermercados y las cadenas de comida rápida. Hoy, con tristeza, veo cómo cientos de restaurantes con pretensiones estafan al comensal sirviendo un bloque industrial recalentado en el microondas, vendiéndolo con el descaro de la etiqueta "hecho en casa". La masificación mató el misticismo del volcán original.
Por fortuna, la resistencia vive en el calor del hogar. En mi cocina, el postre ha encontrado una nueva vida, libre de la soberbia culinaria y lleno de afecto. Esta es la versión que preparo junto a mi hija, bautizada con orgullo como El coulant de chocolate de Lía.
Para revivir la magia en casa, fundimos despacio al microondas o a baño María 250 gramos de chocolate negro al 70% de cacao junto con 200 gramos de mantequilla sin sal. Mientras el chocolate se rinde al calor, batimos 6 huevos medianos con 100 gramos de azúcar morena fina hasta que la mezcla blanquee y duplique su volumen. En ese punto de aire y ligereza, tamizamos 90 gramos de harina de repostería y 36 gramos de cacao en polvo, incorporándolos a los huevos con movimientos suaves y envolventes.
Llega el momento crítico: vertemos el chocolate fundido con la mantequilla. Hay que cuidar con recelo la temperatura; si está demasiado caliente, cuajará los huevos y arruinará la textura. Una vez lograda la masa homogénea, la trasladamos a una manga pastelera y la dejamos reposar cinco minutos en la nevera para que tome cuerpo.
Para el montaje, untamos moldes individuales con unos 15 gramos de mantequilla pomada combinada con un pellizco de sal fina; este contraste potenciará el amargor del cacao. Rellenamos los moldes solo hasta la mitad. En el corazón de cada uno, colocamos el secreto de Lía: una lágrima de chocolate con frambuesa que aportará una acidez brillante. Cubrimos con más masa desde la manga, cuidando de no llenar el molde hasta el borde.
El desenlace depende del tiempo. Si decidimos congelarlos para el futuro, el horno debe estar a 200°C y se cocinarán durante 12 minutos. Si van directos al fuego, a la misma temperatura bastarán solo 5 minutos. En ambos caminos, la regla de oro del cocinero es inquebrantable: se dejan reposar dos minutos exactos dentro del molde antes de desmoldar con cuidado. Al romper la corteza con la cuchara, el río de chocolate y frambuesa nos recuerda por qué este ícono, a pesar de la industria, jamás podrá morir del todo.
La foto es de su primera receta con 7 años.
Merece la pena pararse a pensar por qué entendemos sólo una parte de la cultura del vino o lo entendemos mal👇
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La historia detrás de los huevos Benedict.(Benedictinos)
Cocinar es, ante todo, una forma de conversar. Cada plato que sale de los fogones lleva consigo un relato silencioso, un viaje en el tiempo que une culturas y paladares. Hoy quiero invitaros a descubrir los secretos de un clásico imprescindible de los desayunos tardíos: los huevos Benedict. Es una receta que despierta pasiones por su técnica, pero también por las divertidas leyendas que esconde su origen.
Para entender la magia de este plato, debemos viajar al Nueva York de finales del siglo XIX. La historia más popular nos traslada al invierno de 1894, en las lujosas salas del Hotel Waldorf. Se cuenta que un corredor de bolsa llamado Lemuel Benedict entró al restaurante buscando un remedio infalible para una noche de excesos. Pidió una combinación muy particular: tostadas con mantequilla, tocino crujiente, huevos escalfados y una buena jarra de salsa holandesa. El famoso maître del hotel, Oscar Tschirky, vio tanto potencial en aquella ocurrencia que decidió refinarla. Sustituyó la tostada por un muffin inglés, cambió el tocino por bacon canadiense y bautizó el plato en honor a su cliente.
Sin embargo, los amantes de la gastronomía también custodian otra versión más aristocrática. En el restaurante Delmonico’s, el primer gran establecimiento público de Estados Unidos, los señores LeGrand Benedict sugirieron un cambio al chef Charles Ranhofer porque estaban aburridos del menú habitual. Fuera cual fuera el verdadero creador, la fórmula cruzó fronteras rápidamente.
A lo largo de los años, este plato ha desarrollado una hermosa familia de primos hermanos por todo el mundo. Si cambiamos el tocino por salmón ahumado, viajamos a Francia con unos Huevos Royale. Si preferimos una base exclusiva de espinacas salteadas, el plato se transforma en unos elegantes Huevos Florentine. En el sur de Estados Unidos, se preparan sobre un bizcocho salado y se cubren con salsa de carne bajo el nombre de Huevos Country. Incluso en nuestra cocina actual, es maravilloso verlos con lascas de jamón ibérico sobre pan de masa madre. La estructura, al fin y al cabo, es un lienzo en blanco para la creatividad.
Hoy os propongo mi versión personal. Es una variante que respeta la esencia técnica, pero añade el contraste del tocino con la frescura de las espinacas y un toque de pimentón de la Vera.
Para la salsa holandesa base, que suele ser el gran reto de esta receta, batimos con energía al baño María 4 yemas de huevo con 10 centilitros de zumo de limón recién exprimido. El secreto es mantener un movimiento constante hasta que la mezcla doble su volumen. Con paciencia, incorporamos poco a poco 320 gramos de mantequilla clarificada templada, controlando que el baño María no supere los 65°C para evitar que se corte. Sazonamos con sal y pimienta negra, y la reservamos en un rincón templado.
Para el montaje, doramos 4 tiras de tocino ahumado en una sartén a fuego medio. En esa misma sartén, aprovechando los jugos, salteamos 500 gramos de hojas de espinacas durante unos pocos segundos. Aparte, abrimos 2 muffins ingleses por la mitad y los tostamos ligeramente en el horno.
El momento del huevo requiere suavidad. Hervimos agua en una olla ancha y profunda a fuego lento, añadiendo 5 centilitros de vinagre de Jerez para ayudar a que la clara abrace a la yema. Cascamos los huevos en un cuenco pequeño y los dejamos caer despacio en el agua. Tres minutos de cocción son suficientes para lograr una yema sedosa. Los retiramos con una espumadera y los dejamos escurrir bien.
Finalmente, montamos el plato colocando medio muffin como base. Depositamos una tira de tocino y una porción de espinacas, seguidas del huevo escalfado. Vertemos la salsa holandesa tibia con una cuchara y decoramos con un espolvoreado de pimentón dulce de la Vera y perejil fresco picado. Es un bocado donde la tradición y el sabor se encuentran para celebrar el placer de comer bien.
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