En la primavera de 1962, dos chicos de 15 años se pelearon por una chica en Bromley, al sur de Londres. Uno de ellos era David Jones, que pronto cambiaría su apellido a Bowie. El otro era su amigo George Underwood. Un golpe accidental de la uña de Underwood le arañó la córnea y paralizó los músculos del iris del ojo izquierdo. Cuatro meses de hospital. Pupila izquierda permanentemente dilatada para el resto de su vida.
Bowie, años después, le dijo a Underwood que le agradecía el golpe. Que le había dado "una especie de mística."
El mundo creyó durante décadas que Bowie tenía los ojos de dos colores distintos. No era heterocromía. Era anisocoria: una pupila fija, incapaz de responder a la luz, que hacía que un ojo pareciera oscuro y el otro azul dependiendo del ángulo y el flash. Sus dos ojos eran azules. Solo uno respondía al mundo. El accidente con su amigo le dejó en el rostro exactamente el tipo de anomalía visual que encajaría perfectamente con cada personaje que construiría después.
Como si hasta su cara hubiera decidido participar en el proyecto.
La fotografía de 1971 lo muestra en la calle, con Angie Bowie a su lado y el cochecito donde viaja Zowie, el niño que décadas después se convertiría en el director de cine Duncan Jones, conocido por Moon y Source Code. Bowie lleva una prenda estampada, sombrero, y la misma expresión de quien no ha considerado en ningún momento que su aspecto necesite justificación.
En ese año Bowie tenía 24 años y estaba construyendo algo que no tenía nombre todavía. Hunky Dory saldría en diciembre de ese año. Ziggy Stardust llegaría en 1972. La moda, el teatro, el maquillaje y la ambigüedad sexual eran para él herramientas de composición, no provocaciones calculadas para escandalizar. "No me importaba lo que pensara la gente", le dijo a la revista Rolling Stone en 1976. "Nunca lo hizo."
Lo que hizo durante los 70 no fue ponerse disfraces. Fue demostrar que la identidad podía ser una práctica artística continua, no una condena fija.
La foto de 1971 tiene algo de manifiesto silencioso. No hay escenario, no hay luces, no hay público esperando. Solo una calle, una familia joven y un hombre que empuja un cochecito con la misma presencia con la que más tarde llenaría estadios.
Bowie no hacía que la rareza pareciera un disfraz.
La hacía parecer lo más normal del mundo.