Mereces a alguien emocionalmente disponible, que sepa comunicarse, que no desaparezca, que te cuente lo que hace, que se disculpe si tarda en responder y que nunca te deje adivinando cuál es tu lugar en su vida.
Mi peor versión no aparece cuando me enojo, sino cuando dejo de ser yo: cuando pierdo las ganas de hablar, de hacer bromas, de hacer mis ocurrencias, de reírme por cualquier cosa y hasta de tener esos pequeños gestos de cariño.
Ahí es cuando algo dentro de mí realmente cambió.
Nadie habla de lo difícil que es querer a alguien y, al mismo tiempo, sentirte herida por esa misma persona. Tener el corazón dividido entre el amor y la tristeza, entre la alegría y el enfado por sus acciones. Ojalá sentir fuera siempre sencillo, pero casi nunca lo es.
Tengo muy claro que soy reemplazable en la vida de los demás, pero también sé que ni en mil vidas encontrarán a alguien con un corazón tan genuino y puro como el mío.