Hace 40 años, Javier Krahe ya tenía claro lo que iba a pasar: "El franquismo se ha camuflado porque nos mira toda Europa, pero cuando media Europa vuelva a ser reaccionaria, el franquismo regresará y entonces recordaremos cómo confundimos el perdón con la justicia. Espero estar muerto cuando eso suceda".
Cette photo mérite absolument tous les prix. Elle a même sa place au Louvre.
Elle relate précisément l’inertie de l’individu face à l’effondrement.
Regardez la composition. Un chef-d’œuvre involontaire.
Au premier plan, le sable doré, les tongs abandonnées, la glacière. Le décor ordinaire du bonheur estival. Deux personnages assis, de dos, comme dans un tableau de Caspar David Friedrich. Sauf que Friedrich peignait des hommes contemplant le sublime. Ici, ils contemplent la catastrophe. Et ils ne bougent pas.
Au centre, le parasol. Publicitaire, criard, dérisoire. Un pastis face à l’apocalypse. C’est presque trop parfait : la France qui prend l’apéro pendant que le monde brûle. Aucun scénariste n’aurait osé.
Et puis le ciel. Les deux tiers de l’image. Cette muraille de fumée qui avale la lumière, ce dégradé d’ocre et de noir digne d’un Turner. La nature qui reprend la palette des maîtres pour peindre notre propre fin.
La femme photographie l’incendie avec son téléphone. Mise en abyme totale : nous documentons notre disparition au lieu de l’empêcher.
Cette image dit tout. Le déni, le confort, l’habitude. Nous sommes tous sur cette plage. Nous voyons tous le nuage. Et nous restons assis, parce que l’eau est bonne et qu’on a posé nos congés.
Les historiens de l’art parleront un jour de cette photo comme on parle du Radeau de la Méduse.
Sauf que cette fois, le naufrage, c’est nous qui le regardons depuis la plage.
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❤️🇪🇸🕊️ “Todo por ti, gracias María, te lo mereces”.
Álex Baena tuvo un emotivo recuerdo para María Caamaño, una de las grandes inspiraciones de esta selección, en plena celebración del segundo Mundial de España
👉 La joven, muy presente durante toda la concentración, falleció el pasado 16 de abril tras luchar contra un sarcoma de Ewing
🗣️ @rubn_escu
Fabián Ruiz se cruzaba con su madre en los pasillos del Betis. Ella limpiaba. Él entrenaba. Los dos sabían lo que significaba estar ahí.
Fabián Ruiz Peña nació en Los Palacios y Villafranca, un pueblo de Sevilla de 40.000 habitantes. Sus padres se separaron cuando él era pequeño y su madre, Chari, sacó adelante a tres hijos sola. Cuando el Betis lo fichó para su cantera, el club ofreció a su madre un trabajo fijo como limpiadora en las instalaciones como parte del acuerdo. Chari aceptó. Era un empleo estable, seguro, suficiente.
Lo que nadie calculó fue el momento en que los dos coincidieran en los mismos pasillos. Fabián admitió años después que en aquellos años sentía una mezcla de vergüenza y orgullo al cruzarse con su madre fregando los suelos donde él soñaba con llegar a ser futbolista profesional. Vergüenza de adolescente, la que se pasa. Orgullo de toda la vida.
Chari se graduó en Psicología mientras Fabián subía por las categorías del Betis, llegaba al Napoli, volvía a España con el PSG y se convertía en pieza indiscutible de la selección española. El hombre que España no ha perdido ni un partido en los 49 partidos que ha jugado con la Roja. El mediocentro que marcó el gol que nos metió en semifinales del Mundial.
Ella estudió. Él jugó. Los dos llegaron.
¿Cuántas madres hay detrás de cada futbolista que levanta un trofeo, y cuántas veces las vemos?
I’ve always had a deep admiration for Spain.
Not just because they win, but because of the way they see football. They treat the ball with respect, value intelligence over chaos, and prove that the collective will always be greater than any individual.
From the golden generation to this new era, Spain have stayed true to an identity that few nations have had the courage to protect. Even through difficult years, they never abandoned their principles.
Watching them become world champions again is genuinely special.
Sixteen years of waiting. A new generation carrying the weight of a nation’s history. Tonight, they didn’t just lift the World Cup they reminded the football world why I fell in love with Spanish football in the first place.
Team brilliance won over dazzling individualism to secure the World Cup for Spain. Functioning, wholesome multiculturalism also got a share of the glory. Football overcame, only just, the rabid commodification and the corporate shenanigans that almost killed its spirit. Food for thought about all the other realms of human endeavour. https://t.co/jkANOr2VRf
I remember seeing this clip when I was stuck deep in a depression cycle that was entwined with anxiety over my career and identity as an artist. It completely helped me course correct and is something I reach back to when that darkness lingers again.
Travel Well Sam Neill❤️
Una subcultura inglesa que siempre me pareció fascinante es la Mod, de raíces en la clase trabajadora. Muchos de aquellos jóvenes seguían trabajando en oficinas, talleres o comercios, pero por las noches recorrían el Londres de los sesenta como si fueran aristócratas. Va hilo:
Palabras mayores estar ahí con solo tres películas dirigidas viniendo de España. En Criterion Closet también saben que Carla Simón es de las directoras más punteras de su generación.
El orgullo patrio se saca por gente como ella 🇪🇸
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.