Un día entenderás que quienes se fueron no se llevaron nada. El amor era tuyo, la bondad era tuya y la luz era tuya. Nada de eso les pertenecía; todo sigue intacto dentro de ti.
Los tiempos de Dios no sólo son perfectos: son justos, sabios y siempre llegan cuando el corazón está listo para agradecer lo que un día pidió llorando.