Cómo te explico que una semi final ya es un buen mundial para Argentina pero si jugas contra Inglaterra no podes perder y si llegas a la final la tenes que ganar.
Lo preocupante es que no es solo una mala racha, ni un bajón futbolístico. Es algo más profundo.
River se volvió tibio. Blando. Previsible. No tiene fuego sagrado.
En vez de jugar los clásicos con el cuchillo entre los dientes, con carácter, se juegan sin alma.
Y esa tibieza no nace en la cancha. Baja desde arriba.
De una dirigencia más preocupada por la imagen, por la estética, por el “todo está bien”, que por sostener el ADN competitivo que siempre nos definió.
El gris de las butacas no es casual. Es simbólico.
A River lo hicieron gris.
El campo de juego también lo expone. Deteriorado, estropeado por los recitales.
Como si el fútbol hubiera pasado a segundo plano.
Y eso, inevitablemente, termina en el equipo.
Los jugadores representan lo que el club transmite.
Y transmiten eso: falta de rebeldía, de hambre, de carácter.
Falta de importancia por el fútbol.
Falta de respeto por el hincha.
Falta de identidad.
Se debería hablar de fútbol, pero hay cosas más graves de fondo. Porque si bien River hoy atraviesa las consecuencias de una grave gestión futbolística que viene de arrastre, hay algo peor todavía: la decisión institucional de convertirnos en un club boludo. Ahí está el punto más grave.
El verso de “vivir y jugar con grandeza” terminó siendo una excusa vacía. Una bandera mal usada que, lejos de elevarnos, nos adormeció. Nos volvió ingenuos. Alejó de la cancha al hincha ortodoxo para darle lugar, en masa, a un nuevo hincha que probablemente, como las golondrinas, se vaya ahora que el verano terminó.
Ese cambio también se refleja adentro de la cancha: futbolistas mucho menos comprometidos, fríos y faltos de carácter, en sintonía con el público que nos metieron. Mientras tanto, te condicionan, te cagan y te cargan. Y una dirigencia muda.
Quieren hacerte creer que con las formas alcanza, cuando en realidad, sin carácter y sin poder, no competís en serio. La grandeza no es ingenuidad. La grandeza es imponer condiciones, es hacerle sentir al rival desde el minuto uno que está jugando contra River.
Y hace rato dejamos de hacerlo. Afuera y adentro de la cancha.
En cualquier lugar del mundo si perdes 9 de los últimos 11 partidos, el técnico se va. O lo echan. Acá en River no solo que no pasa nada, sino que le renuevan por un año más. Sea Gallardo, Labruna, Astrada, Pellegrini o mi tía. River es una joda... De los peores equipos de toda la historia.