4 de Julio
Los Estados Unidos de Norteamérica son la anomalía histórica en la que los seres humanos, por primera vez, descubrimos la libertad.
¿Qué es la libertad? Dejemos de discutir pavadas. La libertad real y objetiva es la libertad económica. Todo lo demás depende de ella. El único momento en el que puedes decir que eres realmente libre es cuando puedes comprar y vender lo que quieras, cuando quieras y con quien quieras, y además tomas plena conciencia de eso. Todo lo demás es subjetivo y generalmente condicionado al contexto que te rodea. En cambio, la libertad económica es un hecho concreto que sólo puedes disfrutar cuando todo el contexto que te rodea es libre.
Y es que la libertad económica sólo existe cuando el estado deja de interferir en las dinámicas económicas, y un estado controlado y limitado por la ley es el requisito indispensable para que podamos hablar de una sociedad verdaderamente libre.
Los últimos 250 años, desde el impacto provocado por la Revolución Industrial, nos lanzaron a un dilema que ya se había intuido en otras épocas, pero que apenas ahora pudo llevarse a sus últimas consecuencias:
El poder del estado sobre el individuo, o la libertad del individuo frente al estado.
Ya en otras épocas se demostró que el éxito del comercio libre podía poner en jaque al paradigma monárquico y darle el poder a los hombres libres. Pasó en algún momento de la antigua Grecia; pasó en Fenicia; pasó en la República de Venecia y otros casos similares. Todos estos experimentos fracasaron porque, eventualmente, el poder de la clase comerciante-emprendedora topó con su límite, y el paradigma monárquico se volvió a imponer. Eran tiempos en los que los reyes y el clero tenían todo el poder, y tenían más recursos que nadie -obtenidos siempre del sistema de rentas- para conservar ese poder.
El cambio real empezó a darse en el siglo XVI cuando españoles y portugueses lograron circunnavegar el mundo. Ahí se creó la posibilidad de un comercio global y, por lo tanto, sin límites. Pero faltaba un componente esencial para alcanzar semejante logro: la capacidad de producir sin límites, y eso lo trajo la Revolución Industrial. Las máquinas de vapor facilitaron todavía más el trabajo, y el panorama quedó completo con la posibilidad de mover la información en tiempo real, primero con los medios masivos y finalmente con el internet.
Todo lo que hubo antes de la Revolución Industrial fue apenas el sueño de que podíamos ser libres. La llegada del capitalismo cambió las reglas. Permitió que la clase media (burguesía, comerciantes-emprendedores, o como quieras llamarles) por fin tuviera, en conjunto, la capacidad económica para disputarle el poder a las realezas en Europa. El hombre libre empezó a convertirse en contrapeso, y eso no tardó en convertirse en acción política.
Los dos primeros experimentos modernos para tratar de vivir sin la carga insoportable de los reyes y su poder absoluto fueron la Guerra de Independencia de las Colonias Americanas, y la Revolución Francesa.
Esta última fue acaso el proceso social y político que podríamos definir como "normal": era un intento por revertir un sistema político -el monárquico- que llevaba milenios siendo vigente. Fracasó, por supuesto. Ni Francia ni Europa estaban listos para eso. Y con ello no me refiero a los grupos en el poder, sino a la población misma. La Revolución se engulló a sí misma, primero con El Terror, luego con el Imperio Napoleónico, y colapsó con el regreso de los Luises al poder.
Era lógico. El movimiento revolucionario no tenía la capacidad de generar su propia riqueza, y además Francia estaba rodeada de monarquías que no iban a tolerar que se pusiera en entredicho su propia razón de ser.
En Estados Unidos tenía que haber pasado exactamente lo mismo, pero hubo un factor anómalo que cambió el curso de la historia: la geografía.
Trece colonias dirigidas por burgueses que producían su propia riqueza y mantenían activo su propio mercado se rebelaron y decidieron que no necesitaban un rey. Las monarquías europeas intentaron evitarlo, pero estaban demasiado lejos. La más interesada, en Londres. La otra alternativa era el Virreinato de la Nueva España, pero su sede estaba en la Ciudad de México.
La coyuntura fue decisiva, y los Estados Unidos de Norteamérica se convirtieron en el primer país libre de reyes, gobernado desde la lógica de gente que sólo quería trabajar y comerciar.
Por eso su ascenso fue meteórico. Apenas en 150 años ya se habían convertido en la nación más exitosa del mundo, y otros 50 años más bastaron para ser también la más poderosa. Hasta la fecha, lo sigue siendo.
No todo fue miel sobre hojuelas. Todos los primeros experimentos son torpes y fallan en algunas cosas. Los Estados Unidos también nacieron con aspectos oscuros propios de la naturaleza humana (abuso y explotación), y obviamente heredados de Europa.
Pero a los Estados Unidos no los gobernaba un rey que pudiera enmendar sus errores cobrando más impuestos. Lo gobernaban burgueses que, forjados en la lógica del comercio, habían aprendido una lección fundamental para alcanzar el éxito en cualquier empresa: si te equivocas, tienes que corregir.
Fue la primera vez que una nación sin rey, y sin la posibilidad de ser subyugada por un rey, empezó a descubrir que mientras menos poder tenga el estado sobre el individuo, se alcanza más prosperidad.
Entonces fue cuando se sentaron las bases para la verdadera guerra que no sigue agobiando, para la batalla cultural de fondo que va más allá de izquierda vs. derecha o de occidente vs. islam.
El combate que se centra en la única pregunta crucial:
¿Cuál es el objetivo de LA LEY? ¿Garantizar el poder del estado sobre el individuo, o proteger al individuo del poder del estado?
Miles de años de inercia histórica han insistido en que la ley es el mecanismo mediante el cual el estado controla a la sociedad.
Los Estados Unidos fueron el primer lugar donde los seres humanos nos atrevimos a revertir esa lógica.
Los resultados están a la vista.
Por una parte, los Estados Unidos son la nación más exitosa del mundo, y probablemente de la historia. Por la otra, los movimientos regresivos quieren destruir eso.
La lucha, al final, la van a ganar los hombres libres. No porque siempre ganen los buenos, o porque la historia sea una dinámica hegeliana que siempre se mueve hacia el progreso.
La razón es más simple: los hombres libres tienen lógica de comerciante, no de filósofo. Y el comerciante siempre corrige. No trata de justificarse. Si el negocio no funciona, cambia lo que haya que cambiar, porque de lo contrario se va a la ruina (en los hechos reales, no en las subjetividades de la narrativa y la ficción).
El discurso del presidente Trump ha puesto los puntos sobre las íes de la mejor manera posible: el colectivismo rancio que tanto daño le ha causado al mundo no tiene lugar en una sociedad verdaderamente libre.
Hay que seguir en la lucha para defender la libertad del individuo, el respeto irrestricto a la propiedad privada, y la garantía absoluta del libre mercado.
¡Que los comunistas, socialistas, islamistas, wokes, queers y demás colectivistas tiemblen ante unos Estados Unidos exitosos! Los hombres libres no tienen nada que perder con ello, más que su pobreza. En cambio, tienen un mundo que ganar.
¡Hombres libres de todos los países, uníos!
You are sitting at your elite school pretending that because you watched TikTok twice and got an A+ on some crazy paper, because your professor couldn’t get a job anywhere else, that you actually understand the world.
- CEO of Palantir, Alex Karp
Qué fastidio y perversión encajar con calzador a Helena de Troya como negra sólo para satisfacer un movimiento sensiblero actual de justicia social cuando todos sabemos que era una griega micénica de piel blanca y pelo claro según Homero. Como si no hubiera muchísimos negros heroicos y villanos en muchas otras historias. Nunca pensé que Nolan caería en esto.
En México: Si te ofrecen un sueldo de 60 mil al año con una empresa, resulta que en realidad tu trabajo vale 77 mil, pero el gobierno te roba 30 mil y solo recibes 47 mil en tu cuenta.
Deberías ganar 63 % más !
La estafa perfectamente oculta por instrucciones y conveniencia del gran SAT-ANAS.
Marx lived his entire adult life as a dependent. The capitalist system funded his "research" through Engels, whose family wealth came from textile factories. The irony cuts deep: capitalism's profits subsidized its most famous critic.
Marx never held a real job. Never met payroll. Never risked capital or faced bankruptcy. He spent decades theorizing about labor value while avoiding actual labor. His insights into production came from library books, not factory floors.
The parasitic intellectual tradition he spawned continues today. Academic Marxists collect taxpayer-funded salaries while denouncing the market system that creates the wealth they consume.
It's time to get rid of these people.
Nothing will shape your worldview as much as simply reading how humans from the past thought.
You realize very quickly that our time is a radical anomaly in human history.
Peter Thiel on DEI, woke culture, and political correctness in 1996:
“The multicultural educator at Stanford used say, ‘I started looking for racism everywhere, and I started finding racism everywhere.’”
“And indeed he did—if you look for anything everywhere, you will start finding it everywhere.”
“If you’re a feminist and believe everything that is longer than it is wide is a symbol of male oppression l, then you will start finding sexism everywhere.”
“When you start looking for racism everywhere, and start finding it everywhere, it’s only a small step to finding racists everywhere. There’s nothing wrong with that if the racists are really out there, but I’m going to suggest to you, they really aren’t. The problems of racism, sexism, other forms of oppression, have been vastly exaggerated, and as a result, people get unjustly accused.”
“A culture of complaint leads to a culture of blame.”
Je veux présenter mes excuses, au nom des Français, pour avoir enfanté la French Theory (qui a enfanté la pire des merdes idéologiques : le wokisme).
Nous avons donné au monde Descartes, Pascal, Tocqueville. Et puis, dans les ruines intellectuelles de l'après-68, nous avons donné Foucault, Derrida, Deleuze. Trois hommes brillants qui ont fabriqué, dans l'élégance de notre langue, l'arme idéologique qui paralyse aujourd'hui l'Occident.
Il faut comprendre ce qu'ils ont fait. Foucault a enseigné que la vérité n'existe pas, qu'il n'y a que des rapports de pouvoir déguisés en savoir. Que la science, la raison, la justice, l'institution médicale, l'école, la prison, la sexualité, tout n'est qu'une mise en scène de la domination. Derrida a enseigné que les textes n'ont pas de sens stable, que tout signifiant glisse, que toute lecture est une trahison, que l'auteur est mort et que le lecteur règne. Deleuze a enseigné qu'il fallait préférer le rhizome à l'arbre, le nomade au sédentaire, le désir à la loi, le devenir à l'être, la différence à l'identité.
Pris isolément, ce sont des thèses discutables. Combinées, exportées, vulgarisées, elles forment un système. Et ce système est un poison.
Car voici ce qui s'est passé. Ces textes, illisibles en France, ont traversé l'Atlantique. Les départements de Yale, de Berkeley, de Columbia les ont absorbés dans les années 80. Ils y ont trouvé un terreau qui n'existait pas chez nous : le puritanisme américain, sa culpabilité raciale, son obsession identitaire. La French Theory s'est mariée à ce substrat, et l'enfant de ce mariage s'appelle le wokisme.
Judith Butler lit Foucault et invente le genre performatif. Edward Said lit Foucault et invente le post-colonialisme académique. Kimberlé Crenshaw hérite du cadre et invente l'intersectionnalité. À chaque étape, la matrice est française : il n'y a pas de vérité, il n'y a que du pouvoir, donc toute hiérarchie est suspecte, toute institution est oppressive, toute norme est violence, toute identité est construite donc négociable, toute majorité est coupable.
Voilà comment trois philosophes parisiens, qui n'ont probablement jamais imaginé leurs conséquences pratiques, ont fourni le logiciel d'exploitation à une génération entière d'activistes, de bureaucrates universitaires, de DRH, de journalistes, de législateurs. Voilà comment on a obtenu une civilisation qui ne sait plus dire si une femme est une femme, si sa propre histoire mérite d'être défendue, si le mérite existe, si la vérité se distingue de l'opinion.
C'est de la merde pour une raison simple, et il faut la dire calmement. Une civilisation se tient debout sur trois piliers : la croyance qu'il existe une vérité accessible à la raison, la croyance qu'il existe un bien distinct du mal, la croyance qu'il existe un héritage à transmettre. La French Theory a entrepris de dynamiter les trois. Pas par méchanceté. Par jeu intellectuel, par fascination du soupçon, par haine de la bourgeoisie qui les avait nourris. Mais le résultat est là. Une génération entière a appris à déconstruire et n'a jamais appris à construire. Une génération entière sait soupçonner et ne sait plus admirer. Une génération entière voit le pouvoir partout et la beauté nulle part.
Je m'excuse parce que nous, Français, avons une responsabilité particulière. C'est notre langue, nos universités, nos éditeurs, notre prestige qui ont donné à ce nihilisme son emballage chic. Sans la légitimité de la Sorbonne et de Vincennes, ces idées n'auraient jamais traversé l'océan. Nous avons exporté le doute comme d'autres exportent des armes.
Ce qui se construit maintenant, en silicon valley, dans les labos d'IA, dans les startups, dans les ateliers, dans tous les lieux où des gens fabriquent encore des choses au lieu de les déconstruire, c'est la réponse. Une civilisation se reconstruit par les bâtisseurs, pas par les commentateurs. Par ceux qui croient que la vérité existe et qu'elle vaut qu'on s'y consacre. Par ceux qui assument une hiérarchie du beau, du vrai, du bon, et qui n'ont pas honte de la transmettre.
Alors pardon. Et au travail.
Me empieza a emocionar la posibilidad de que caigan estos malditos miserables o al menos se dividan. Tampoco me voy a emocionar demasiado, pero guardo esperanzas. Sería de los mejores capítulos de la historia mexicana y todo gracias a los gringos.
La Crítica de Lucas
A mediados de los años 70, cuando el keynesianismo todavía reinaba como dogma incuestionable en las facultades de economía y servía de coartada científica a todo tipo de experimentos estatistas, Robert Lucas Jr. observó con frialdad británica cómo sus colegas construían castillos econométricos sobre arena movediza. Tomaban datos históricos (consumo, inversión, inflación, desempleo) y los trataban como si fueran leyes físicas inmutables, «invariantes» que un gobierno podía manipular a voluntad para conseguir resultados predecibles. Lucas, con su rigor matemático y su desconfianza hacia las ilusiones intervencionistas, desmontó esa arrogancia en 1976 con un artículo que sacudió la profesión: la «Crítica de Lucas».
Su núcleo es demoledor: las relaciones económicas observadas en el pasado no son estables porque los agentes racionales; es decir, individuos, empresas, familias, anticipan las políticas y modifican su comportamiento. Lo que parecía una «invariante» (por ejemplo, que más gasto público siempre genera más empleo) deja de serlo en cuanto la gente se da cuenta del juego. Los parámetros de los modelos econométricos cambian precisamente cuando se intenta usarlos para intervenir. Los seres humanos no son bolas de billar pasivas; son jugadores que ajustan sus estrategias al conocer las reglas nuevas.
Esta idea no surgió en el vacío. Lucas y sus colegas de la Escuela de Chicago, herederos de Friedman y antes de Hayek, combatían el consenso keynesiano dominante que había alimentado décadas de inflación, estanflación y experimentos estatistas. Demostraron que las políticas discrecionales basadas en promedios históricos estaban condenadas al fracaso porque ignoraban la racionalidad adaptativa de las personas.
Los devotos del colectivismo, esos ingenieros sociales de izquierda que jamás han conocido un incentivo que no quisieran distorsionar, encarnan la Crítica de Lucas en su forma más patética y repetitiva. Prometen «impuestos a los ricos que sufragarán todo», renta básica universal, gratuidad total de universidad y sanidad, o cualquier otro paraíso financiado por el «otro». Sus modelos keynesianos reciclados, calibrados con datos de épocas donde aún existía disciplina fiscal y movilidad limitada, predicen maravillas. Pero en cuanto anuncian la fiesta, los agentes responden exactamente como Lucas advirtió.
Los ricos aceleran su emigración o perfeccionan la evasión legal (véase Argentina bajo el kirchnerismo y Fernández, o Venezuela chavista donde la élite bolivariana mandó fortunas al exterior mientras predicaba socialismo).
Los trabajadores de ingresos medios reducen el esfuerzo, las horas o la inversión en capital humano porque el retorno marginal se les evapora.
Las parejas posponen o renuncian a tener hijos al ver que el Estado «se hace cargo» (el colapso demográfico en los países de bienestar generoso es el ejemplo vivo).
Los empresarios dejan de arriesgar porque anticipan expropiaciones encubiertas, controles de precios y confiscaciones futuras.
«Esta vez será diferente, con más voluntad política». Esa frase, repetida como mantra por la tribu roja cada vez que un experimento se pudre, es la negación explícita de la Crítica de Lucas. Ignoran que el comportamiento humano no es una arcilla moldeable por los burócratas. Los mismos «modelos» que supuestamente funcionaron en contextos pequeños y homogéneos (una empresa estatal aquí, un subsidio temporal allá) colapsan al escalar porque alteran radicalmente las expectativas y los incentivos de millones. Cuba, Nicaragua, la Venezuela de Maduro o la Argentina peronista más reciente no son anomalías; son la predicción natural de Lucas hecha carne: políticas basadas en relaciones históricas que dejan de valer en cuanto se implementan.
Mientras los igualitaristas de salón siguen culpando a «los saboteadores», «el imperio» o «la falta de recursos», la realidad termodinámica de la racionalidad individual sigue operando. La gente no obedece ecuaciones de planificación central; ajusta su conducta para minimizar los daños y maximizar su supervivencia. El resultado es siempre el mismo. Estancamiento, fuga de cerebros, economía sumergida, deuda insostenible y, finalmente, el grito autoritario pidiendo más poder para «corregir» los desajustes que ellos mismos provocaron.
La Crítica de Lucas no es una teoría más de economistas de pizarra. Es una advertencia incómoda contra la arrogancia intervencionista: pretender modelar la sociedad como un sistema mecánico donde los humanos son variables fijas solo produce ruinas previsibles. Los zurdos pueden seguir prometiendo el cielo con los datos del pasado; la gente, anticipando el infierno, ya está votando con los pies. Y los pies, como siempre, terminan huyendo de sus paraísos planificados.
Cristina Fernández de Kirchner tenía 111 inmuebles, Maduro $800 millones de dólares en un banco suizo, Chávez tenía 17 fincas y dejó 4 mil millones de dólares de herencia, Castro tenía $900 millones de dólares.
Todos hablaban de "justicia social" y combatir el capital.
in capitalism you get rich from solving problems for other people that they voluntarily pay for
in socialism you get rich from being friends with the bureacrats in charge