Él es Francisco Cuadrado Prats. Pinochet le juraba lealtad a su abuelo, el general Carlos Prats, y luego lo asesinó junto a su abuela con una bomba en su auto. En el velorio del dictador, Francisco hizo la fila y escupió su cadáver. Un héroe anónimo de la historia de Chile.
@thecliniccl Obvio! Mejor que esté lleno de Chadwick y Hermosillas que manejen una red de corrupción judicial que sirva para obtener información reservada y hacer gestiones de forma ilícita para tapar los casos penales donde aparece involucrado… 🤔
Fast Check constató que la esposa del ministro de Seguridad Pública es prima directa del conductor detenido por conducir a 264 km/h, ya que los padres de ambos son hermanos.
¿Más detalles? Acá en nuestra nota 👇
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Heredero de ENTEL es el irresponsable que conducía a casi 300 Kms. /Hora por Vitacura poniendo en grave riesgo a cientos de conductores. La familia pidió que no se divulgue que se llama José Izquierdo Reyes o fotos de él pero salio en TV
La operación es compleja: el general Rozas es coimputado de Chadwick, quien aparece gestionando el pago del abogado (Zaliasnik). Ese mecanismo se utiliza en otras causas para evitar que la responsabilidad penal escale hacia quien financia las defensas 👇
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VIOLENCIA SIMBÓLICA
La victimización del victimario.
Hay una forma de violencia particularmente perversa. No rompe vidrios, no deja hematomas, no dispara balines ni lanza piedras. No necesita gritar porque sabe que puede herir susurrando. Es la violencia simbólica: esa modalidad refinada de agresión que se disfraza de opinión, performance o simple libertad de expresión, mientras inocula desprecio, humillación y provocación calculada.
La violencia física es condenable. La verbal también. Sobre ello existe un consenso razonable. Sin embargo, hay una categoría más sofisticada y escurridiza que suele escapar al escrutinio público porque opera desde la ambigüedad. Su fuerza radica precisamente en que puede negar su propia existencia. Golpea y luego afirma que jamás levantó la mano.
La violencia simbólica consiste en utilizar símbolos, mensajes, imágenes o conductas destinadas a provocar, degradar o imponer una visión sobre otros, especialmente cuando dichos símbolos evocan experiencias traumáticas, abusos o episodios dolorosos para una parte significativa de la sociedad.
Quien se viste deliberadamente evocando a un dictador, quien reivindica represiones que dejaron víctimas o quien transforma el sufrimiento ajeno en una puesta en escena política, sabe muy bien lo que está haciendo. No hay ingenuidad posible. La provocación calculada rara vez es un accidente.
Lo fascinante, y al mismo tiempo miserable, es que los cultores de esta práctica suelen presentarse como paladines de la tolerancia. Lanzan la piedra simbólica y esconden la mano. Instalan el agravio y luego exigen respeto. Provocan hasta el límite y, cuando alguien reacciona, se apresuran a ocupar el papel de víctimas.
Es una operación política de una pobreza intelectual notable. Consiste en reemplazar las ideas por la provocación, el debate por el espectáculo y los argumentos por la manipulación emocional. No se busca convencer; se busca irritar. No se pretende construir; se pretende detonar.
El procedimiento es conocido. Primero se introduce un símbolo destinado a herir sensibilidades. Luego se espera la reacción. Finalmente, cuando esta llega, se denuncia intolerancia, censura o fanatismo. El agresor se transforma mágicamente en agredido. El victimario se disfraza de víctima. Y la discusión pública queda reducida a una representación grotesca donde la responsabilidad desaparece.
Nada de esto justifica insultos, amenazas o agresiones físicas. La violencia nunca es una respuesta legítima. Pero tampoco puede aceptarse la ficción de que la provocación permanente carece de consecuencias. La convivencia democrática exige derechos, pero también responsabilidades.
Las democracias saludables descansan sobre desacuerdos profundos administrados mediante reglas compartidas de respeto. Cuando actores políticos convierten la provocación en estrategia, erosionan precisamente esas reglas. Transforman el espacio público en una arena donde el objetivo ya no es deliberar, sino exasperar.
La violencia simbólica es especialmente dañina porque es persistente. No actúa como un golpe aislado, sino como una gotera constante que deteriora lentamente la confianza social. Va normalizando el desprecio, trivializando el dolor ajeno y degradando el lenguaje político hasta convertirlo en una competencia de provocaciones cada vez más extremas.
Por eso resulta tan peligrosa. Porque destruye la convivencia mientras proclama defenderla, y agrede mientras reclama respeto. Porque ofende mientras exige consideración. Y porque, en su versión más ruin, convierte la reacción de los otros en combustible para su propio relato victimista.
Provocar deliberadamente para obtener una respuesta y luego denunciar al provocado no es valentía. Tampoco es libertad. Mucho menos política. Es una forma de cobardía. Una de las más refinadas y miserables. La cobardía de quien no tiene nada que ofrecer salvo el agravio. La mediocridad de quien, incapaz de construir una idea, decide construir una trampa.
@MisColumnas
🔴 “Fue la gota que rebalsó el vaso”: Araos desmiente versión de Lincolao y afirma que plan de desvinculaciones masivas “es real” https://t.co/tRwWstTMyT
El programa de alimentación escolar que funciona en Chile permite que millones de niños aseguren su comida día a día. Que se evalúe ahorrar dineros “descontinuando” este programa sugiere un desconocimiento profundo de la realidad. ¿Así se va a compensar la rebaja de impuestos?
🔴 POLÍTICA |
“Chile está en quiebra”: su autor cobra $8,9 millones en La Moneda
El principal asesor del Segundo Piso de La Moneda, Cristián Valenzuela Bustos, tendrá un sueldo escalonado que llegará hasta los $8,9 millones mensuales durante 2026
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Ningún obsecuente noticiero chileno tiene los cojones necesarios para recordarle al público que la catástrofe del petróleo se debe a una guerra estúpida e inútil debida al capricho de un criminal demente, ese mismo a quien Kast le fue a besar los pies hace dos semanas.