Ha muerto el teólogo Pedro Rodríguez.
Los periódicos recordarán, con razón, lo que le debe la teología: el descubrimiento en 1985 del manuscrito original del Catecismo Romano y la edición crítica que Ratzinger reconoció como decisiva para la preparación del Catecismo de la Iglesia Católica. Fue decano de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, primer director de Scripta Theologica, experto del Sínodo de los obispos para Europa. Y tantas cosas más.
Quiero recordar una anécdota personal que dice mucho de él. Yo tenía treinta años y acababa de obtener la cátedra cuando apareció su libro titulado "El Opus Dei en la Iglesia". Lo leí con lápiz y le mandé, sin conocerlo personalmente, una larga lista de objeciones, con la osadía que da una cátedra recién estrenada. Otro habría archivado la carta. Él, en cambio, me invitó a comer para tratar con calma y a fondo todas las cuestiones. Creo que le hizo gracia.
De aquella comida salieron muchas conversaciones, sobre todo cuando publicó su impresionante edición histórico-crítica de Camino. Hablábamos de textos, de juristas, de mil historias.
Mi maestro, Álvaro d'Ors, a quien le apreciaba mucho, le solía decir en broma que su único problema era ser excesivamente pastoralista. Don Pedro sonreía. Yo pensaba muy distinto de don Álvaro en esto, y creo que él lo sabía.
Don Pedro escuchaba la crítica sin defenderse y respondía con argumentos sólidos. Esa era su forma de hacer universidad de la buena y de enseñar a sus discípulos.
Descanse en paz. @alumni_unav@ICS_unav@unav
@RafaelDomingoO1 Todos los que hemos conocido o al menos escuchado y leído a D. Pedro sabemos de su enorme capacidad de trabajo puesta al servicio de la Iglesia, con su entrega en el Opus Dei. Si encima somos murcianos hasta presumimos de que era el chico más listo de su instituto.
Os comparto este precioso poema de Ernestina de Champourcín (1905-1999). «Anhelo», recogido en Presencia a oscuras (1952), no solo describe una experiencia sino que la reclama: Champourcín, la más joven de las voces del 27, escribió estos versos en el exilio mexicano, en los años en que su poesía vira decididamente hacia lo espiritual. Casi ochenta años después, la petición sigue intacta.
ESTRELLA que viste a Dios,
dame un rayo de su luz.
¡Oh, nube que me lo ocultas,
desgarra un poco tu velo!
Águila que lo rozaste,
inclina hacia mí tus alas.
Sol que estuviste a sus pies,
¡abrásame con tu fuego!
Toda la pieza se sostiene sobre cuatro verbos en imperativo —dame, desgarra, inclina, abrásame— dirigidos no a Dios, sino a las criaturas que lo han rozado. Es el procedimiento del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz: la poeta interroga a los seres del mundo porque son los únicos testigos disponibles. Estrella, nube, águila y sol no median por dignidad propia, sino por proximidad; y la nube, que oculta, es interpelada con la misma confianza que el sol, que abrasa. Nada de la creación queda excluido de la petición.
He pasado la mañana en el Kunsthaus de Zúrich. Matisse, Van Gogh, Kandinsky, Picasso, Miró, bajo un mismo techo. He salido feliz pero cansado, con esa fatiga buena que dejan los cuadros cuando uno se ha detenido de verdad a contemplarlos.
Me traigo una idea que no cesa de rondarme en la cabeza. Aquellos pintores, cada uno a su modo, hicieron, en el fondo, lo mismo: abolir la jerarquía de los géneros. Durante siglos hubo asuntos nobles —la historia sagrada, la epopeya, el retrato del poderoso— y asuntos menores: una cama deshecha, una calle de pueblo, un viejo jornalero, tres signos sobre un fondo de color. La vanguardia negó esa escala y sostuvo que lo ordinario es digno del lienzo y no requiere ser ennoblecido.
Llevo tiempo releyendo a fondo a Josemaría Escrivá, y de pronto, entre aquellas salas, lo he comprendido mucho mejor. Él trató de hacer exactamente eso con la santidad. Negar que existan vidas de primera y de segunda ante Dios; sostener que el trabajo de una ingeniera o de un cuidador no está un peldaño por debajo del claustro, sino que el mundo es el lugar donde uno se juega su vocación. No eleva lo cotidiano añadiendo solemnidad, sino que descubre su valor intrínseco.
Entre Escrivá y estos grandes artistas no hubo, al menos que yo sepa, ninguna influencia ni acontecimiento compartido en sentido estricto. Quizá por eso me interesa tanto la coincidencia. Cuando una conexión aparece en dominios que no se tocan, es señal de que se trata de algo más hondo que una moda.
En la foto: Van Gogh, Portrait de Patiente Escalier, 1888 (Kunsthaus, Zúrich)
"El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida", León XIV
Palabras preciosas de León XIV sobre la ternura: "En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad" (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).