Cuando el cine no sabía cómo terminaría la guerra
Hay una forma distinta de ver Casablanca. Recordando que se estrenó en 1942, cuando nadie sabía cómo terminaría la Segunda Guerra Mundial.
Hitler seguía vivo. Alemania ocupaba buena parte de Europa. La batalla de Stalingrado todavía no había terminado. Auschwitz funcionaba. Faltaban casi dos años para el desembarco de Normandía y casi tres para Hiroshima.
El público conocía el comienzo de aquella historia, pero no el final.
En La señora Miniver (1942), una familia británica sufría una guerra que también continuaba cuando el público salía del cine.
En Sangre, sudor y lágrimas (1942), David Lean y Noël Coward mostraban a los marinos británicos mientras la Royal Navy seguía combatiendo.
Y Ser o no ser (1942) tuvo la audacia de convertir a Hitler y la ocupación de Polonia en comedia mientras Hitler gobernaba y Polonia seguía ocupada.
El caso de Cinco tumbas al Cairo (1943) es todavía más extraño. Billy Wilder convirtió a Rommel en personaje cinematográfico cuando Rommel aún era noticia.
La campaña del norte de África acababa prácticamente de suceder y, durante la preparación de la película, todavía se combatía allí. Nosotros vemos a Rommel sabiendo su destino, pero aquellos espectadores lo veían sin saber quién ganaría la guerra.
En Los verdugos también mueren (1943), Fritz Lang llevó al cine el asesinato de Reinhard Heydrich ocurrido apenas el año anterior.
Sahara (1943) transformó el desierto africano en escenario de aventuras cuando aún era escenario militar.
Destino Tokio (1943) convirtió la guerra submarina contra Japón en entretenimiento mientras Estados Unidos seguía perdiendo hombres en el Pacífico..
Treinta segundos sobre Tokio (1944) reconstruyó la incursión Doolittle de 1942. Apenas dos años separaban el acontecimiento de la superproducción.
Náufragos (1944), de Hitchcock, metió a aliados y a un alemán en un bote mientras estadounidenses y alemanes se estaban matando en Europa.
Y Objetivo: Birmania (1945) llegaba a las pantallas cuando la guerra contra Japón todavía no había terminado.
Steven Spielberg pudo rodar Salvar al soldado Ryan sabiendo qué ocurrió antes y mucho después del Día D en Normandía.
Pero los cineastas de 1942 no tenían todavía libros sobre la Segunda Guerra Mundial. No disponían de décadas de archivos desclasificados, memorias, fotografías, documentales y estudios.
Ni siquiera conocían los acontecimientos que hoy consideramos imprescindibles para explicar el conflicto que marcaría el siglo XX.
Una persona podía ver Casablanca mientras un hijo suyo estaba combatiendo, y cuyo destino ignoraba. Otra podía ver La señora Miniver después de escuchar las últimas noticias sobre los bombardeos en Londres. Una ciudad nombrada en la película podía aparecer al día siguiente en la portada del periódico.
Por supuesto que había propaganda. Pero precisamente por eso estas películas conservan algo que ninguna reconstrucción moderna puede fabricar, la auténtica incertidumbre.
Y el caso límite llegó con Roma, ciudad abierta (1945). Rossellini comenzó a rodarla en enero, apenas siete meses después de la liberación de Roma, utilizando una ciudad todavía marcada por la guerra y con Cinecittà inutilizable como estudio.
No hacía falta reconstruir completamente las heridas de Roma. Las heridas seguían allí.
Ese es el prodigio de este cine. Una película moderna puede reproducir perfectamente un uniforme de 1943, un tanque, una calle o una batalla, pero hay una cosa que jamás podrán reconstruir, no saber qué ocurrirá en 1945.
Casablanca, Ser o no ser, Cinco tumbas al Cairo, Sahara, Náufragos o Objetivo: Birmania poseen esa cualidad irrepetible.
No son solamente películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Son películas hechas dentro de ella.
La Historia estaba sucediendo fuera del cine a la vez que varios artistas intentaban contarla, casi como una crónica en la pantalla grande sobre un mundo en guerra, y sin saber quién la ganaría finalmente.