Mientras el país celebra, una noticia pasó prácticamente inadvertida.
El 30 de junio fueron cesadas las 43 personas trabajadoras sociales del Instituto Federal de Defensoría Pública.
No eran personal administrativo. Eran profesionales que realizaban investigaciones socioeconómicas, elaboraban dictámenes en trabajo social e identificaban las condiciones de vulnerabilidad de quienes acuden al Estado porque no pueden pagar una defensa o una asesoría jurídica.
Su trabajo permitía que mujeres víctimas de violencia, niñas, niños y adolescentes, personas mayores, indígenas, migrantes, personas con discapacidad y víctimas de violaciones a derechos humanos recibieran una atención integral y una defensa acorde con su realidad.
Cuando desaparece este personal especializado, no sólo se pierden empleos; también se debilita la posibilidad de impartir una justicia profesional, independiente y de calidad para quienes más la necesitan.
Resulta especialmente preocupante que, después de que la reforma judicial prometió reiteradamente respetar los derechos laborales, continúen presentándose ceses que dejan a personas servidoras públicas sin empleo y, en algunos casos, incluso sin seguridad social para continuar tratamientos médicos indispensables.
Defender los derechos laborales también es defender el Estado de derecho. Y proteger a quienes hacen posible el acceso a la justicia es proteger, sobre todo, a quienes menos tienen.
La justicia también se debilita cuando se despide a quienes la hacen posible.
Una mujer se enamora por la manera en que la tratan, y se desenamora por la misma
razón. Así que, un hombre no pierde frente a otro hombre, sino frente a sí mismo.
La rata que ves vivía escondida en una panadería es de no creer verdad pero cada noche robaba migajas, sobras, lo que caía al suelo. Nunca pasaba hambre, pero tampoco brillaba. Un día vio cómo el panadero daba un pan completo a un perro callejero. Esa noche, mientras la rata ardía de envidia porque a él sí y a mí no, chilló. Esa noche, mientras todos dormían, mordió los panes, orinó la masa, abotó todo, pensando: "Si yo no lo tengo, nadie lo tendrá".
Al día siguiente, el panadero lo descubrió, puso trampas y en pocas horas la rata quedó atrapada. Y el perro siguió comiendo pan.
Moraleja: el envidioso no quiere subir, quiere destruir. Y en el intento, termina acabando su propia trampa. No te odian porque tengas mucho, te odian porque ellos no tienen nada. Lamentablemente, así son muchos en la vida.
Este video de una golden retriever en un refugio de perros mostrando a su cachorro recién nacido nunca pasa de moda. "Oye, humano, mira lo que hice ❤️🤭
Las minas en general aprenden a lidiar con la crítica desde la cuna: primero la madre, después alguna conchudita de la secundaria y por último la sociedad, a los tipos le dicen un “sos feo” a los 15 y quedan emocionalmente invalidados hasta los 35 años