si vas a seguirme, hazlo sabiendo que una vez que entres a mi espacio... no habrá ningún apuro por dejarte ir.
inclinó apenas testa, rozando el borde de su aroma antes de erguir la figura para dar el primer paso, arrastrándola tras de sí con la certeza de quien ya ha ganado.
la palabra «guía» descendió entre ambos seres con el peso de una rendición elegante. la misma no pasó por alto el matiz en la postura de chaerin: la mentira piadosa, el intento vano de sostener las riendas cuando sus propias grietas ya se habían delatado.
extendió la mano sin prisa, pero en lugar de pedirla, rozó con la yema de sus dedos la curva exterior de la muñeca de la opuesta, un trazo tibio que descendió despacio hasta entrelazar sus dedos con una soltura dominante.
— entonces no te me adelantes, musa.
el estruendo distante del equipaje sobre el suelo ya había anunciado su presencia mucho antes de que ese toque sutil en su hombro —las yemas de chaerin insistiendo por tercera vez— la obligó a darse vuelta. al girarse, el impacto de verla de nuevo le envió una descarga
— la maleta puede esperar... pero no voy a dejar que te vayas a corea sin cumplir mi parte —añadió, dando un medio paso adicional para quedar peligrosamente cerca, rozando con sutileza la tela de su manga contra el brazo de chaerin—. ven conmigo. las cartas ya estaban esperando
no soltó su mano de inmediato, permitiéndose un par de segundos de contacto deliberado para disimular que el ritmo de su propio pulso, en el fondo, ya estaba completamente fuera de su dominio.
. . el término de «ángel caído» resonó en el aire como una provocación demasiado dulce, una etiqueta que no supo si rechazar o guardar en silencio. vio cómo la fémina ignoraba la distancia que la misma había intentado recuperar, ocupando el espacio con esa soltura innata
la mirada a una distancia peligrosamente corta, disfrutando en secreto la ilusión de control que ambas intentaban sostener—. el trato está hecho. tendrás tu lectura... y yo me aseguraré de elegir una fragancia de la que no puedas escapar.