A jueces, fiscales, LASs y funcionarios no tiene nada que agradecer. Nos ha desorganizado y mareado, pero seguiremos cobrando.
Debe agradecérselo a abogados y procuradores, a los que les ha entorpecido su medio de vida. Y a los ciudadanos, quienes no obtienen la tutela de sus derechos
Una mañana, mientras sacaba a pasear a este gran corazón con patas, se detuvo de golpe al pie de un arbusto. Normalmente tira de la correa con entusiasmo para correr, olfatear, explorar. Pero esa vez se quedó quieto. La mirada fija, las orejas erguidas. Y luego, muy lentamente, se acercó.
Tres pequeñas bolitas temblaban bajo las hojas. Flacas. Sucias. Abandonadas.
Apenas tenían unas semanas de vida. Dos naranjitos y un atigrado, todos apretados entre sí, buscando sobrevivir a la noche. No había una madre. Nada. Solo ellos. Frágiles. Solos. En silencio.
Quise recogerlos, meterlos en una caja. Pero él, mi perro, ese gigante a menudo torpe, se tumbó en el suelo, con el hocico pegado a ellos. No gruñó. No se movió. Simplemente se acostó allí, como si supiera que lo único que necesitaban era calor, calma, protección.
Ese día, no tomé yo la decisión.
La tomó él, por mí.
Desde entonces, no se separan de él. Duermen junto a su cuerpo, se esconden entre sus patas, trepan por su espalda como si fuera una montaña suave y viva. Él no dice nada. Los cuida. Les deja morderle las orejas, jugar con su cola, dormirse sobre su pecho.
A veces lo observo. A él, el viejo, el rescatado de un pasado difícil. Ese perro que adopté cuando nadie más lo quería, cuando decían que era “demasiado grande”, “demasiado viejo”, “demasiado complicado”. Y ahora lo veo transformado, convertido en guardián, en punto de referencia, en un papá gigante para una pequeña camada que él mismo salvó.
No son sus cachorros. Ni siquiera son de su especie. Y, aun así, los ama como si fueran suyos. Como si en esos tres seres diminutos y perdidos, hubiera reconocido una parte de sí mismo.
Hoy son una familia.
Un rompecabezas viviente, extraño, improbable, pero perfecto. Un recordatorio de que el amor no tiene forma, ni raza, ni lógica. Solo necesita un corazón lo suficientemente grande para recibirlo.
Y el suyo… desborda.
La primera Final europea de mi vecino bético y la mía, fueron más o menos igual, los dos estábamos ilusionados, los dos nos gastamos un dineral en avión, entrada, etc.. y los dos terminamos la noche viendo a Maresca levantar el título tras haber marcado su equipo 4 goles.
El @arrebatoficial de nuevo lo ha vuelto hacer, hizo el mejor himno de la historia del fútbol y ahora la mejor canción a una leyenda del futbol como es Don Jesús Navas. El Sevilla está en deuda con Javier Labandon.
! Enhorabuena !
Jesús Navas llevaba cinco años sin marcar un gol. No es casualidad que marque hoy, en un ambiente con tanta crispación. Y tampoco que lo celebre de esta forma.
La viva imagen del sevillismo.