Legalizar las drogas es malo porque eso significa que todos los niños van a ser drogadictos.
El porte legal de armas es bueno porque las armas solo la van a tener buenas personas que merecen tener armas.
Apología a las armas, Cristo Rey, tutelaje gringo, beneficencia de primera dama frente a la tragedia, alegoría institucional a la muerte, burla al Estado laico, acoso a la prensa incómoda, extorsión a los gremios, amenaza a migrantes venezolanos... Ha sido un mes largo y elocuente
Federico I, Daniel Quintero y Federico II, estuvieron/está más preocupados por su deseo de ser presidentes que gobernar la ciudad. Instrumentalizan necesidades locales, líderes barriales, al concejo de Medellín y así a todos los actores sociales. Su mezquindad y ego los arrolla.
Sólo diré como ginecóloga/sexóloga que meter a Dios en las aulas para hacer "educación sexual integral " desde allí, es empujar a los niños, niñas y adolescentes a perpetuar la educación desde la pornografía y el desarrollo de culpas.
Traducción: Adultos con disfunciones sexuales
A ver: los niños no tienen que «distraerse». La «salud mental» no se robustece «distrayéndose». Por pensar eso (y su corolario: que la tarea de maestros y maestras, psicólogos, pediatras, niñeras y demás es entretener) es que cada vez hay más jóvenes narcisos y pendejos. Maduren.
He decidido donar algo de mi tiempo como profesor de inglés para ayudar al Chocó en lo que resta de agosto.
Por favor lean todo antes de escribirme.
Abro hilo.
Un terremoto se explica con geología y ciencia, no con castigos ni milagros.
Por razones como esta, la separación entre Estado y religión es fundamental.
El milagro que nos conviene
Por: @danysernam
El viernes 7 de agosto estaba rodeada de gente frente a un televisor, viendo la posesión presidencial. La tía reza «amén» con el sacerdote. Un amigo dice que lo que más valora es que, por fin, tengamos un presidente bien vestido. La mamá de alguien rescata el vestido de la primera dama. Una amiga se emociona por volver a ver una familia bella y unida. Otro amigo se entusiasma cuando el nuevo presidente se autodenomina «el tigre». Yo miro la pantalla, miro a mi alrededor y me pregunto si estoy inmersa en un capítulo de Los Simpson.
A mí no me emociona. Me parece raro, incluso un poco bizarro. Veo mucha puesta en escena, mucha admiración y todavía no entiendo muy bien de dónde sale tanto mérito. Y entonces pienso que quizá el problema no sea solo el presidente. Quizá también seamos nosotros.
Tengo una tesis: a los colombianos nos encantan las promesas sin método. Nos gusta que nos prometan el resultado sin preguntarnos por el procedimiento. Nos seduce más la promesa de un país distinto que la explicación, casi siempre menos emocionante, de cómo construirlo.
Petro nos prometió transformación, cambios históricos, justicia social y el fin de décadas de desigualdad. Durante cuatro años vimos simbologías, cortinas de humo, peleas con medio mundo y una enorme capacidad para convertir los problemas del país en batallas ideológicas. Muchos de quienes hoy celebran que ese gobierno terminó pasaron cuatro años denunciando el populismo, la grandilocuencia y el uso político de los símbolos. Hoy celebran, aplauden y bendicen a la «Patria Milagro», rezan el rosario televisado y comparten las cadenas de oración.
Y ahí es donde creo que Petro y Abelardo se parecen más de lo que nos gustaría admitir. No porque sus ideas, valores o políticas sean equivalentes. No lo son. Se parecen en algo más sencillo: ambos parecen haber entendido que es más fácil movilizarnos alrededor de un enemigo que alrededor de un método.
Cada uno llegó, de alguna manera, como un salvador dispuesto a pelear contra los demonios del otro. Petro contra las élites, el establecimiento, el uribismo y la derecha. Abelardo contra la izquierda, el progresismo, el petrismo y eso que agrupa bajo las batallas culturales de los últimos años. Cambian los enemigos, cambia el lenguaje y cambia el público, pero la lógica se parece: primero hay que identificar al culpable; después, prometer que derrotarlo será suficiente para cambiar el país.
Y, sinceramente, no creo que ahí estén los principales problemas de Colombia. Los problemas son otros: falta de oportunidades, corrupción, impunidad, grupos armados, narcotráfico, violencia e injusticia. Son problemas complejos, sin un villano único y difíciles de convertir en una consigna. No se resuelven ganando una batalla cultural ni encontrando al enemigo correcto. Exigen instituciones, decisiones impopulares, prioridades, recursos, acuerdos y, sobre todo, método.
El populismo funciona porque alguien promete, pero también porque alguien está dispuesto a creer. Tal vez por eso somos tan buenos identificándolo cuando viene del otro lado y tan indulgentes cuando habla nuestro idioma, comparte nuestros miedos y señala a nuestros enemigos.
Quizá el populismo no nos molesta tanto cuando dice exactamente lo que queremos escuchar. Quizá, al final, el milagro que más nos gusta es el que nos conviene creer.
Los medios dizque "haz clic en el enlace para conocer los puntos de donación". Si no hacen clickbait, se mueren. Pon toda la información en una imagen, ome.
Ganar elecciones es más fácil que gobernar; se necesitan unas cuantas promesas, una campaña hábil y cabalgar sobre los errores del anterior gobierno.
En el caso del ya expresidente Petro, esos errores fueron múltiples y graves: salud, seguridad y corrupción son solo algunos, en ninguno de estos tres puntos vitales el país está mejor de como lo recibió hace 4 años.
Ahora para gobernar no alcanza con videos de IA y rezos matutinos. El nuevo presidente ganó las elecciones (sí, yo no me voy a meter en esa fábula del fraude electoral del que no hay evidencia seria ni creíble)
pero la diferencia fue muy estrecha y políticamente el país está profundamente dividido.
Más de 12 millones de colombianos votaron por la continuidad de un proyecto político al que sintieron cercano a sus preocupaciones sociales.
No se puede gobernar en contra de medio país, y menos a partir del lenguaje violento usado en campaña.
El nuevo gobierno tiene ahora la responsabilidad de dirigir una nación muy compleja, el espejo retrovisor dura poco como excusa; y tanto gobierno como oposición tienen que entender que la sombra de la violencia política
en nuestro país siempre está al acecho.
El periodismo tiene que cumplir con su deber de siempre: vigilar sin miedo la gestión de gobierno y denunciar lo que tenga que ser denunciado. No le corresponde a este ni a ningún presidente determinar cual periodismo es “bueno o malo”.
A Colombia hay que desearle lo mejor;
por siempre será nuestro país, para lo bueno y lo malo es de todos.
Si van a revivir las familias tradicionales, que la canasta familiar vuelva a ser menos de un 25% de los gastos, que la vivienda vuelva a costearse en menos de 5 años, y que las empresas brinden estabilidad laboral vital como hace 40 años
Entre la posible pelea de Abelardo y Uribe los que están confundidos son los medios de comunicación que no saben ahora quién es su jefe y editor general.