Hay días en que uno tiene la impresión de ir a bordo de un autobús de suicidas. Un presidente de España que boicotea la Vuelta a España. Un delegado del Gobierno en Madrid que celebra que les partan la cara a veinte de sus policías. Un ministro del Interior que desaparece en cuanto surge un problema. Una oposición paralizada como un conejo ante los faros de un automóvil, recibiendo bofetadas y tartas en la cara como un payaso de circo. A bordo de ese autobús lleno de suicidas habría gritado hace años: "¡Paren, que me bajo!". Ahora, sin embargo, lo que tengo es curiosidad por ver qué ocurre cuando todos nos vayamos al carajo por el acantilado.
Lo de Mazón es negligencia, inepcia y cálculo político. Lo de Sánchez es maldad, venganza y cálculo político. Esto debería costar el puesto a ambos. Pero olvídense, no sucederá. La toxicidad de la política española se alimenta de las desgracias. No importa lo que sucede, sino cómo se cuenta lo que sucede. Ahí Sánchez lleva ventaja.
A toda esa gente anónima que se está dejando el alma en el lodo y no se graba con el móvil para que sepamos lo solidarios que son. A tí, que no te conoce ni Dios y estás ayudando a destajo. Eres un puto héroe. Tú, sí tú. Que lo sepas.
"Las ciudades desacreditadas tienen epílogos desastrosos: los condenados son rehabilitados, se libera a los encarcelados, se hace volver a los exiliados, se invalidan los hechos juzgados. Cuando esto sucede, está claro que el Estado se derrumba".
(Cicerón, Verrinarias, II)