colmado, sólo infectado.
La paz apoderada habla; incendia el bosque y se enciende en la sangre. La daga desaparece, vuela, hacia el dueño de sus persistentes pesadillas. Es un acto germinado desde la semilla más dañada por el rencor, uno que no apunta a matar, sino a avisar.
En el suspiro en que el cuerpo celeste se disuelve en un negro tintineante nocturno, y su cautivante redondez se pierde entre los pliegues del cielo donde otros astros, callados pero imponentes, se dejan ver como los testigos más antiguos. La noche lúgubre de novilunio cede el
permitir salir a la superficie la inquietud que sofoca, una marea que no cesa. Se encuentra sólo detestando y aborreciendo, el sentimiento que resurge cada vez que un (específicamente ese) otro se aproxima.
Necesita asfixiar la creencia de su cuerpo encadenado, que no ha sido
los retazos quebrantados de lo que una vez hesitó en su corazón, se disuelven acompañados en aquél infinito crispar. En su oración quemada, y pronto olvidada con el fuego de la esperanza, deja los últimos trozos deshechos de duda.
Sólo el templo es capaz de llevar con la
+ ruidoso recordatorio de que yacía ahí, en el mismo instante que la fémina.
En la sangre que fluye entre las venas siente el impulso de fundirse de nuevo con la humedad del aire, de perderse en la quietud densa que le suele llamar, mas no lo hace. Se queda, su devota entrega