Ya sabes que yo no conozco la mitad, que soy intensa como el océano y que lo tibio no es lo mío. Que soy de todo o nada, quedarnos o irnos. Hoy o nunca, soy de tomar la maleta e irnos pa explorarnos, pero también soy de tomar mis cosas e irme, pa nunca más volver.
Mi monstruo favorito es la Ciudad de México.
Mi ciudad, mi país, mi México.
Un monstruo que camina con el peso de su propio cuerpo:
tan grande, con garras largas, con dientes filosos, con un hambre insaciable.
Y también es silencio.
Un silencio que pesa más que sus calles.
Mi monstruo favorito es la Ciudad de México.
Porque es hermosa.
Porque es brutal.
Porque es devota.
Porque es cómplice.
Porque es testigo.
Somos hijos del agua, somos agua nomás,
gente del agua; erectos ejemplares de agua erecta
y caminante, ríos de pie,
sin fuentes como la del Nilo o la del Amazonas,
nos desangramos cuando abrimos el grifo.
—Eduardo Lizalde, Tercera Tenochtitlan
Llegué a la casa en Mexicali de Laura, las flores aún llevan su nombre. Y el ventilador de la sala me susurra en las ondas del cabello, casi como ella lo hacíamos cuando comíamos juntas. Extraño hacer casa contigo, hermana.
Y yo la extraño a cada día y dentro de cada día, cada hora del día. Y dentro de cada hora, cada minuto. Cada segundo. Y no sé qué más hacer, más que extrañarla.
Todo me duele. La voz. El recuerdo. La circulación sanguínea. El cabello. Las uñas. Los dientes. El cuello. La faringe . El corazón. No puedo hacer nada sin dolerme. Y siguen pasando los días, estos trescientos y tantos días
Dios en persona podría venir a decirme el por qué, a enumerar cada una de las razones por las cuales dejaste esta tierra. Pero yo no lo aceptaría, ni aún así lo entendería. ¿Por qué tenías que ser tú? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no en unas décadas? ¿Por qué no fui yo?