El director bajó la mirada.
—Me dijo que, si esa era mi forma de verlo, quizá debería replantearme lo que estaba enseñando a los alumnos.
Que estaba enseñando a las niñas a aguantar cuando alguien invade su espacio.
Y a los niños que podían hacerlo sin consecuencias.
Me quedé unos segundos en silencio.
Miré al director.
—Con todo respeto. El chico la agarró cuando ella intentaba alejarse.
Me levanté.
—Creo que ya hemos terminado.
Recogí a mi hija y caminamos hasta el coche.
Después de unos segundos me preguntó:
—¿Estoy en problemas?
La miré.
—Tu madre te enseñó bien.
Y nunca he estado más orgulloso de ti.