@mayraglezsolis Felicidades, Magistrada. Desde el Vigésimo TCC mi reconocimiento por el dinamismo que impulsa y apoya en el desempeño de nuestras actividades.
A todas y todos los juzgadores federales que dieron una batalla limpia y honesta en las elecciones: su integridad no fue en vano. Aun cuando la trampa haya vencido momentáneamente, ustedes ya ganaron al mantenerse fieles a sus principios.
Resistir con dignidad es también una forma de victoria.
Su integridad vale más que cualquier resultado injusto. Defender la legalidad con honestidad, aunque se pierda, es sembrar dignidad en un terreno que tarde o temprano dará frutos.
Gracias por no traicionar sus valores, incluso cuando otros sí lo hicieron.
🕊️ “No es valiente quien no tiene miedo, sino quien sabe conquistarlo”.
Mi escuela franquista
‘La buena educación’
Cuando yo era niño, a los cuatro años, nadie hablaba de pedagogía: el maestro nos golpeaba con una regla astillada o con una vara verde, según la culpa.
La vara la tenía escondida en un armario del aula. Recibíamos palmetazos en las manos o, si la cosa se ponía fea, algo peor: varazos.
A los ocho años, cuando ya era un muchachito, el profesor me daba capones, es decir, cerraba el puño y con los nudillos me golpeaba en la cabeza.
Así nos ultrajaba: con porrazos que aturdían, acompañados de gritos. Recuerdo a un compañero caer desplomado, tal había sido la saña de los coscorrones.
Años después, cuando sobrepasaba los doce, los profesores aún repartían cachetes o sopapos, según la falta. Lo normal era la bofetada o un revés que nos dejaba escocidos, muy escaldados.
Algún docente más atrevido nos atacaba con la mano y con lo que tenía a mano: lanzaba proyectiles, es decir, tizas o borradores. La intención no era asustar, sino acertar. Solo lo impedían nuestra maña esquivando el tiro y su falta de puntería.
No describo un mundo extraño ni alejado. Hablo de la Valencia reciente, la de los años sesenta y primeros setenta, en colegios públicos y religiosos de los pueblos y de la capital.
Para nosotros y para nuestros padres, la ferocidad parecía inevitable y la aceptábamos con resignación, como si las cosas tuvieran que ser solo así, sin remedio.
Supongo que aquellos profesores tan severos tenían una pésima idea de nuestra condición: éramos alumnos decepcionantes y con nosotros no valían las maneras, las formas o la pedagogía, un arte por entonces esotérico.
No sé mis compañeros, pero yo me pasaba la semana deseando que acabaran las clases para olvidar las lecciones o las vejaciones.
Pero no todo lo que va mal empeora. En medio de esa furia violenta o de ese rencor antiguo, ciertos profesores comenzaron a destacar: empezaron a tratarnos con deferencia, a aconsejarnos lecturas, a respetarnos, a hablarnos de objetivos y contenidos, de programas y tutorías.
Es más, con ellos aprendimos lo básico, lo fundamental: las cuatro reglas, la sintaxis y la buena educación. Se expresaban con un vocabulario distinto, con pedagogía ejemplar y audaz.
Por poco no llegamos, pero antes de abandonar el bachiller (en 1975) aún tuvimos la suerte de conocerlos: en mi caso, hablo de Ricardo G., de Rafa C., de Rafa B., de Alejandro S., entonces jóvenes.
Ignoro qué ha sido de ellos, pero si me leen quiero que lo sepan: los recordaré siempre, siempre.
Hoy está de moda cargar contra los pedagogos. A ellos se les atribuye el deterioro de la educación, con sus excesos, sus jergas y sus formalidades.
Creo, en fin, que es una injusticia. Nadie olvida a un buen maestro, es cierto; pero algunos tampoco olvidamos lo que era el mundo bronco anterior a la pedagogía.
Justo Serna
El Pais, 10 de noviembre de 2010
https://t.co/l7hOuGCtMA
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#porquerecordarelfinaldefranco
Vine a México para acompañar a mi mamá, a estar con ella. Vine a la tierra que es mi madre para recibir ese apapacho y darlo. Mi mamá se está perdiendo entre sus recuerdos y su memoria de corto plazo se fue de vacaciones y tal vez no regrese. Y a veces se da cuenta. Y le duele y me duele. Es como ver agua vital derramarse entre los dedos. Y cuando pasa el momento triste nos brulamos. Reímos de la crueldad de la vida. A pesar de todo, para ella sigo siendo su niña. Por eso no puedo decir que he venido a cuidarla. Porque ella, a pesar de sus limitaciones, va a buscar una manta para cubrirme del frío. Me p regunta: mija ¿qué quieres desayuanar?. Nada, Mamita. ¿Cómo qué nada? Al menos unas quesadillas. ¿Cuántas quieres?. Tres, Mamita. Y a los diez minutos en lugar de quesadillas tengo un delicioso sandwich.
Y reímos, y hablamos y me cuenta una y otra vez anécdotas de su historia. De nuestra hisotria. Y cambia los lugares y los tiempos. Y a veces me dan ganas de corregirla. Pero me di cuenta que los recuerdos son personales. Los recuerdos con el tiempo se diluyen. Pero lo que sentimos con ellos no. Mi mamá con sus recuerdos roídos me habla de sus sentimientos y de su corazón. Podremos olvidar o cambiar hechos y fechas, pondremos anécdotas con distintas palabras. Lo importante es la persona que está dentro de ellas.
Buen domingo.
Agradezco a las consejeras y consejeros del @INEMexico por el voto de confianza a mi persona para integrarme al CG del @IEEPCO, felicito a Ana María Márquez y Gabriela Espinoza con quienes tendré el gusto de colaborar.
Agradezco a las consejeras y consejeros del @INEMexico por el voto de confianza a mi persona para integrarme al CG del @IEEPCO, felicito a Ana María Márquez y Gabriela Espinoza con quienes tendré el gusto de colaborar.