Ya no me digan que él perdió. Él no perdió nada. Perdí yo. Perdí el tiempo, las ganas, la calma; perdí yo al quererlo con todo lo que tenía, al entregarle partes de mí que no suelo darle a cualquiera, al quedarme incluso cuando algo dentro de mí ya sabía que debía irme.
Qué feo es ilusionarte con alguien y pensar que esta vez sí era diferente, para luego darte cuenta de que solo te usa para no sentirse solo. Te busca cuando te necesita. Te da tiempo y atención; lo justo para confundirte y que no te vayas, pero nunca lo suficiente para quedarse.
No quiero que toda mi vida sea aprender a soltar. Por una vez, quiero encontrar un lugar donde pueda quedarme y descansar con la certeza de que no tengo que irme. Quiero conocer esa sensación de pertenecer, de construir raíces y sentir que finalmente estoy en casa.
Fallastes como papá si le dañas la estabilidad emocional a la mamá de tu hijo, sabiendo que ella es su cuidadora, su principal fuente de alimento, fuerza y apoyo emocional.
Créeme que al final vos ganaste, porque yo ya no te puedo volver a mirar con los mismos ojos de amor con los que te miré en su momento, la decepción de tu traición es enorme y sin vuelta atrás.