Mientras algunos recurren al insulto y otros a la insinuación sobre mi labor de divulgación, yo sigo centrado en los datos y en explicar cómo funciona realmente un sistema eléctrico. El tiempo, y sobre todo la realidad operativa, acaba poniendo cada decisión y cada uno en su sitio. Alemania es un ejemplo claro.
Alemania cerró sus centrales nucleares convencida de que podía sostener su sistema eléctrico solo con renovables, interconexiones y un pequeño respaldo fósil. La realidad operativa está siendo bastante menos ideal.
Los propios operadores de red alemanes están recurriendo cada vez más a la energía nuclear francesa para mantener la estabilidad del sistema. La explicación es sencilla: el sistema necesita potencia gestionable capaz de responder cuando el viento cae o el sol desaparece.
Esa electricidad de origen nuclear se utiliza en lo que se conoce como 'redispatch transfronterizo', ajustes en tiempo real en centrales extranjeras para evitar sobrecargas o caídas de tensión en la red alemana. En algunos momentos se pide a Francia reducir producción cuando sobra renovable y en otros aumentarla cuando falta.
La consecuencia es que la misma tecnología que Alemania decidió cerrar, está actuando como amortiguador de su sistema eléctrico.
Los datos muestran además que esta práctica tiene un peso creciente. El volumen de estos ajustes con nuclear extranjera ha aumentado más de un 10% en un año y los costes se trasladan directamente a los consumidores alemanes a través de los peajes de red.
Este debate tiene que ver con el funcionamiento real de un sistema eléctrico. A medida que aumenta la generación dependiente del clima, algo positivo y necesario, también crece la necesidad de respaldo firme. En el centro de Europa, ese respaldo sigue siendo en gran medida nuclear.
Cerrar centrales nucleares desplaza su necesidad al país vecino.
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La cara de Carlos lo dice todo.
🗣️ Aquí, la conversación entre el piloto y su ingeniero, tras una etapa con problemas.
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Los plásticos que nadie sabe reciclar acaban en vertederos, ríos y playas. Son materiales complejos, mezclas, polímeros degradados o envases sucios que el reciclaje mecánico no puede procesar.
Pero existe una alternativa que apenas se conoce y que está empezando a dar resultados muy sólidos: usar radiación para romper esas largas cadenas que vuelven tan resistentes a los plásticos más problemáticos.
La técnica es muy elegante. Se irradian los residuos plásticos con haces de electrones o rayos gamma, y la energía depositada fragmenta las moléculas en piezas más cortas y manejables. Ese proceso, llamado degradación radiolítica, permite transformar lo que hoy es un desecho sin salida en precursores químicos, combustibles, ceras industriales o materiales más fáciles de reciclar. No hace falta altas temperaturas ni procesos agresivos: la radiación hace el trabajo con una precisión difícil de igualar.
Además, la irradiación no sirve solo para degradar. En algunos casos refuerza propiedades de ciertos plásticos reciclados, los estabiliza y les da una segunda vida con más calidad. Esto abre la puerta a un reciclaje avanzado donde cada residuo se trata según su composición y no según un sistema de clasificación rígido que deja fuera a la mayoría.
El organismo que está impulsando esta tecnología a nivel internacional es el @IAEAorg. Lleva años desarrollando proyectos con decenas de países para modernizar sus sistemas de gestión de residuos usando técnicas nucleares. Desde Asia hasta América Latina, se están instalando equipos de irradiación en plantas piloto para testar estos procesos y adaptarlos a cada flujo de residuos. Los avances son rápidos y, sobre todo, replicables.
La contaminación por plásticos no se resolverá solo con buena voluntad. Necesita ciencia, innovación y el coraje político de adoptar soluciones eficaces, incluso cuando no son las habituales. La energía nuclear puede convertirse en una herramienta clave para que los océanos dejen de ser el vertedero del mundo.
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El 28 de abril, durante el apagón que dejó sin suministro a millones de personas en España, el sistema eléctrico operaba con un 30% menos de inercia que el mínimo recomendado por ENTSO-E, la Red Europea de Gestores de Redes de Transporte de Electricidad. La inercia es un parámetro clave del sistema eléctrico que determina su capacidad para resistir cambios bruscos de frecuencia y evitar colapsos.
Esta inercia eléctrica se mide en segundos y representa el tiempo que tardaría en disiparse la energía cinética acumulada en los grandes generadores rotatorios (como los de las centrales nucleares o térmicas) si cesara de golpe la generación. Cuanto mayor es ese tiempo, más margen tiene el sistema para reaccionar ante perturbaciones. Una red con baja inercia es mucho más vulnerable a apagones como el que se produjo ese día.
Según el análisis del grupo LEMUR de la Universidad de Oviedo, ese día la energía nuclear aportaba el 50% de toda la inercia, a pesar de que solo dos de los siete reactores funcionaban al 100% de potencia. Uno estaba parado por recarga de combustible programada y los otros cuatro —dos desconectados y dos al 70%— operaban a mínimos por causas económicas.
@RedElectricaREE autorizó estas reducciones de potencia solicitadas por las eléctricas debido a los bajos precios del mercado y a una fiscalidad confiscatoria, con impuestos hasta triplicados. En total, el 50% del parque nuclear estaba parado, en gran parte por decisiones políticas.
Red Eléctrica debería explicar por qué permitió que, a partir de las nueve de la mañana, el sistema eléctrico operase con una inercia muy por debajo del umbral recomendado, especialmente en un día laborable con alta demanda y elevada penetración de energía solar fotovoltaica (más del 60% de la producción). ¿Nadie vio venir el riesgo o fue asumido por decisiones políticas?
Con todos los reactores disponibles al 100% de potencia, se habría superado el umbral mínimo de inercia recomendado. Es decir, con más nuclear, el apagón habría sido menos probable. Un claro aviso de lo que os llevo explicando desde hace años: cerrar las centrales nucleares es un suicidio energético.
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China 🇨🇳 está avanzando hacia una revolución energética que podría hacer virtualmente renovable a la energía nuclear: la extracción de uranio del agua del mar.
Los océanos contienen disueltos de forma natural unos 4.500 millones de toneladas de uranio, una cantidad mil veces mayor que todas las reservas terrestres conocidas, y que además se renueva constantemente por la erosión natural de las rocas. Esto convierte al uranio marino en una fuente prácticamente inagotable.
Hasta hace poco, extraerlo era inviable: costaba más de 5.000 $/kg. Pero científicos chinos han desarrollado una nueva membrana de nanofibras que ha reducido ese coste a solo 150 $/kg. Para 2026 podría caer por debajo de los 100 $/kg, acercándose al rango de la minería terrestre, que actualmente oscila entre 49 y 130 $/kg, según el tipo de yacimiento.
China ha trazado un plan ambicioso en tres fases: desarrollar la tecnología antes de 2026, escalar la producción a nivel de toneladas entre 2026 y 2035, y alcanzar la autosuficiencia nacional en uranio marino antes de 2050. El objetivo es claro: asegurar un suministro de combustible limpio, abundante y duradero para sus reactores nucleares.
El proceso se basa en materiales especiales que actúan como esponjas: membranas recubiertas con compuestos que atraen selectivamente los iones de uranio presentes en el agua de mar. Luego, el uranio se separa, purifica y se concentra para ser usado como combustible nuclear. Este avance tecnológico allana el camino hacia una energía nuclear sostenible, con recursos prácticamente ilimitados.
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