Señor Larraín, hablemos de brutalidad. Dice usted que es “brutal el maltrato” que recibe la ministra Sedini. Que el insulto reemplaza al argumento. Que el debate público se degrada.
Tiene razón en una cosa: hay brutalidad en Chile. Pero no es la que usted describe. Brutal es que José Antonio Kast haya declarado públicamente que no cree en los crímenes de Miguel Krassnoff Marchenko, condenado por secuestro, tortura y homicidio. No es un desliz: es una posición sostenida por el jefe de la coalición que usted integra y que hoy gobierna el país. Sus víctimas tienen nombre. Sus familias están vivas. Y su líder les dice, con todas sus letras, que no les cree.
Pregúntese, señor Larraín, si quien creció sabiendo que su madre fue violada y torturada en Villa Grimaldi considera que eso empobrece menos el debate público que una crítica a una ministra.
Usted invoca el argumento frente al insulto. Bien. Entonces argumente contra el negacionismo de su propio bloque. Porque mientras no lo haga, su indignación selectiva no es defensa de la democracia.
Es ruido con traje.
Y sepa esto: la derecha y la ultraderecha chilena jamás se liberarán del estigma de haber celebrado, justificado y aplaudido la barbarie genocida de Pinochet. No es una herida que cierra con el tiempo ni con el poder. Podrán pasar décadas, podrán gobernar, podrán invocar la modernidad y el progreso cuantas veces quieran. Seguiremos ahí, recordándoselo. Porque la memoria no prescribe. Y la denuncia, tampoco.
Estimado Hernán, no confunda la crítica honesta con el agravio torpe.
Sedini no debió llegar al cargo que le encomendaron, y seguro no es la única y tampoco es tema sólo de este gobierno, pero el cargo que ella habita no sólo es de gran exposición, requiere un tipo de inteligencia y retórica que está completamente ausente en la persona de la Mara Sedini. No es ni su pasado, ni lo que ello pueda representar.
La ministra es inmadura emocionalmente, es de una cultura precaria en su profundidad y extensión. Tiene un pésimo manejo del lenguaje oral, y cuando se habla mal, también se piensa mal.
Puedo entender la defensa desde el punto de la severidad de la crítica, pero bien dice el dicho: Más vale ponerse una vez rojo que 100 veces colorado.
Sedini carece de los atributos mandatorios para el cargo, definitivamente es ignorante, cortoplacista, irreflexiva, altanera, soberbia y arrogante. El tema del lenguaje lo hemos descrito en tantas ocasiones que sería redundante, pero la mejor ayuda que le pueden dar es sacarla del horno, porque se sigue quemando y cuando esto sea sólo un caso para la memoria, seguirá siendo presa del desdén ajeno por su propia inoperancia y la de quienes la nombraron y la sostienen en su cargo.
El problema estuvo en sobrevalorar sus capacidades y subvalorar el cargo, y cuando ello ocurre, el único perjudicado es el sujeto en cuestión.
Si Mara Sedini fuese entrenador de fútbol, ya habría dejado el equipo…y hace rato, porque la barra lo habría pedido en el primer tiempo del primer partido.
Si Kast está exigiéndole a los chilenos pagar el CAE o sino los embargarán , deberían partir por casa, aquí la lista de las autoridades de este gobierno que deben el CAE :
🌑Claudia Reyes (Republicanos, diputada): ~$38 millones
🌑José Carlos Meza (Republicanos, diputado): ~$17 millones
🌑Katherine López (Delegada Presidencial): ~$8,8 millones
🌑Ricardo Figueroa (Delegado Provincial): ~$40 millones
🌑Abel Gallardo (Delegado Provincial): ~$14 millones
🌑José Bravo (Seremi): ~$30 millones
🌑Carlos Zirotti (Seremi): ~$3,2 millones
https://t.co/et3fL5qq5C
Yo no había querido hablar de nuestro flamante presidente. Pensaba que aunque yo no voté por él, Kast debía tener la oportunidad de demostrarnos que sabría manejar los destinos de la patria.
En dos semanas ya demostró lo contrario, tiene pico idea y no puedo parar de reputearlo
QUIEN NADA SABE, NADA TEME
Pocas frases describen con tanta precisión —y tan involuntaria ironía— el temple y arrojo exhibido por la ministra vocera de gobierno, Mara Sedini. Porque no se trata aquí de una valentía nacida del conocimiento, ni de esa serenidad que otorga el dominio de los hechos, sino de una audacia más rudimentaria: aquella que brota cuando la conciencia no alcanza a dimensionar la magnitud del error.
Decir que el barril de petróleo en España cuesta dos euros no es simplemente un desliz. Es, en rigor, una afirmación que se desploma por su propio peso, una de esas frases que no requieren expertise técnico para ser refutadas, sino apenas un mínimo sentido de realidad. Pero lo verdaderamente inquietante no es el error en sí —todos pueden equivocarse—, sino la absoluta falta de alarma interna frente a lo que acababa de pronunciar. No hubo duda, no hubo corrección, no hubo siquiera un atisbo de sospecha. Y ese es el verdadero problema.
Porque hay errores que se corrigen con datos, y otros que se desnudan con lógica. Este último pertenece a la segunda categoría. Bastaba una pausa, un segundo de reflexión, para advertir que algo no cuadraba. Pero no ocurrió. Y cuando el error no encuentra resistencia ni siquiera en quien lo emite, lo que queda al descubierto no es un lapsus, sino una precariedad más estructural.
No es un episodio aislado. Ya le hemos escuchado frases que oscilan entre lo contradictorio y lo incomprensible: “razones felices” que producen “noticias tristes”, y compromisos de “cumplir promesas cumplidas”, entre otros muchos bizarros comentarios.
A ello se suma una retórica vacilante, un léxico limitado y una construcción argumental que parece avanzar a tropiezos, como si cada idea llegara tarde a su propia formulación.
Pero reducir esto a una crítica personal sería un error de diagnóstico. La vocería de gobierno no es un rol ornamental ni un ejercicio de improvisación verbal: es la traducción política del poder, la arquitectura discursiva de una administración. Es el lugar donde el gobierno se piensa en voz alta. Y cuando esa voz titubea, se contradice o simplemente se extravía, lo que se pone en cuestión no es sólo a quien habla, sino a aquello que representa.
Lo que se observa no es únicamente una ministra errática, sino el síntoma visible de un gobierno tensionado, inexperto y, por momentos, desorientado. Un gobierno que parece confundir volumen con contenido, y que apuesta a que la abundancia de palabras catastrofistas pueda suplir la escasez de ideas. Sin embargo, la opinión pública tiene una tolerancia limitada a ese tipo de artificios. Puede perdonar errores, incluso torpezas, pero difícilmente perdona la sensación persistente de estar siendo subestimada.
La vocería exige algo más que presencia mediática: exige densidad, precisión, criterio. Debe transmitir control cuando hay incertidumbre, claridad cuando hay ruido, y solvencia cuando todo lo demás tambalea. Es el termómetro emocional de un gobierno, el indicador más visible de su estado interno. Y hoy, ese termómetro marca fiebre.
No sería extraño que, en los pasillos del poder, ya se evalúen alternativas. Cambiar a la vocera temprano puede parecer precipitado, pero sostenerla en medio de errores reiterados puede resultar más costoso aún. El dilema no es menor: corregir a tiempo o administrar un deterioro progresivo.
Si esto fuera un partido de fútbol, apenas han transcurrido los primeros 48 segundos. Pero ya hay descoordinación, pases erráticos y jugadores que aún no tocan el balón. Y aunque los cambios siempre son posibles, hay algo que no se sustituye con facilidad: la credibilidad.
Gobernar no es un panel de televisión donde la improvisación puede disfrazarse de estilo. Gobernar es, entre otras cosas, entender el peso de cada palabra. Porque cuando el lenguaje se vacía de sentido, el poder comienza a vaciarse de legitimidad. Y en ese terreno, la ignorancia no es sólo un defecto: es un riesgo político de proporciones. @MisColumnas
Es una buena noticia el éxito de estos operativos. Sin embargo, no es algo nuevo. En el Gobierno del Presidente Boric se realizaron regularmente varios, incluso con un mayor número de detenidos en algunos casos. La diferencia es que ahora los medios los destacan y las nuevas autoridades los presentan como novedad.
https://t.co/4FmOVNime9
Anuar Quesille, Defensor de la Niñez, educa a Mara Sedini: “La Defensoría de la Niñez es una institución autónoma del Estado, cuya máxima autoridad es elegida por el Senado cada 5 años, y hoy me encuentro en medio de mi mandato, lo declarado por la futura ministra es incorrecto’
Exijo que se aplique toda la severidad de la ley 20.380 a estos cretinos. La patente está clarita:
DHGR 85
A los del SAG; vayan levantando el culo de la silla y hagan la pega mierda!
Esto pasó en Magallanes.
Columna de Pablo Azócar en La Tercera:
Si quieres comprender por qué la dictadura de la derecha fue tan terrible, lee el siguiente texto:
Muchas veces me pregunté por qué Augusto Pinochet, en el mundo entero, aparece en todos los listados de los personajes más perversos de la historia universal de la infamia. La primera respuesta que se me viene a la mente: la crueldad. Pocos regímenes han ejercido una crueldad tan rigurosa, fría y sistemática. El dictador chileno no solo mandó matar a varios de sus amigos y jefes a los que había jurado lealtad eterna, comenzando por el general Carlos Prats, quien lo había aupado y cobijado como se cobija a un hijo, sino que además creó un aparato represivo que recurrió a las sevicias más delirantemente inhumanas de las que se tenga memoria. A un afamado cantautor le reventaron las manos para que no tocara nunca más la guitarra, a una dirigente estudiantil le plantaron una plancha hirviendo para deformarle la cara, a dos adolescentes los rociaron de parafina y los quemaron minuciosamente de arriba a abajo, a un obrero le martillaron los dedos para que no volviera a ejercer su oficio, a una enfermera le atravesaron las manos con yataganes hasta que se fue desangrando entera, a un campesino de 16 años le reventaron la cara y lo encontraron con la boca llena de excrementos de caballo, a un pianista le fueron arrancando una a una las uñas de las manos, a un dirigente político lo mataron a pausas quemándole el pecho con un soplete. Conocí a una adolescente que estaba embarazada porque la habían violado una y otra vez salvajemente en una cárcel clandestina. Conocí a un niño al que le pusieron electricidad en la entrepierna delante de sus padres para que estos “hablaran”. Conocí a una mujer que era incapaz de tener relaciones sexuales porque le habían metido ratones en la vagina, y a otra que la amarraron para que fuera penetrada por un perro entrenado.
El Informe Rettig y sobre todo el Informe Valech –documentos oficiales del estado chileno, redactados por autoridades morales y especialistas de todo el arco político- recogen una parte de esas atrocidades. Me armé de valor y leí de principio a fin el Informe Valech, y la experiencia resultó más terrorífica que las peores novelas de terror. En ese informe, sin ir más lejos, hay una lista de más de mil niños que padecieron vejámenes diversos. Las personas que redactaron ese informe de espanto recibieron decenas de miles de testimonios, aunque fueron muchísimas las víctimas que no se animaron a hacerlo para no revivir el horror, la humillación y el miedo. Destaca el Informe Valech que además millones de chilenos perdieron el trabajo o la vivienda, denigrados, excluidos y acosados, cientos de miles debieron partir al exilio, y muchos de los que se quedaron tuvieron que sobrellevar la estigmatización y la persecución. Algunos fueron detenidos varias veces y debieron cambiar de ciudad. Otros, en sus pueblos, experimentaron el escarnio de tener que convivir con sus propios torturadores. En ese informe pavoroso quedaron registrados más de setecientos regimientos, retenes, comisarías, campos de concentración o cárceles secretas –en todas las regiones del país- donde sucedieron los hechos, con fechas y pormenores.
A pesar de los años transcurridos, los millares de testimonios que recoge el Informe Valech resultan sobrecogedores. “Me rompieron las fibras del ano al meterme objetos contundentes”. “Perdí la visión del ojo derecho por golpes de metralleta”. “Entonces un milico se sacó el pene y me obligó a que se lo enderezara con mi boca, después vino el otro y el otro, el último se fue en mi boca, mi vida nunca fue la misma ya que solo tenía 15 años”. “Me aplicaron el ‘teléfono’, golpes al unísono en ambos oídos, reventándome el derecho”. “Me fueron arrancando las muelas sin anestesia”. “Me colgaron de los pies, me hacían comer excrementos y agarraban del cuello delante mío a mi hija de nueve meses diciéndome que la iban a matar”. “Me molieron los riñones con los golpes y aún tengo secuelas”. “Me obligaron a tener relaciones sexuales con mi padre y con mi hermano”. “Me golpearon tanto que perdí la memoria y la visión”. “Nos hicieron desnudarnos, pasando una barra entre los codos y la parte trasera de las rodillas, la sensación era de descuartizamiento”. “Me deshicieron los testículos con la corriente”. “Tengo huellas de quemaduras de cigarro en todo el cuerpo”. “Me destruyeron la vagina, no pude defecar sin dolor durante años”. “Me dejaron ahí y se me gangrenó una pierna”. “Me tuvieron que extirpar el útero y los ovarios por hemorragias internas”. “Hoy tengo una afección cardíaca producto de la corriente que me aplicaron”. “Quedé con un terror que nunca se me fue, paranoia, claustrofobia, angustia”. “Sigo reviviendo una y otra vez lo que padecí en esos días”. “Todavía lloro mientras duermo”.
¿Cómo se mide la inmensidad de ese dolor? ¿Cómo se mide esa humanidad ultrajada tan masivamente y, por lo general, tan anónimamente? ¿Qué cicatrices pueden quedar en la psiquis de un país después de una barbarie de esas dimensiones?
Lo desconcertante es que lo que vino después fue el silencio. El país oficial sencillamente decidió que todo aquello se metiera debajo de la alfombra. En nombre de la “reconciliación” y la estabilidad política, se resolvió simplemente que no se volviera a hablar sobre el asunto. Se clausuró sin ceremonia alguna la heroica Vicaría de la Solidaridad, se canceló de la historia oficial al Cardenal Raúl Silva Henríquez, se escondieron a conciencia el Informe Valech y el Informe Rettig y los cientos de miles de testimonios, no hubo políticas de reparación, y la prensa casi no volvió a hablar sobre el asunto. Que los familiares se las arreglaran como pudieran. Como en las maldiciones bíblicas, se quedaron a solas con ese quiste los hijos y los nietos y los bisnietos.
Medio siglo después, están a la vista las consecuencias. Todavía hoy hay numerosos políticos y parlamentarios que siguen endiosando a Pinochet y negando que existiera aquel horror dantesco. Las fuerzas armadas continúan rehusándose a revelar el paradero de más de mil desaparecidos, una palabra que se instaló en el léxico universal a partir de los regímenes militares chileno y argentino. El líder ultraderechista José Antonio Kast, que aparece ahora como favorito en las encuestas para las próximas elecciones presidenciales, se declaró “amigo personal” y participó en homenajes al militar Miguel Krassnoff, uno de los torturadores más sanguinarios, condenado a más de 900 años de cárcel por múltiples casos de violaciones a los derechos humanos. La derecha política chilena no se ha “despinochetizado”. Ni atisbos de mea culpa, ninguna señal de haber dimensionado de verdad la salvajada que fue la política de exterminio emprendida por el estado chileno en aquellos años. Líderes, intelectuales y dirigentes siguen hablando de “caídos de lado y lado” y sosteniendo que solo se trató de ciertos “excesos”.
Cuando el presidente Gabriel Boric otorgó en julio en España una distinción honorífica al jurista Baltazar Garzón -quien hizo que Pinochet fuera detenido en 1998 en Londres en nombre de la justicia universal de las Naciones Unidas-, la derecha chilena reaccionó escandalizada y presentó un reclamo formal ante la Cancillería. “El reconocimiento a Garzón es una vergüenza”, dijo un diputado. “Es una provocación”, dijo otro. No perdonan a Garzón: no le perdonan haber mancillado la figura del “tata” Pinochet. Todo esto no es privativo de la derecha: se ocultó todo durante tantos años, se clausuró tan sistemáticamente esa memoria, que hoy día sale gratis el negacionismo, o relativizar los hechos, o aplicar el viejo sistema de los empates.
La paradoja es terrible: Chile es probablemente el único país del mundo en el cual no existe conciencia aún de lo monstruoso que fue el régimen de Pinochet. Se corrieron todos los límites imaginables del bien y del mal, ni Calígula ni Nerón llegaron a extremos semejantes. Los alemanes se han dedicado durante décadas, día a día, mes a mes, año a año, a recordar el holocausto hitleriano, en películas y ensayos y novelas, en fotografías y cuadros y monumentos, en museos y ceremonias y memoriales. El holocausto chileno, en cambio, ni siquiera tiene nombre. Esa es la frivolidad que se instaló con el peso de la noche, una frivolidad que continúa campeando hoy, como si nada nunca hubiera sucedido.
ANGELS IN THE STANDS: Days after losing his dad, 21yo Brent debuts, saves penalty - rival fans applauded, sang to him, hugged him tight. 😭😭
This is humanity. ❤️
JOSÉ ANTONIO KAST
Un presidente sin palabras.
Lo que revela la pobreza dialéctica de Kast no es torpeza verbal, sino una alarmante carencia intelectual.
Aquí no hay un problema de gustos literarios ni de nostalgia por los grandes discursos que se citan en ceremonias académicas. Nadie está pidiendo trompetas retóricas ni párrafos para el bronce. Lo que queda al descubierto al escuchar a José Antonio Kast es algo más elemental y, por lo mismo, más inquietante: una pobreza retórica que no es estética, sino estructural. No es que no “hable bonito”; es que no piensa hondo, y eso se nota.
La retórica —conviene recordarlo— no es maquillaje. Es arquitectura del pensamiento. Un exordio deficiente no es solo un mal inicio: es la señal temprana de una mente que no ordena ideas, que no jerarquiza conceptos, que no distingue matices. Cuando el vocabulario es corto, el mundo también lo es. Cuando las frases son planas, las ideas suelen serlo aún más. El lenguaje no adorna el pensamiento: lo hace posible.
El discurso de Kast en El Salvador no fue pobre por falta de carisma, sino por falta de densidad. Vago, predecible, sin abstracción ni tensión conceptual. Una seguidilla de lugares comunes que no dialogan con la complejidad del cargo ni con la gravedad del momento histórico. No hubo tesis, no hubo desarrollo, no hubo riesgo intelectual. Hubo consignas. Y las consignas son el refugio natural de quienes no saben —o no quieren— pensar en voz alta.
Sus defensores reaccionan como era esperable. No con argumentos, sino con insultos. Que los zurdos, que les arde, que lloren, que el ají. El folclor del ingenio básico, esa pirotecnia verbal que no busca responder, sino descalificar. Nadie —literalmente nadie— se hace cargo de la crítica central: la precariedad del discurso revela una precariedad más profunda. Porque refutar exigiría comprender, y comprender exige un mínimo de pensamiento crítico.
Otros, más sofisticados en la forma pero igual de endebles en el fondo, apelan al comodín clásico: “no importa cómo hable, importa lo que haga”. Falso dilema. Como si pensar y hacer fueran compartimentos estancos, como dos cajones diferentes de un mismo mueble. Como si la acción no fuera, antes que nada, pensamiento aplicado. Como si un presidente pudiera gobernar bien con ideas mal formuladas, conceptos pobres y un lenguaje incapaz de nombrar la complejidad del poder.
No se trata de pedir a Neruda ni a Churchill ni a Martín Luther King. Se trata de exigir claridad, precisión, elegancia acorde al cargo y una cultura mínima que permita comprender el mundo que se pretende dirigir. Un presidente no puede expresarse como quien improvisa en una sobremesa larga. La palabra presidencial no es decorativa: orienta, delimita, construye realidad. Cuando esa palabra es débil, la realidad que se anuncia también lo es.
Lo más preocupante no es Kast. Es el aplauso que recibe esa pobreza. El fanático se reconoce en el discurso simple porque no lo desafía. El mediocre se siente cómodo entre mediocres, y hasta lo celebra. La crítica les resulta ofensiva no porque sea injusta, sino porque es incómodamente precisa. Señala una carencia que no quieren ver, quizá porque verla implicaría mirarse al espejo.
La pobreza retórica no es un defecto menor: es el síntoma de una pobreza intelectual más amplia. Y cuando esa pobreza se instala en La Moneda, el problema ya no es estilístico. Es político, cultural y, en última instancia, profundamente preocupante. Porque un país mal hablado termina, casi siempre, mal pensado. Y lo que se piensa mal, se gobierna peor. @MisColumnas
Este spot del Partido Verde de Gran Bretaña es una maravilla en cuanto a comunicación política. Por algo se ha hecho viral en UK y Europa. Lenguaje simple, vivencias comunes de la mayoritaria clase trabajadora, contradicciones claras y un propósito.
Aquí subtitulado. Una joya:
Lean esto. Es muy importante. Es el discurso de este 20.01.2026 en Davos del primer ministro canadiense @MarkJCarney. Esto irá a los libros de historia. Más allá de tener las referencias correctas y estar muy bien escrito, Carney tiene el valor y la lucidez de llamar de una vez a las cosas por su nombre.
Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.
Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.
Pero sostengo, aun así, que otros países —en particular las potencias medias como Canadá— no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.
El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.
Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben.
Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad.
No lo hará.
Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?
En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?
Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.
No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos.
Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su letrero— la ilusión empieza a resquebrajarse.
Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.
Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima.
Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas.
Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema.
Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas.
Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.
Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía —una soberanía que antes estaba anclada en normas—, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión.
Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva.
La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si podemos hacer algo más ambicioso.
Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.
Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” —o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores.
Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.
Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales.
Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.
Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia.
Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre.
En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores.
Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no.
Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.
En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte —si elegimos ejercerlo juntos.
Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”?
Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción.
Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana.
Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción.
Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias.
Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.
Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.
Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.
Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.
Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.