CARTA ABIERTA A LA SENADORA VANESSA KAISER.
Senadora @vanessakaiser22
Hay errores que nacen de la ignorancia y otros que brotan de la conveniencia. Los primeros pueden corregirse estudiando; los segundos sólo cambian cuando la honestidad intelectual derrota al interés político. Su afirmación de que el estallido social del 18 de octubre de 2019 constituyó un golpe de Estado parece oscilar entre ambas categorías.
Las palabras importan. Y cuando quien las pronuncia es una senadora de la República, importan todavía más. Porque el lenguaje no sólo comunica: también construye memoria, moldea la historia y educa —o deseduca— a una sociedad.
Un golpe de Estado no es una metáfora. Tampoco una opinión. Es un concepto político y jurídico bastante preciso. Consiste en la toma ilegal del poder mediante la fuerza, con el propósito de destituir al gobierno y sustituir el orden constitucional. Supone el control efectivo de las instituciones del Estado, la captura de los poderes públicos, la subordinación de las Fuerzas Armadas o de parte de ellas y el reemplazo de la autoridad legítimamente constituida.
Eso ocurrió en Chile el 11 de septiembre de 1973.
Ese día los militares bombardearon el palacio presidencial, derrocaron al Presidente de la República, disolvieron el Congreso Nacional, suspendieron la Constitución, proscribieron partidos políticos, censuraron la prensa y establecieron una dictadura que se prolongó durante diecisiete años. Una dictadura reconocida internacionalmente por miles de violaciones a los derechos humanos: ejecuciones, desapariciones forzadas, torturas, exilios y crímenes de lesa humanidad.
Eso, senadora, fue un golpe de Estado.
El 18 de octubre de 2019 ocurrió otra cosa. Hubo una explosión social de enorme magnitud, acompañada de actos delictuales, incendios, saqueos y violencia que deben ser condenados sin ambigüedad. También hubo millones de ciudadanos que salieron a las calles para expresar un profundo malestar frente a abusos, desigualdades y una sensación de abandono acumulada durante décadas.
Podrá discutirse si aquella movilización fue espontánea, parcialmente organizada, aprovechada por grupos violentistas o instrumentalizada por determinados sectores políticos. Ese debate es legítimo. Lo que no resiste análisis serio es convertir esa crisis en un golpe de Estado simplemente porque resulta útil para una determinada narrativa.
Porque durante esos días el Presidente siguió ejerciendo el mando. El Congreso continuó legislando. La Corte Suprema mantuvo sus funciones. Ninguna rama del Estado fue reemplazada. Ninguna junta asumió el poder. Ninguna Constitución fue abolida. Ningún gobierno cayó producto de una insurrección triunfante.
Si todo episodio de violencia social pasa a llamarse golpe de Estado, entonces las palabras dejan de tener significado. Y cuando el lenguaje pierde precisión, la verdad termina convertida en rehén de la propaganda.
Resulta especialmente llamativo que esa banalización provenga de alguien cuya familia ha reivindicado reiteradamente aspectos del régimen nacido precisamente de un verdadero golpe de Estado. Pareciera que la historia sólo merece exactitud cuando favorece determinadas convicciones y elasticidad cuando las incomoda.
No es una cuestión ideológica. Es una cuestión de rigor.
Confundir una revuelta social —por grave y violenta que haya sido— con un golpe de Estado, equivale a confundir una tormenta con un terremoto porque ambas producen daños. El resultado puede parecer similar para quien sólo observa los escombros, pero sus causas, naturaleza y consecuencias son radicalmente distintas.
La democracia necesita debates intensos. Lo que no necesita es que quienes tienen la responsabilidad de legislar deformen deliberadamente los conceptos fundamentales de la ciencia política para acomodarlos al relato del momento.
Porque cuando todo es un golpe de Estado, al final nada lo es. Y ese día habremos perdido algo más importante que una discusión semántica.
@MisColumnas
LOS HIJOS TONTOS DE LOS RICOS
Hay una aristocracia que nunca murió. Sólo cambió el caballo por un SUV alemán, la espada por un MBA de universidad boutique y el escudo familiar por una foto en LinkedIn con blazer azul marino y brazos cruzados. Son los herederos del poder. Los hijos tontos de los ricos. Una especie protegida por el ecosistema nacional, criada en parcelas, clubes de golf y colegios donde el mayor mérito académico consiste en no ahogarse con la colación.
Durante siglos la nobleza europea perfeccionó el arte de reproducirse entre primos. La genética hacía lo suyo: mandíbulas torcidas, delirios mesiánicos y una capacidad intelectual comparable a una puerta giratoria. Pero eran reyes. Si el príncipe babeaba sobre la armadura, el reino entero concluía que debía tratarse de “una señal divina”.
La colonia latinoamericana heredó esa tradición con entusiasmo. Los latifundistas no mezclaban sangre: la conservaban. Los mismos apellidos iban y venían como una playlist endogámica del poder. Los primos se casaban entre ellos, los parientes hacían negocios entre ellos y los nietos terminaban administrando ministerios, notarías o bancos aunque confundieran el PIB con una cerveza artesanal.
Y aquí estamos. Siglo XXI. Inteligencia artificial. Cohetes privados. Cirugías robóticas. Pero seguimos gobernados por el equivalente humano de un mueble mal armado.
El hijo tonto del rico tiene rasgos fáciles de detectar. Habla de “mérito” después de heredar tres departamentos. Cree que levantarse a las 9:30 es “mentalidad de tiburón”. Usa palabras como networking, mindset y disrupción porque jamás logró dominar sujeto y predicado. Estudia en universidades donde el examen de admisión consiste básicamente en llegar vivo al campus. Luego aparece mágicamente como gerente en la empresa del papá, aunque una vez intentó calentar agua en el microondas sin sacar la cuchara metálica.
Lo extraordinario no es que existan. Lo extraordinario es la devoción nacional hacia ellos. Cada cierto tiempo aparece uno corriendo un BMW a 264 km/h, destruyendo un grifo a peñascazos o insultando en un avión a un tripulante afroamericano. Y aun así, ahí siguen: directorios, gerencias, ministerios, campañas políticas y fundaciones “sin fines de lucro” con oficinas de lujo y asesorías pagadas por el Estado.
En política son especialmente fascinantes. Hijos de senadores convertidos en diputados. Nietos de alcaldes transformados en gobernadores. Hermanos instalados en empresas públicas y los peores como asesores en la Moneda. Una monarquía sin corona, pero con viáticos. La democracia latinoamericana terminó funcionando como un asado familiar donde los cargos públicos se reparten igual que los pedazos de carne y los choripanes.
El problema no es sólo el nepotismo. El problema es la mediocridad blindada. El hijo tonto del rico jamás enfrenta consecuencias reales. Si quiebra una empresa, “emprendió”. Si evade impuestos, “optimizó”. Si fracasa en política, lo mandan de embajador. Si destruye un país, lo invitan a dar charlas sobre liderazgo.
Mientras tanto, al ciudadano común se le exige excelencia olímpica para sobrevivir. Idiomas, posgrados, experiencia, manejo de software y sonreír mientras lo reemplazan por el sobrino inepto de alguien importante.
Porque el poder descubrió hace tiempo que la incompetencia hereditaria es funcional. El hijo brillante cuestiona. El hijo tonto obedece. Por eso las élites los reciclan como gerentes, parlamentarios o panelistas de televisión: adornos caros con capacidad limitada de pensamiento crítico. Golden retrievers con apellido compuesto.
Y así se perpetúa el sistema. El mediocre hereda al mediocre. El apellido pesa más que el talento. La cuna derrota al esfuerzo. El país avanza con el freno de mano puesto mientras una aristocracia de imbéciles administran las instituciones.
Los castillos desaparecieron, pero los idiotas hereditarios sobrevivieron. Ahora simplemente tienen oficina y acceso al presupuesto nacional. @MisColumnas
KAST vs KAST
Hay algo profundamente enternecedor en ver a José Antonio Kast enfrentarse al Estado como quien pasa años insultando a un piloto… hasta que un día le entregan el avión. Resultó que despegar no era lo mismo que gritar desde el aeropuerto.
Durante años, —Kast candidato— fue una mezcla entre comentarista de matinal, administrador furioso de WhatsApp y profeta del apocalipsis nacional. Todo era culpa de alguien más, del gobierno de turno. Si subía la bencina, era incompetencia criminal. Si aumentaba la delincuencia, había que sacar tanques. Si el crecimiento era mediocre, Chile estaba a minutos de convertirse en Venezuela. El país siempre parecía al borde del colapso y sólo él, armado de una cuenta de X y una indignación industrial, podía salvarlo.
Pero ocurrió la tragedia menos prevista por el kastismo: ganó.
Y ahí apareció —Kast presidente—. Un hombre que pasó años criticando cada decisión de gobierno y que, al llegar al poder, descubrió que administrar un país exige algo más complejo que escribir “INACEPTABLE” en mayúsculas.
“El problema de Kast nunca fue la falta de convicción. Fue el exceso de simplificación”.
Gobernó durante años un país imaginario donde los problemas se resolvían con voluntad, slogans y frases diseñadas para viralizar.
La seguridad, por ejemplo. En campaña parecía protagonista de serie de Netflix: “Plan Escudo”, “Operación Frontera Final”, “Tolerancia Cero”. Faltaba apenas un tráiler con explosiones y música épica. Pero una vez en La Moneda, el libreto chocó con un detalle incómodo: no había plan, ni suficientes carabineros, ni inteligencia, ni presupuesto mágico, ni botón rojo para expulsar migrantes por Bluetooth.
Entonces el hombre que pedía militares en cada esquina comenzó a hablar de “coordinación institucional”, “limitaciones jurídicas” y “evaluaciones técnicas”. Traducido: descubrió exactamente las mismas restricciones que ridiculizaba cuando gobernaban otros.
La hipérbole como programa.
Quizás el momento más honesto del kastismo fue cuando explicó que sus promesas de expulsiones masivas eran una “metáfora”. Qué maravilla conceptual. La cuenta regresiva no era literal. Las promesas eran simbólicas. El reloj era poético. El plan migratorio era realismo mágico.
Porque —Kast candidato— era un hombre de certezas absolutas, —Kast presidente—, en cambio, parece un alumno justificando un trabajo que no alcanzó a terminar.
El enemigo era el estado… hasta que conoció sus comodidades.
Durante años criticó el uso de recursos públicos con fervor franciscano. Y sin embargo, bastó cruzar la puerta de La Moneda, su nueva casa, para enamorarse rápidamente de las bondades del aparato estatal. Resultó que el Estado opresor también tiene comedor, chofer, residencia y vajilla fiscal y puede organizar almuerzos a sus amigos con cuenta al erario.
El mismo hombre que denunciaba nepotismos hoy sonríe orgulloso mientras celebra el ascenso político a diputado de su hijo y sobrinos como si gobernar Chile fuese una pyme familiar.
Y qué decir de los ministros. Kast exigía renuncias antes de los cien días cuando era oposición. Pero gobernar tiene esa extraña costumbre de convertir a los “ineptos” en “equipos que necesitan tiempo”. El desempleo no desapareció con discursos. La economía no reaccionó a hashtags patrióticos. Y el Estado no se administró como un live de TikTok.
Kast, el presidente que jamás habría votado por sí mismo.
Lo más irónico del gobierno de Kast es que su opositor más feroz sería el propio Kast de hace tres años. El candidato viviría destrozando al presidente en X desde las siete de la mañana. Lo acusaría de ineptitud, tibieza, improvisación y excusas.
Y tendría razón.
Porque el gran descubrimiento de este gobierno no es que Kast haya cambiado. Es que siempre supo que gobernar era infinitamente más difícil de lo que gritaba. Pero la indignación daba votos y la complejidad no cabe en un tuit.
Al final, la verdadera metáfora no eran las expulsiones.
Era él.
@MisColumnas
LA DICTADURA DEL ALGORITMO
PALANTIR, la nueva derecha y la seducción de una democracia vigilada.
Hay algo deliciosamente moderno en la forma en que las democracias ensayan su propia demolición mientras hablan, al mismo tiempo, de libertad. Ya no hacen falta tanques en La Moneda, ni uniformes marchando por la Alameda, ni cadenas nacionales interrumpiendo la programación infantil. El nuevo autoritarismo llega vestido de innovación, sonríe en conferencias sobre inteligencia artificial y promete eficiencia administrativa. El totalitarismo, en el siglo XXI, aprendió a programar.
Y en ese paisaje aparece PALANTIR.
El nombre, tomado de las piedras videntes de Tolkien, posee una sinceridad casi obscena: instrumentos capaces de observarlo todo. Nada más apropiado para una compañía dedicada precisamente a eso; reunir, cruzar y analizar cantidades monumentales de información humana hasta convertir la intimidad en una cartografía operacional.
Naturalmente, quienes veneran el orden por sobre la libertad encuentran fascinante semejante juguete.
Por eso resulta curioso —esa curiosidad amarga que acompaña a las democracias fatigadas— que sectores de la derecha, tan sensibles cuando se habla de levantar el secreto bancario para perseguir corrupción y crimen organizado, exhiban una serenidad mística frente a la posibilidad de entregar datos masivos de la población a estructuras tecnológicas oscuras. El dinero privado merece protección sacramental; la vida privada de los ciudadanos, al parecer, es apenas una variable administrativa.
Peter Thiel, fundador de Palantir, no es sólo un empresario tecnológico. Es uno de los sacerdotes ideológicos de la nueva derecha global: libertaria para los mercados, pero indulgente con las arquitecturas de vigilancia cuando sirven al control político y cultural. Que se reúna privadamente con líderes latinoamericanos no constituye delito alguno. Pero que dichas reuniones ocurran sin transparencia ni explicación pública sí constituye una señal política. Las democracias sanas no le temen a la luz; quienes la evitan suelen preferir habitaciones donde el poder conversa sin testigos.
Y Chile, con su historia todavía latiendo bajo la alfombra institucional, debería comprender mejor que nadie el riesgo de romantizar el control.
Resulta imposible no advertir cierta ironía histórica en ver a admiradores explícitos o implícitos de la dictadura fascinados por herramientas capaces de monitorear patrones sociales, conductas y circulación de información. El sueño húmedo de cualquier autoritarismo ya no consiste en prohibir libros: basta con perfilar ciudadanos. Orwell envejeció; el Ministerio de la Verdad hoy funciona mediante algoritmos predictivos y paneles interactivos.
El problema jamás es la tecnología. El problema aparece cuando sociedades con instituciones frágiles entregan capacidades descomunales de vigilancia a gobiernos seducidos por la idea del enemigo interno permanente. Porque toda infraestructura creada para combatir delincuentes termina sintiendo curiosidad por periodistas, opositores o ciudadanos incómodos.
Y así llega la tentación perfecta: identidad digital unificada, trazabilidad absoluta, integración entre redes sociales, servicios públicos, historial financiero y comportamiento cotidiano. Todo en nombre de la seguridad, siempre en nombre de la seguridad, y es ahí donde las libertades civiles suelen morir.
Quizá el peligro contemporáneo no sea una dictadura clásica, sino algo infinitamente más elegante: una democracia vigilada, donde nadie prohíbe pensar distinto, pero donde todos saben que cada gesto deja rastro. Una sociedad donde el ciudadano se autocensura no por miedo explícito, sino por la silenciosa incomodidad de sentirse permanentemente observado.
El viejo terror necesitaba policías secretos. El nuevo apenas requiere aceptación social y términos de servicio.
Al final, la vigilancia nunca se presenta como tiranía; siempre llega prometiendo orden, modernidad y eficiencia.
@MisColumnas
La esposa del ministro @martinarrau es Luz María Izquierdo Irarrázaval y es prima hermana del conductor que conducía a 264 km/h en la Costanera Norte:
El parentesco: El padre de Luz María Izquierdo y el padre de Pablo José Izquierdo Reyes son hermanos legítimos, lo que los convierte en primos directos.
Ambos padres pertenecen y controlan activamente el mismo conglomerado comercial. Tanto Gonzalo como Diego Izquierdo Menéndez figuran como controladores finales dentro de la estructura corporativa del grupo familiar.
La participación de ambos hermanos en el negocio se divide a través de distintas sociedades espejo:
Sociedad de Gonzalo Izquierdo: Opera en el conglomerado bajo la firma Andacollo de Inversiones Ltda. Junto a su esposa e hijos maneja un porcentaje directo del capital que se inyecta en el holding.
Sociedad de Diego Izquierdo: Participa en la misma red de negocios mediante la firma Inversiones Los Ciervos Ltda. Él mantiene el 99% de dicha sociedad familiar.
El nexo común: Ambas sociedades de inversiones confluyen en el Grupo Izquierdo Menéndez, el cual ejerce el control mayoritario sobre la matriz que es dueña de las acciones de Entel.
Fuera de la telefonía, la red de ambos hermanos abarca el negocio pesquero e industrial a lo largo de Chile.
Tras difundirse el nexo familiar, el ministro de Seguridad Pública, Martín Arrau, declaró públicamente en su cuenta de X que condena de forma categórica el actuar "indolente, temerario y nefasto" del sujeto, aclarando además que no mantiene ninguna relación de amistad ni cercanía con él.
¿Distancia Real o Conveniencia Política?
La indignación pública ante un conductor de la élite que quedó libre y con licencia encendió las alarmas. Al calificar el hecho de "nefasto" y negar toda cercanía, el ministro buscó levantar un cortafuegos urgente para evitar que el escándalo salpique al Gobierno con acusaciones de privilegios o tráfico de influencias.
Con tema de reforma tributaria en ristre, como el conductor pertenece al Grupo Izquierdo Menéndez, un gigante empresarial con participación mayoritaria en Entel y masivas inversiones forestales y pesqueras. En medio de la discusión de una Reforma Tributaria que busca menores impuestos a las grandes fortunas, una relación cercana del ministro con este holding habría destruido la legitimidad del Ejecutivo para negociar.
Esta estrategia política de mostrar distancia le permite al ministro aislar al automovilista como un caso individual ("oveja negra") y proteger la agenda legislativa de seguridad, impidiendo que la oposición o la ciudadanía liguen su gestión con el poder económico de la familia de su esposa.
El Atentado al General René Schneider (1970): Previo al golpe de Estado, el propio Diego Izquierdo Menéndez (padre del conductor temerario) y su hermano Julio participaron directamente en la planificación del secuestro y posterior asesinato del comandante en jefe del ejército René Schneider. Este magnicidio civil-militar buscaba desestabilizar el país para evitar que el Congreso ratificara a Salvador Allende. Tras el golpe de 1973, los implicados civiles fueron perdonados e indultados por la dictadura de Pinochet.
El Caso de los Desaparecidos de Laja y San Rosendo (1973): Un tío directo de los primos, el poderoso empresario Roberto Izquierdo Menéndez, era gerente de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC) en septiembre de 1973.
Expansión Económica en Dictadura: Al igual que otros grandes conglomerados, el clan familiar consolidó su masivo patrimonio financiero en las áreas forestal, pesquera y de telecomunicaciones durante el periodo de privatizaciones de empresas estatales y la implementación de las políticas económicas de los llamados "Chicago Boys".
Se entiende por qué @martinarrau niega convenientemente a esa familia?
@GobiernodeChile@PRChile
Habrá declarado su parentesco con esos millonarios, a menos lo del suegro??
#TuFamiliaTieneLasManosConSangreArrau
EL GOBIERNO DEL LOBO IMAGINARIO
La Moneda volvió a incendiar el debate para terminar desmintiéndose sola.
El caso de los niños haitianos.
Hay gobiernos que fabrican crisis, las exageran y luego deben reconocer, con expresión compungida, que el incendio lo provocaron ellos mismos. El gobierno de Kast parece haberse especializado en eso: prender fuego al establo, convocar a la prensa para denunciar el humo, y terminar admitiendo que quizá alguien exageró.
El caso de los niños haitianos es probablemente el ejemplo más grotesco —y más torpe— de esa política de alarma permanente convertida en sello de esta administración. Durante días, Chile fue bombardeado con titulares sobre niños desaparecidos, redes de tráfico, vuelos sospechosos y mafias internacionales. El catálogo completo del terror contemporáneo servido en horario prime para una ciudadanía agotada de vivir entre amenazas imaginarias y conferencias apocalípticas.
Y entonces apareció un enemigo mortal para el relato: la realidad.
El preinforme reservado N° 541 de Contraloría —el mismo documento que desató la histeria— jamás habló de trata de menores. Nunca habló de mafias. Nunca habló de tráfico infantil. Ni una sola vez. Lo que describía era algo mucho menos cinematográfico y mucho más chileno: oficinas públicas que no se coordinan, bases de datos mal cruzadas, protocolos inexistentes y funcionarios que simplemente no hicieron la pega.
Pero esa verdad era demasiado aburrida para un gobierno adicto al dramatismo. Un “terrible desorden administrativo” no sirve para encender matinales ni justificar cruzadas morales. No produce titulares con música de suspenso. Y así, lo que era una demostración vergonzosa de incompetencia estatal terminó convertido, por obra y gracia de La Moneda, en una supuesta red internacional de tráfico infantil.
La operación fue grotesca incluso para los estándares de este gobierno.
Bastó que Contraloría dijera que 64 niños “no fueron ubicados” en una visita domiciliaria para que el oficialismo y buena parte de los medios tradujeran aquello como “niños desaparecidos”. Como si cualquier chileno que no abre la puerta un martes a las once de la mañana hubiese sido secuestrado por una organización criminal.
Después vino el ridículo inevitable. Los municipios comenzaron a encontrar a los niños en colegios, consultorios y viviendas familiares. Estaban matriculados, vacunados y viviendo con tutores. Pobres, muchas veces hacinados, pero presentes. Exactamente donde cualquier persona sensata habría supuesto que estaban desde el principio.
Y entonces llegó el momento más humillante: el propio gobierno desmintiendo el incendio que ayudó a provocar.
El ministro Fernando Barros terminó reconociendo que no existían antecedentes serios sobre tráfico infantil, prostitución, órganos ni desapariciones masivas. La frase quedará para la antología del bochorno administrativo chileno: “todo indica que se trata de un terrible desorden”.
Exactamente lo que el informe decía desde el inicio.
Pero el daño ya estaba hecho. La comunidad haitiana fue convertida durante semanas en sospechosa colectiva. Familias completas quedaron bajo una nube de insinuaciones miserables. Y todo para sostener la vieja obsesión política de este gobierno: demostrar que todo lo anterior fue caos y corrupción, aunque para ello deban inventar monstruos que luego ellos mismos terminan negando.
Ahí aparece inevitablemente Pedrito y el lobo.
El gobierno de Kast gobierna exactamente así: denunciando lobos imaginarios con la esperanza de que el miedo sustituya a la gestión. Cada error administrativo se transforma en conspiración. Cada descoordinación estatal en amenaza existencial. Y después, cuando la realidad destruye el montaje, llegan las rectificaciones tibias y los ministros pidiendo prudencia frente a la histeria que ellos mismos promovieron.
El problema es que el crédito de la mentira siempre se agota.
Y cuando aparezca un lobo verdadero, probablemente ya nadie les creerá.
@MisColumnas
TOMAS KAST.
Lenguaje limitado.
Retórica precaria.
Verbalización tropezada.
Pensamiento plano y concreto.
Valores unilineales.
Mirada simplista.
Análisis superficial.
Carente sentido de abstracción.
Es resumen, Tomás Kast, es una persona con extrema limitación cognitiva.
El claro ejemplo del voto consanguíneo, el apellido como motivador electoral. Si esta persona se llamase por ejemplo: Juan Flores, jamás habría llegado a diputado, sin historia, sin mérito ni pasado político.
Estudió en el Verbo Divino en Santiago y en la Universidad Finis Terrae, según aparece en su biografía.
Es diputado por el Distrito N.º 23: Carahue, Cholchol, Cunco, Curarrehue, Freire, Gorbea, Loncoche, Nueva Imperial, Padre Las Casas, Pitrufquén, Pucón, Saavedra, Temuco, Teodoro Schmidt, Toltén y Villarrica.
Todas pertenecientes a la región de la Araucanía. La segunda región a nivel nacional con mayor tasa analfabetismo total en mayores de 7 años de edad. (3,5% de dicha población, que equivale a unas 35.000 personas, de las cuales el 85% son mayores de 18 años.)
Como dato anecdótico, podemos mencionar que el diputado resultó electo con el 8,14% de los votos, que equivalen a 34.870 sufragios.
Por supuesto no necesariamente son los mismos señalados como analfabetos, pero que deben haber muchos de ellos, no cabe duda.
Fuente:
Senso 2024/INE
Servel.
🔴 Solo esta última semana:
1. Una investigación de @fastcheckcl aseguró que Catalina Ugarte Millán, jefa de gabinete de José Antonio Kast, junto a tres de sus hermanos, habría sido beneficiada con subsidios habitacionales destinados a sectores medios.
2. Construyeron un puente sobre la zanja, la obra símbolo de la seguridad republicana y una de las principales promesas de campaña.
3. Se conoció que el ministro Quiroz estuvo imputado en el caso MOP-GATE, los antecedentes aparecen en @elmostrador .
4. Salieron a la luz los vínculos de Zaliasnik, embajador designado en Israel, con Hermosilla. @_reportea
5. Renunció la subsecretaria Daniela Castro tras diferencias con la dirección de SernamEG, profundizando la crisis interna del Ministerio de la Mujer.
6. Escaló la presión sobre el subsecretario de Pesca por sus vínculos con la gran industria pesquera, según reveló @elmostrador.
7. El gobierno debilitó el proyecto de sala cuna universal y pretende financiarlo utilizando recursos del Seguro de Cesantía.
8. Propone que jubilados puedan ser contratados con salarios más bajos, precarizando aún más la vejez.
9. Miles de deudores del CAE denunciaron cobros que vaciaron sus cuentas bancarias, dejando a muchas familias sin recursos para llegar a fin de mes.
10. El petróleo volvió a niveles previos a la guerra, pero la bencina en Chile sigue costando cientos de pesos más que entonces.
11. José Antonio Kast alcanzó sus niveles más altos de desaprobación desde que asumió, incluso considerando la triangulación de encuestas habitualmente favorables al gobierno.
La promesa era orden, eficiencia y gestión. Pero semana tras semana se acumulan señales de improvisación, conflictos de interés, desgaste político y una creciente distancia entre el relato oficial y la realidad que viven millones de chilenos.
AGENDA DE GOBIERNO
Primer Año: Culpar de todo al gobierno anterior.
Segundo Año: Prometer hacer todo lo que supuestamente no hizo el gobierno anterior.
Tercer Año: Maquillar lo que hizo el gobierno anterior y adjudicarlo como propio.
Cuarto Año: Justificar lo no logrado por culpa del gobierno anterior.
Fin.
@GobiernodeChile I N O P E R A N T E S con letras de neón. Ese puente no se construyó en 5 minutos, por lo tanto, su vigilancia fronteriza vale callampa. Recuerden, además, que el puente lo descubrió la prensa y no ustedes, buenos para nada.
@poirotes No debería tener a su ministro de educación trabajando y revisando las carreras entonces? No es eso lo que hace el Estado? Estos weones quieren que todos se salven solos, mientras ellos salvan a los amigotes. Delincuente culiao.
Me uno a la campaña de pedir no darle RT a este mensaje que Kast detesta.
Kast es MENTIROSO, todos lo sabemos, pero no porque sea MENTIROSO, hay que inventar imágenes que lo muestren como un MENTIROSO. A veces un MENTIROSO odia que le digan MENTIROSO porque ser MENTIROSO es una de las peores cosas de la vida.
.
Ministro Alvarado,
Estimado Claudio, la mentira no es un detalle menor, ni una travesura de campaña, ni una anécdota comunicacional. La mentira corroe la confianza pública, degrada la política y termina destruyendo aquello mismo que dice querer construir. Y usted lo sabe.
Su jefe llegó a La Moneda montado sobre una colección de afirmaciones falsas, promesas imposibles y distorsiones de la realidad que difícilmente encuentran comparación en la política chilena de las últimas décadas. Podría adjuntar aquí decenas de registros audiovisuales, pero sería un ejercicio redundante. Usted sabe exactamente de qué hablo.
Por eso resulta curioso escuchar hoy discursos sobre la honestidad, la transparencia o la limpieza del debate público. Es una especie de gimnasia moral bastante exigente: condenar los efectos mientras se justifica la causa. Porque cuando se conquista el poder abusando sistemáticamente del engaño, la autoridad moral para indignarse por una caricatura, una portada o una exageración ajena queda inevitablemente disminuida.
Podemos discutir si esa portada es apropiada, si contribuye al debate democrático o si refleja el nivel de seriedad que debiera tener la discusión política. Esa conversación es legítima y pertinente. Pero al final del día existe un problema mucho más profundo: José Antonio Kast carga con una reputación construida sobre reiteradas falsedades, y la consecuencia natural de ello es la desconfianza. La desconfianza no se detiene en quien la genera; inevitablemente se proyecta sobre quienes lo rodean, lo defienden y colaboran con él. Entre ellos, usted.
Hay errores que pueden corregirse. Hay equivocaciones que incluso pueden explicarse. Pero la mentira deliberada ocupa una categoría distinta. Es el ácido que erosiona las democracias desde dentro, porque destruye el único capital que sostiene cualquier sistema político: la credibilidad.
Y lo interesante es que esa factura suele llegar. A veces tarda años. Otras veces llega sorprendentemente rápido.
Por eso la pregunta relevante no es qué hizo el Partido Socialista para publicar una portada incómoda. La pregunta que usted debería hacerse es mucho más sencilla y, probablemente, mucho más incómoda:
¿Qué hicieron ustedes para merecerla?
Atte.
@mrhitchcok @adnradiochile Creo que debiéramos dividir a chile, entre los imbéciles, y nosotros.
Así quién quiera vivir como imbécil, sentir como imbécil, hablar imbecilidades, sufrir como imbécil, que esté en todo su derecho a vivirlo.
Y nosotros, dejennos vivir en calma, con una buena sociedad, tranquilo