Alguien, no recuerdo quién, escribió que al principio uno quiere cambiar el mundo y que, al final, se conforma con dejar de fumar.
Mi cena con André
Louis Malle
1981
Kafka dijo: «El miedo más profundo es que alguien vea todo lo que escondiste y decida que estaría mejor sin ti.»
Pero Dostoievski respondió: «El amor más profundo es encontrar a alguien que vea incluso las partes de ti que no puedes aceptar, y que aun sabiéndolo decida quedarse»
Nada consuela tanto, y nada puede ser más reparador que el tacto de quien deseamos. No porque se lleve el dolor, sino por como una cercanía puede anestesiar cualquier ardor con la alegría que genera. Como cuando Pizarnik escribe: "Me duele todo. No me dolería si me tocaras".
«Por WhatsApp me caliento más. Si lo hablamos, seguramente se queda en nada.»
No es que sea zen.
Es que el chat no tiene cara, no tiene tono y no tiene final. Cada mensaje pide otro. A las dos horas estás peor y el otro está en el sofá.
Él deja el hilo. Queda: «Hablamos mañana». Y habla.
El que “gana” el WhatsApp casi nunca gana la conversación.
Gana el que cierra el teclado.
Dostoyevski entendió que el verdadero conflicto del ser humano rara vez ocurre afuera. Casi siempre estamos intentando reconciliar lo que somos, lo que deseamos y lo que nuestra conciencia sabe que deberíamos ser.