@SusiAliaga Te doy otra para que aprecien. Cuando fueron a funar al lugar donde trabajaba Edwin Dimter, alias "el príncipe" porque se supo que él era de los encargados en el Estadio Chile de torturar a Victor Jara. El video es una joya
Aquí dejo la versión extendida: https://t.co/xEGfYQznma
KAST vs KAST
Hay algo profundamente enternecedor en ver a José Antonio Kast enfrentarse al Estado como quien pasa años insultando a un piloto… hasta que un día le entregan el avión. Resultó que despegar no era lo mismo que gritar desde el aeropuerto.
Durante años, —Kast candidato— fue una mezcla entre comentarista de matinal, administrador furioso de WhatsApp y profeta del apocalipsis nacional. Todo era culpa de alguien más, del gobierno de turno. Si subía la bencina, era incompetencia criminal. Si aumentaba la delincuencia, había que sacar tanques. Si el crecimiento era mediocre, Chile estaba a minutos de convertirse en Venezuela. El país siempre parecía al borde del colapso y sólo él, armado de una cuenta de X y una indignación industrial, podía salvarlo.
Pero ocurrió la tragedia menos prevista por el kastismo: ganó.
Y ahí apareció —Kast presidente—. Un hombre que pasó años criticando cada decisión de gobierno y que, al llegar al poder, descubrió que administrar un país exige algo más complejo que escribir “INACEPTABLE” en mayúsculas.
“El problema de Kast nunca fue la falta de convicción. Fue el exceso de simplificación”.
Gobernó durante años un país imaginario donde los problemas se resolvían con voluntad, slogans y frases diseñadas para viralizar.
La seguridad, por ejemplo. En campaña parecía protagonista de serie de Netflix: “Plan Escudo”, “Operación Frontera Final”, “Tolerancia Cero”. Faltaba apenas un tráiler con explosiones y música épica. Pero una vez en La Moneda, el libreto chocó con un detalle incómodo: no había plan, ni suficientes carabineros, ni inteligencia, ni presupuesto mágico, ni botón rojo para expulsar migrantes por Bluetooth.
Entonces el hombre que pedía militares en cada esquina comenzó a hablar de “coordinación institucional”, “limitaciones jurídicas” y “evaluaciones técnicas”. Traducido: descubrió exactamente las mismas restricciones que ridiculizaba cuando gobernaban otros.
La hipérbole como programa.
Quizás el momento más honesto del kastismo fue cuando explicó que sus promesas de expulsiones masivas eran una “metáfora”. Qué maravilla conceptual. La cuenta regresiva no era literal. Las promesas eran simbólicas. El reloj era poético. El plan migratorio era realismo mágico.
Porque —Kast candidato— era un hombre de certezas absolutas, —Kast presidente—, en cambio, parece un alumno justificando un trabajo que no alcanzó a terminar.
El enemigo era el estado… hasta que conoció sus comodidades.
Durante años criticó el uso de recursos públicos con fervor franciscano. Y sin embargo, bastó cruzar la puerta de La Moneda, su nueva casa, para enamorarse rápidamente de las bondades del aparato estatal. Resultó que el Estado opresor también tiene comedor, chofer, residencia y vajilla fiscal y puede organizar almuerzos a sus amigos con cuenta al erario.
El mismo hombre que denunciaba nepotismos hoy sonríe orgulloso mientras celebra el ascenso político a diputado de su hijo y sobrinos como si gobernar Chile fuese una pyme familiar.
Y qué decir de los ministros. Kast exigía renuncias antes de los cien días cuando era oposición. Pero gobernar tiene esa extraña costumbre de convertir a los “ineptos” en “equipos que necesitan tiempo”. El desempleo no desapareció con discursos. La economía no reaccionó a hashtags patrióticos. Y el Estado no se administró como un live de TikTok.
Kast, el presidente que jamás habría votado por sí mismo.
Lo más irónico del gobierno de Kast es que su opositor más feroz sería el propio Kast de hace tres años. El candidato viviría destrozando al presidente en X desde las siete de la mañana. Lo acusaría de ineptitud, tibieza, improvisación y excusas.
Y tendría razón.
Porque el gran descubrimiento de este gobierno no es que Kast haya cambiado. Es que siempre supo que gobernar era infinitamente más difícil de lo que gritaba. Pero la indignación daba votos y la complejidad no cabe en un tuit.
Al final, la verdadera metáfora no eran las expulsiones.
Era él.
@MisColumnas
⚡️ ¡¡FINAAAAL EN VALLECAS!!
➕3️⃣!!! ENORME victoria con gol de @9Camello (87’) en un partido en el que Dani Cárdenas detuvo un penalti (73’).
#RayoEspanyol#VamosRayo
Desde el salón O'Higgins del Palacio de La Moneda, Iván Valenzuela adelanta los pormenores de la entrevista de la Asociación de Radiodifusores de Chile (Archi) al Presidente de la República, José Antonio Kast.
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#InformaciónEsencial en https://t.co/ZDbOpZrLNU
Ese agujero en la tribuna. Y este otro. Y aquel de más allá. El dolor de las ausencias porque nos faltan Roberto y Lucía y Alberto y Silvia y Jacobo y tantos socios y tantos hinchas que son parte de nuestra historia, de nuestro Racing. Las heridas que ningún medio siglo cura porque hay cuerpos de los que todavía nada se sabe y hay nietos y nietas que aún no recuperaron su identidad y hay delitos de lesa humanidad que continuar juzgando y hay una memoria que seguir edificando para que Nunca Más sea realmente Nunca Más.
Un club no puede entenderse sin la vida de su gente y Racing, una asociación civil sin fines de lucro, es también la huella de quienes, con el corazón tatuado de celeste y blanco, fueron arrancados de sus casas, de sus trabajos, de sus universidades y de sus calles.
Por eso esos rostros nos miran.
Por eso esos ojos alientan.
Por eso, en este día y cada día, decimos presentes, presentes, presentes.