@agustinromerole De nuevo reitero, favor cuidar el lenguaje. Eres diputado de la república!!!!! Mantén las formas, que para eso te pagamos!!!! Ah y aquí un zurdo que te paga!!! Ponte a trabajar por el bienestar de todos y no solo los de tu nicho
@sanchezdiputado Recuerde que es diputado de la república, cuando usa ese lenguaje encarece notablemente los pilares de un sistema democrático y republicano.
LA DEMOCRACIA IMPERFECTA
De la ignorancia al cosplay parlamentario.
Hubo un tiempo —lejano y casi mitológico— en que ingresar al Congreso implicaba cierta gravedad republicana. No bastaba con gritar, posar o convertirse en meme ambulante. Existía, al menos, el pudor intelectual de aparentar preparación. Hoy, en cambio, la política parece un casting permanente entre un reality show decadente y una convención de personajes extraviados de internet.
La democracia contemporánea no atraviesa una crisis menor. Está internada en la UCI, conectada a ventilación mecánica y con familiares discutiendo afuera si vale la pena reanimarla. Y no, el problema no es sólo ideológico. No se trata simplemente de izquierda o derecha. El deterioro es más profundo: es cognitivo.
Durante años se habló de corrupción, populismo o polarización. Pero existe algo todavía más corrosivo: la instalación de la estupidez como virtud electoral. El político ya no necesita conocimientos, lectura, coherencia o siquiera una sintaxis mínimamente funcional. Basta con viralizarse. La democracia dejó de premiar la preparación y comenzó a recompensar el espectáculo.
Así llegamos a un Congreso donde un diputado se creía Sheriff, otra parlamentaria apareció disfrazada de carabinera, otra corría como Naruto por los pasillos legislativos creyendo quizás que la República era una Comic-Con financiada por el Estado. Y ahora, como si la sátira hubiese renunciado por exceso de competencia, aparece Javier Olivares envuelto en una capa prusiana y lentes oscuros, evocando una estética pinochetista de utilería barata, mezcla entre villano de teleserie noventera y general de cotillón patriótico.
La escena habría sido considerada humor absurdo hace veinte años. Hoy ocurre en el Congreso Nacional. Y lo más inquietante no es que suceda, sino que ya casi no sorprende.
La democracia moderna parece haber confundido representación con animación de eventos. Los partidos políticos ya no buscan estadistas; buscan rostros reconocibles para electores fatigados intelectualmente. El criterio de selección dejó de ser la capacidad y pasó a ser la recordación de marca. Haber insultado fuerte en televisión vale más que leer un libro. Haber participado en un panel gritándose con otros analfabetos emocionales suma más votos que cualquier formación académica.
El resultado es devastador: personas que no saben construir una idea compleja administrando estructuras complejas. Individuos incapaces de hilar una frase ocupando cargos donde deberían discutirse leyes, presupuestos o políticas públicas. La democracia, concebida originalmente como un sistema de deliberación racional, terminó convertida en una plataforma de amplificación para egos histéricos y mediocridades televisivas.
Lo más grave es que ya ni siquiera existe vergüenza. Antes, la ignorancia procuraba esconderse. Hoy desfila orgullosa. La incompetencia se volvió identitaria. El político precario no busca elevar el debate; busca arrastrarlo al barro porque allí se siente intelectualmente cómodo. Y mientras más vulgar, más “auténtico” parece ante una ciudadanía agotada, rabiosa y cada vez menos exigente.
En columnas anteriores ya observábamos cómo el pensamiento binario domina la conversación pública, cómo la emocionalidad reemplazó al razonamiento y cómo la política se transformó en una pichanga amateur donde nadie conoce la estrategia, pero todos quieren figurar frente a la cámara. El problema es que ya no hablamos de metáforas humorísticas. Hablamos del poder real.
Porque cuando la democracia deja de seleccionar a los mejores y comienza a premiar a los más estridentes, entra en fase de decadencia institucional. Y eso exactamente está ocurriendo.
La tragedia no es sólo tener malos políticos. La tragedia es acostumbrarse a ellos. Normalizar el ridículo. Reírnos un rato de la capa prusiana, del cosplay parlamentario o del diputado hiperventilado de cristal, mientras lentamente se degrada la seriedad de las instituciones. @MisColumnas
@RobertoMerken Mi idea es que están tirando el tejo lo más lejos que puedan para ver si hay reacción o no, ya vimos que con el alza de la bencina no pasó nada 🫤
La degradación intelectual a la que actualmente asiste la humanidad es el mayor desafío que enfrentamos los progresismos e izquierdas
La principal causa de la actual deriva derechizante y fascistoide que ha tomado el mundo es el declive cognitivo que provoca el uso intensivo de las tecnologías predictivas que conforman estas redes sociales. El ser humano hoy camina hacia un marcado embrutecimiento; donde no solo se trata de que la sociedad actual promueve el no pensamiento, sino que, más aún, premia la estupidez. Por ello ahora puede ser muy rentable y hasta políticamente efectivo ser idiota. En ese contexto es que crece actualmente la derechización. Como una forma de lumpenización a gran escala impulsada por la algoritmización de la vida y la primacía de la incertidumbre en un mundo donde nada es estable.
La perspectiva progresista requiere pensar. Para adquirir una visión de mundo de izquierda o bien anclada en el progresismo hay que mirar los fenómenos sociales desde la complejidad. Para ver las estructuras y dinámicas de poder que generan esos problemas por los cuales luchamos: la exclusión, racismos, machismos, expolio económico, etc. La mirada progresista, así, precisa de articular elementos y considerar matices. En cambio, hoy la sociedad de las pantallas y la economía de la atención castiga ese tipo de horizonte/mirada. Porque lo que promueve es la mera reacción. El estar todo el tiempo pasando de un contenido al otro sin pensar. Y cuando no se piensa lo que queda es justamente reaccionar. Siendo que las formas más fáciles de reaccionar son siempre el asco y la ira. Por ello los algoritmos de estas redes son diseñados para premiar aquellos contenidos que generen tales reacciones. Es decir, están hechos para embrutecernos. Y, con ello, derechizarnos.
Sin que, desde luego, lo anterior signifique que no hay pensamiento y/o inteligencia en la derecha. Todo lo contrario; el pensamiento conservador histórico es ampliamente rico. El marco ideológico conservador es tributario de lo que Pocock (1985) definió como el "lenguaje político de los derechos". El cual derivó en el liberalismo primero y posteriormente en el liberal-conservadurismo como primacía de la defensa del propietarismo.
Lo que ha ocurrido es que las derechas han visto que hoy pueden ser populares (lo que nunca pudieron ser en el pasado) articulándose a la lógica algorítmica. De ahí que en la mayoría de países las derechas tradicionales estén cediendo ante las ultraderechas populistas y fascistoides. El conservador pensante no tiene espacio en la sociedad actual. Le gana por amplio margen el ultraderechista ignorantón, vulgar y mentiroso que politiza/monetiza ese miedo que siempre emerge en tiempos de incertidumbre. Por ello los Trump, Milei, Bolsonaro y Vox han acaparado todo el espacio de derecha en sus países.
Así, no son estos últimos personajes nuestros principales adversarios. Sino la lógica de embrutecimiento y declive cognitivo que los explica. La gran pregunta de siempre en la izquierda, aquella que decía "¿qué hacer?", tenemos que replantearla hoy en términos de qué acciones emprender frente a todo este embrutecimiento. Porque mientras sean mayoría individuos tan idiotizados, que toman como verdad las teorías conspirativas más estúpidas, que aplauden millonarios que los desprecian, y que gozan cuando al que está más abajo es aplastado, será casi imposible salir de este manicomio derechizado en que se ha convertido el mundo.