Decía Gerardo Diego que el poeta pone la música y el lector la letra. Lo cual es una forma muy bella de declarar que el lector aplica el poema a su vida y su circunstancia. Hay tantas Odiseas como lectores de la Odisea, pues el poema homérico siempre depara a cada lector las primicias de un mar nunca antes transitado. Como Telémaco al ver la nave lista para zarpar, el lector siempre siente que es el primero, y que Homero le regala su propio viaje. Por eso la Odisea es un clásico. No porque deba permanecer impoluta en una vitrina. No por lo que les decía a sus primeros oyentes/lectores, sino por lo que nos dice a nosotros y lo que dirá sin duda a los que vengan después de nosotros. Y por eso también seguirá habiendo traducciones de la Odisea, pues ninguna traducción es la solución de una ecuación, sino una nueva mirada y una nueva perspectiva. Ninguna traducción tiene por qué dejar obsoleta a la anterior. Simplemente, sigue su propio camino. Traducir a Homero, como escribí hace tiempo en otro sitio, es un amor insomne que no se cuida de la victoria o del naufragio. Los traductores de Homero, además de estar un poco chiflados, somos como abejitas libando en ese inagotable macizo de flores siempre frescas, siempre insólitas.
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