@AntiLiberotario@juanrallo@el_buho69812 Que algo esté en la Constitución no lo valida en ningún sentido a nivel de argumentación. Si el texto recogido dijese justo lo contrario otro podría usarlo para argumentar lo opuesto, no por el contenido del texto sino porque simplemente está en la Constitución.
@AntiLiberotario@juanrallo@el_buho69812 Aquí el punto es que en la realidad quien tiene más dinero "puede" más. Eso parece tener sentido. La cuestión es si ese "poder" es en sí mismo un problema, sobre todo si esa ventaja económica se ha obtenido de una forma legal o moralmente aceptable.
La principal crítica que se le puede hacer último libro de Steven Pinker es su falta de originalidad (y que es repetitivo).
Así que he buscado las ideas del libro origen:
"El cerebro humano esconde un secreto profundo y tabú: nuestros motivos más oscuros y egoístas.
En "The Elephant in the Brain" (El elefante en el cerebro), se explora la tesis de que los seres humanos somos una especie diseñada no solo para actuar en base a motivaciones egoístas, sino para ocultarlas ante los demás y ante nosotros mismos.
Para lograr el éxito social, nuestro cerebro se engaña a sí mismo; después de todo, cuanto menos conscientes seamos de nuestras intenciones competitivas, más fácil nos resultará parecer personas cooperativas y nobles frente al resto. A este conjunto de motivaciones inconfesables se le denomina el elefante en el cerebro.
Nuestros cerebros grandes y complejos evolucionaron, no solamente para resolver desafíos ecológicos, sino a causa de la competencia social intraespecífica.
Desarrollamos una inteligencia social para competir por sexo, estatus social y poder político frente a nuestros rivales. Debido a que la competencia desmedida puede destruir comunidades, las sociedades humanas establecieron normas, reglas que el grupo impone y castiga colectivamente para fomentar la cooperación.
Sin embargo, como acatar las normas es costoso, los humanos estamos diseñados para hacer trampa y evadir estas reglas siempre que podamos hacerlo con discreción. Es aquí donde brilla la auto-decepción: el cerebro actúa como un secretario de prensa. Nuestra mente consciente, al igual que un portavoz político gubernamental, no toma las decisiones reales; su trabajo es inventar razones falsificadas o racionalizaciones que justifiquen nuestro comportamiento ante una audiencia externa, ignorando hábilmente nuestros verdaderos propósitos egoístas.
Esta ceguera estratégica afecta a muchas de nuestras interacciones y a la manera en que hemos diseñado nuestras grandes instituciones sociales.
A pesar de la enorme importancia del lenguaje corporal, somos mayormente inconscientes de él porque suele revelar nuestros motivos sobre el estatus, la sexualidad y la dominancia.
La ambigüedad de la comunicación no verbal nos permite perseguir agendas ocultas manteniendo una negación plausible ante posibles acusaciones.
Más que una simple respuesta al humor, la risa evolucionó como una señal de juego que comunica que una aparente agresión o violación de una norma es segura y no debe tomarse en serio. Además, revela de manera subconsciente hacia quiénes sentimos verdadera empatía (distancia psicológica) y de qué normas morales estamos dispuestos a burlarnos.
Lejos de hablar solo para intercambiar información útil, hablamos para presumir. La conversación es un despliegue de aptitud para demostrar nuestra inteligencia, acceso a información exclusiva y valor como aliados o parejas potenciales (como mostrar una mochila repleta de excelentes herramientas).
A menudo practicamos el consumo conspicuo. Adquirimos productos de lujo, ropa de marca o incluso bienes ecológicos (como un Toyota Prius) no solo por su utilidad, sino para señalar a los demás nuestra riqueza, estatus, tendencias a la moda o altruismo prosocial.
Evolutivamente, el arte funciona como un indicador de aptitud física, de forma similar al nido adornado del pájaro pergolero. La apreciación del arte se basa menos en su belleza intrínseca y más en sus propiedades extrínsecas: valoramos el tiempo, la dificultad y la habilidad que demuestran que el artista tiene un excedente de supervivencia para desperdiciar recursos.
Buscamos ser percibidos como generosos, por lo que practicamos la compasión conspicua. En lugar de donar nuestro dinero fríamente a las causas que salvan más vidas (altruismo efectivo), preferimos donaciones locales y visibles que publiciten nuestra riqueza, empatía y buena voluntad frente a nuestros pares.
Los estudiantes no asisten a la escuela principalmente para aprender. La educación es un enorme sistema de credenciales (señalización). A través de un torneo competitivo, la escuela emite un certificado que indica a los empleadores futuros que el estudiante es inteligente, trabajador y lo suficientemente dócil (domesticación) como para soportar rutinas laborales tediosas.
Consumimos un exceso de medicina, no por un cálculo racional de salud, sino por el cuidado conspicuo. Demandamos tratamientos caros (aunque inútiles) para recibir demostraciones de apoyo de nuestra red de aliados y para señalar públicamente nuestro estatus, evitando cuestionar a los médicos para no parecer desagradecidos.
Las religiones no solo son sistemas de creencias, sino mecanismos sociales para generar cohesión. Las doctrinas irracionales, los sacrificios de tiempo (ir a misa) o de recursos (diezmos, celibato) funcionan como señales costosas e imposibles de fingir que demuestran lealtad absoluta al grupo, evitando que personas poco comprometidas se aprovechen de la comunidad.
Al votar o debatir, raras veces actuamos como pragmáticos en busca de buenas políticas públicas. Más bien, nos comportamos como apparatchiks soviéticos, utilizando la política de manera expresiva para afirmar nuestra pertenencia a una tribu (partido político, clase social, etc.) y demostrar lealtad ciega a nuestra coalición, lo cual explica nuestra gran desinformación e irracionalidad.
Enfrentar que nuestras virtudes son frecuentemente vicios disfrazados no pretende promover el cinismo.
Más bien, admitir que el elefante nos domina genera una mayor conciencia situacional y humildad personal.
Si comprendemos que operamos bajo un principio de autointerés ilustrado (hacer el bien a los demás para beneficiarnos nosotros), podremos diseñar instituciones más realistas e inteligentes que logren encauzar nuestras motivaciones ocultas hacia resultados realmente prósperos para la sociedad."
Los puestos de trabajo que implican realizar tareas repetitivas y manuales suponen cada vez una menor proporción en el mercado. Poco a poco se van requiriendo perfiles más técnicos –que a su vez necesitan formación recurrente– y la regulación laboral actual no ayuda para nada.
Ahora que me gustaría dejar mi puesto, formarme en algún área del sector y buscar un nuevo empleo, me doy más cuenta que nunca de esto: la única opción para poder estar unos meses de formación y mantenerme económicamente es que me despidan y acceder a una prestación como parado.
Yo voy más lejos. Al ser “tuyo” y llevártelo, la antigüedad no se convierte en una restricción a la movilidad, por lo que fomenta los aumentos de productividad al mejorar los emparejamientos empresa-trabajador.
Pero por alguna razón metafísica no lo quieren ver.
Ya no solo a nivel de productividad, que ya ves tú, el simple hecho de no poder acceder a voluntad a ese dinero que has acumulado hace que mentalmente te sientas "encerrado" en tu puesto actual.
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Source: Condé Nast Traveler – Readers’ Choice Awards 2025
La diferencia izquierda y derecha es contingente. La de progresista y conservador todavía lo es más.
Un liberal clásico del siglo XIX sería hoy visto como derechista en algunos contextos y como libertario radical en otros.
Sin embargo, en el eje progresismo-conservadurismo los cambios forman parte de la misma naturaleza del posicionamiento, que tiende a ser dinámica aunque conserve algunos fundamentos.
Así, el progresista quiere cambiar el estado actual hacia un ideal. Pero cuando ese ideal se institucionaliza, pasa a defenderlo. El sufragio femenino fue una causa progresista. Una vez conquistado, el progresista pasa a querer conservarlo. Se vuelve conservador de su conquista.
Y el conservador, a su vez, no es un fósil. También quiere cambiar cosas. Y cuando lo logra opera como un progresista.
Ambos son teleológicos, ambos quieren moldear la realidad.
En términos de teoría de sistemas, toda sociedad oscila entre fuerzas de variación y fuerzas de estabilización. Si solo hubiera impulso transformador, el sistema colapsaría por inestabilidad. Si solo hubiera conservación rígida, se volvería incapaz de adaptarse. Lo interesante es que esas funciones pueden intercambiar portadores. Un movimiento revolucionario puede convertirse en aparato burocrático. Una corriente tradicionalista puede liderar innovaciones técnicas o económicas si las percibe como fortalecedoras del orden que valora.
Al final, quizá «progresista» y «conservador» no describen bandos fijos sino roles funcionales dentro de un ecosistema social. Y lo fascinante es que el mismo individuo puede alternar ambos papeles según el ámbito. Defender reformas audaces en bioética y ser ferozmente conservador en la educación de los hijos no es incoherente. Es simplemente que el cerebro humano no está diseñado para ser ideológicamente puro, sino estratégicamente situacional.
El contundente y controvertido discurso de apertura de #KevinSpacey frente a la Oxford Union Society, el pasado 1 de diciembre de 2025... (ojo, recomendable verlo entero)