Real life always happens outside. Leaving the house creates the potential for adventure, friendships, romance, for truly embracing life. Home should be reserved for sleeping, eating, perhaps studying, and a specific private activity. But outside is where the real magic happens. Act accordingly.
Spain left something in Bosnia that does not appear in GDP charts.
In the 1990s, Spanish troops served in Bosnia during one of Europe’s darkest wars since 1945.
For many people there, Spain was not just another distant country.
It was soldiers on the ground, humanitarian convoys, protection, bridges, medical help and a European flag that actually meant something.
That kind of memory survives.
Sometimes soft power is not built with marketing campaigns.
Sometimes it is built when your country shows up when others are bleeding.
Con mucho que 🇦🇿 haya capturado Artsaj (Nagorno Karabaj) con la ayuda de 🇹🇷🇮🇱 expulsado a la población armenia autóctona, la región es la parte oriental del Altiplano Armenio y fue de las primeras zonas en ser evangelizado, y las pruebas saldrán por debajo del suelo recordándolo.
Muy cierto. En Estados Unidos, por suerte o por desgracia, hay gente tan rara y variopinta que a nadie le importa quién eres o qué haces, no eres juzgado. Y eso da mucha libertad para ser quien tu quieras ser, o crear lo que quieras crear
🚨PROFESSOR JIANG: "I've been to a lot of countries in the world and I'd say that America is the least racist country in the world because regardless of America's racist past Americans have a deep respect for hard work and talent.
America is the only country in the world where you can come as a nobody and open a restaurant and become a millionaire. I know because I have relatives who have done that. You couldn't do that in China. You couldn't do that in Europe. You couldn't do that anywhere else.
I understand that there's a racist past in America, that of slavery, that of the indigenous people, but you can't forget that America is still probably the most open and generous society in the world."
@kikemarchan Mucho depende en lo q está dispuesto a integrarse el inmigrante. Lo que dices al final, exigir unos minimos (que deberían venir dados). Pero también, depende fuerza de la cultura del inmigrante. Hay culturas muy fuertes cuya adaptación es más complicada, y q no hacen el esfuerzo
Hubo un tiempo en este país en el que si tu tren se retrasaba 15 minutos te devolvían el 30% del billete y si lo hacía más de 30, la totalidad. De eso no hace 7 siglos sino más bien 10 años. Hoy, con un 50% de impuestos, tenemos unos servicios que no te los firma Burundi
es nuestra responsabilidad creer en la vida, es nuestro deber vivirla alegremente, será nuestra victoria no dejar que nos la roben
si haces cosas pasan cosas y si no llegas a las estrellas quizás consigues alcanzar la luna
el cambio empieza por uno mismo, contagiémos las ganas
Domingo.
Me levanto con un párpado inflamado. Un rollo, pero nada grave; ya me pasó el año pasado en Coímbra. Entré a una farmacia, me dieron una pomada y, en dos días, ventilado.
Voy a una farmacia santanderina y pido la pomada.
—¡No tan deprisa, forastero! —me dice simpático el farmacéutico—. Esa pomada tiene antibiótico y solo puedo dispensártela con receta.
No pasa nada —me digo—. Tenemos una de las mejores sanidades del mundo.
Desde el coche intento pedir cita por internet en mi centro de salud. Hay un hueco dentro de tres días, pero creo que para entonces tendré el ojo bastante peor. Pido auxilio por teléfono a un amigo médico:
—Ve a Urgencias y allí te darán la receta.
—Lo mío no es una urgencia —pienso— pero necesito la pomada.
Arranco el coche, cruzo la ciudad y aparco en el hospital Valdecilla. Intento ungirme de paciencia. Tras un par de patéticas horas en una sala de espera congestionada, vuelvo a escribir a mi amigo.
—¡A Urgencias del hospital no, hombre, que está lleno! Tienes que ir a Urgencias del centro de salud.
Yo me acuerdo del chiste aquel: «La experiencia es eso que obtienes justo después de haberlo necesitado». Resignado, pago el tique del aparcamiento y cruzo de vuelta la ciudad. Consigo aparcamiento cerca del centro de salud.
Entro. En el vestíbulo, al otro lado del mostrador, una señora charla animadamente con el vigilante de seguridad. Cuando me aproximo, me pregunta qué me pasa. Yo dudo si contarle mi problema. ¿Es médico esta señora? ¿Debo comentarle un asunto de salud personal ante el vigilante de seguridad?
—¿Qué te pasa? —me apremia mientras yo pensaba todo aquello.
—Tengo un párpado inflamado y…
—No; no me cuentes los detalles… tú necesitas una receta, ¿sí? —me interrumpe.
—Exacto.
—Pues pasa a la sala —me dice mientras teclea algo en el ordenador.
Es una de esas tardes tontas de invierno. Creo que hay partido de fútbol. La sala de espera está vacía. Cuando llevo diez o quince minutos, una puerta se abre. Otra señora, o quizá era la misma, se me acerca.
—Vas a tener que esperar un poquito, que la doctora está comiendo.
—No pasa nada; tampoco tengo prisa… —contesto sintiéndome instantáneamente imbécil al constatar que no he podido comer yo.
Tras cincuenta minutos de espera oigo al otro lado de la pared un alarido gutural:
—¡JAIMEEEEE!
Me incorporo, me atuso el flequillo con los dedos y aclaro la voz dirigiéndome con paso seguro a la caverna.
—¡JAIMEEEEEEEEEE!
—¿Estoy en la sanidad pública o en Cabárceno? —me pregunto al cruzar el umbral de la consulta.
—Bue…
—¡Dime!
—…nos días.
Supongo que era doctora, aunque no llevaba bata. Me miraba sentada, inquisitiva y con ambas manos al teclado del ordenador, mientras yo aguardaba de pie que me concediese la cortesía de invitarme a tomar asiento.
La cortesía no llegó e hice «timeout». Yo empezaba a sentir las pavorosas llamas de un incendio crecer dentro de mí.
—Disculpe; voy a cerrar la puerta, voy a tomar asiento, y después le explicaré qué me trae aquí.
Y así, a puerta cerrada y sentado frente a la doctora, le expliqué que me había levantado con un párpado inflamado. Ella tecleó algo en el ordenador.
—Vale; ya lo tienes.
—¿Cómo?
—Que ya lo tienes en la receta electrónica. Vas a una farmacia y te dan una pomada.
—Ah, ¡gracias!
Pero me pudo esta tontería mía de no resignarme al delirio e intentar mejorar cómo funcionan —funcionar es mucho decir— las cosas.
—El año pasado me sucedió esto mismo en Portugal y me dieron la pomada en la farmacia. No tuve que venir a Urgencias, ni consumir recursos de la sanidad pública, ni perder el ti…
—Ya, pero es que Portugal es otro sistema.
—Lo sé. Lo que quiero decirle es, ¿no serías más eficiente para el Sistema y para mí, al menos para este caso, hacer lo que hace Portugal?
—Pero es que son leyes. Y a veces son absurdas, pero son así y tenemos que seguirlas. Tampoco puedes comprar paracetamol de un gramo sin receta pero, en cambio, puedes comprar el de 500 mg y tomar dos, que es lo mismo. Es absurdo, pero son normas y hay que cumplirlas.
Yo quería explicarle a la doctora que esas normas no están cinceladas en piedra y que se pueden cambiar. Quería explicarle que en aquella consulta, yo era el usuario y ella la representante del Servicio Cántabro de Salud. Quería explicarle también que existen procedimientos administrativos internos por los cuales ella puede canalizar mi sugerencia de mejora para que, algún día, Dios sabe qué gerifalte la tenga en cuenta cuando toque actualizar las normas. Quería explicarle a la doctora muchas cosas, pero ella me despedía con la mirada y yo me había puesto inconscientemente de pie, deseando largarme cuanto antes de allí.
¡Al menos ya tenía la receta! Ensillo nuevamente a Rocinante y jineteo de vuelta a la farmacia de guardia. Aparco malamente en una parada de autobús. Enciendo las luces de emergencia y entro corriendo.
—Quería un medicamento que tengo en mi receta electrónica.
—Dígame su número de tarjeta sanitaria.
Deletreo la retahíla mientras el chico teclea en el ordenador. Yo miro el coche de reojo.
—¡No te preocupes! Cuando hay partido la policía no viene hasta aquí —me dice simpático.
Pero el farmacéutico frunce entonces el ceño.
—Vaya… tenemos un problema.
—¿Hay que perdirla al almacén?
—No, no es eso… el médico te ha puesto pomada para uso tópico, y esa no te vale para los ojos.
—Ya veo que la policía no es lo único que no funciona aquí.
—Pero no te preocupes… puedo hacer un truco y yo te doy la pomada correcta. Aunque, claro, tendrás que pagarla entera. Si la receta estuviese bien sí te entraría por la Seguridad Social.
En Coímbra, en la plaza del Ocho de Mayo, hay una pequeña farmacia que hace esquina. En agosto entré y expliqué en castellano que tenía una párpado inflamado. Me dieron al momento una pomada y, en dos días, ventilado.
Y escribo esto preguntándome cuántas horas, cuántos millones de horas productivas anuales perdemos los españoles en laberintos burocráticos así.
yo fui un cínico con estos discursos
pero a medida que maduro, descubro que la realidad de uno es la que se piensa
que lo que uno visualiza y verbaliza acaba pasando
que el cerebro se puede programar y la realidad promptear
"once you program yourself to win, you can only win"