Claro que no somos iguales. Tú miras a un obrero explotado y le dices que es pobre porque no se esfuerza lo suficiente; yo miro un sistema donde alguien puede trabajar doce horas al día y aun así apenas sobrevivir.
Todos se creen adultos y emocionalmente maduros hasta que les toca comunicarse con honestidad, pedir perdón sin excusas y reconocer que también se equivocan. La verdadera madurez no se demuestra con palabras, sino con la capacidad de hacerse responsable de lo que uno hace y dice.
Qué bonito es conocer a alguien de cero y, casi sin darte cuenta, verlo hacerse un lugar en tu vida. De pronto ya está en tus rutinas, en tus días, en esa familiaridad tranquila que se parece tanto a la familia. Qué regalo tan raro y precioso es encontrar vínculos así.
Las palabras están bien, y tienen peso en mi sentir. No obstante, prefiero las acciones, que hablan más de interés e intención que tu propia boca. Si te has equivocado conmigo, reconocerlo está bien. Pero hacer algo para enmendarlo está muchísimo mejor.