Eso me alivia. Yo estoy perfectamente. ~
—Terminó saliendo de allí, alcanzó a Snufkin y miró el río, silente. Una risilla escapó de sus labios y le tomó de la muñeca para llevarlo hasta el agua—.
¿Un chapuzón?
——— No puedo estar triste, ha empezado el verano.
Veía el río correr salvaje frente a él, hasta llegar al remanso de paz que era aquel lago en el que tanto tiempo había pasado.
——— ¿Y tú? ¿Estás bien?
Uhúm.
—Le dejó mirar, por supuesto. Era como un tatuaje para la deidad, después de todo. Le dejó espacio para que saliera y quedó en la entrada de la tienda, cruzando las piernas—.
¿Estás bien?
Sin pedir permiso, levantó la prenda superior de la deidad, viendo su nombre escrito allí. Su nombre.
——— Hasta haciéndote sangrar tiene una caligrafía bonita.
Con aquellas palabras se levantó, saliendo de la tienda al aire fresco.
Oh... es preciosa.
—Dijo, admirándola mas de cerca. Tenía una gracia que solo él podría haber sido capaz de hacerla—.
A mí me escribió su nombre con la daga en el vientre. Es de las únicas que decidí no curarme. Su huella personal, de algún modo.
Señaló una cicatriz añeja en la palma de su mano.
——— Mi favorita es esta.
Parecían marcas de uñas, cinco dedos afilados que se clavaban en su carne.
——— Me la hizo Alain.
——— Probablemente no serías el dios del Caos.
Snufkin no había cambiado, su espíritu permanecía joven y perenne. Solo el nacer de su vello facial indicaba que quizá ya no era tan cachorro como la primera vez que se habían encontrado.
——— Bonitas son las historias tras ellas.
Por supuesto. ¿Quién sería yo si no metiera en líos o aventuras a sus amigos?
—Lo ayudó a peinarse bien, sosteniendo después sus hábiles y jugando con ellas—.
Siempre encontré bonitas tus heridas en las manos.
Lo suficientemente bueno y aislado. Como debe ser.
—Acarició su espalda con mimo. Luego, a los segundos, se apartó un poco para mirarlo bien—.
Ahora toca hacer planes juntos. ¿Sí?
——— He dormido mucho, he comido mucho.
Como un remolón felino se acurrucó en su abrazo. La deidad, cuando el tiempo desdibujaba los roces entre ambos, representaba para el nómada parte de un hogar al que una vez perteneció.
——— ¿Y tú?
¿Has pasado buen invierno?
—Gateó hasta entrar y no tardó en darle un buen abrazo de bienvenida. Ese olor a tierra tan característico... lo había echado de menos—.
——— Han cambiado las estaciones.
Añadió, quitándose el pelo de los ojos en un perezoso gesto. Sus nudillos estaban llenos de heridas secas, su sonrisa se estiró.