Esas amistades intensas donde no pueden pasar un día sin hablar, donde se cuentan todos los secretos y las madrugadas se comparten hasta que sale el sol, esas amistades que luego mueren como la llama de un fósforo y pasan a ser extraños.
El día se me pasa en un parpadeo.
Un momento estoy limpiando, al otro recuerdo que tengo que comer, al otro estoy abriendo las cortinas porque por fin el sol no parece un rayo pulverizador, al otro ya está todo oscuro y mi gato me pide comida de nuevo.
El camino a la felicidad está tan alejado de los signos de aire y fuego, pero seguiré gravitando a ellos como la adicta a las emociones intensas que soy.
Analizando la manera en que las personas que pasaron por mi vida me dejaron pedacitos de ellos, no puedo evitar preguntarme en cuántos lugares sigo presente sin estar ahí.