Me encanta que “Noches blancas” se llame así porque en San Petersburgo, durante el verano, literalmente nunca oscurece del todo, y Dostoyevski tomó esa luz que parece no apagarse nunca para convertirla en una metáfora de estar atrapado entre soñar y vivir.
Pasa un tiempo y crees que ya no duele, pero luego ves algo que te recuerda todo y te das cuenta que ese dolorcito sigue ahí, solo que ahora es más silencioso, y se ha vuelto pequeñito, pero a veces te recuerda su presencia.