Me duele ver a quienes han sido mis docentes censurados por la desinformación que tanto conviene en estos tiempos.
Pero no me sorprende, este país y esta ciudad es capaz de decirse tantas cosas con tal de no reconocer su historia y otros relatos.
¿Por qué no votaré por Paloma Valencia?
Por: @MariantoniaRG
Yo también estoy inquieta. Y sí, me paro desde una postura feminista, pero anticipo que no concibo un único feminismo ni una única forma de ser mujer en el mundo.
Lo primero es mencionar que la misma Paloma Valencia no se reconoce feminista. En su postura pública y reiterada al respecto vincula al feminismo con la izquierda y ha dicho que ella no “comulga” con esas ideas. Entonces, las feministas que no votaremos por ella no estamos “buscándole la caída”; pero tampoco la vemos como opción porque no creemos en sus posturas conservadoras.
Segundo, ser mujer en el poder no implica ser mujer que defienda los derechos de las mujeres. Ejemplos claros tenemos en el panorama político internacional, es solo mirar… Paloma Valencia representa a una élite política que ya estuvo en el poder y que busca volver a ese lugar para preservar sus intereses y privilegios.
Ser feminista es asumir una postura política: la que históricamente ha luchado por el aborto legal, por los derechos de las disidencias sexuales, por la redistribución del poder y por la protección de las más vulnerables. Paloma ha dedicado buena parte de su carrera legislativa a defender los intereses del sector político que más se ha opuesto a esas conquistas. No apoyarla no es traicionar a las mujeres. Es ser consecuente con una política.
Ese techo que rompería para ella, y para los suyos, más que en espacio de representación, podría convertirse en vidrios rotos que caen sobre los excluidos, los pobres, los diferentes, la población LGBTIQ+. Es hacer un hueco por el que cabrán muy poquitos.
Se dice que, si ella gana, sería la posibilidad de “romper el techo de cristal” en la política colombiana. Mi postura es que depende de para quién se rompe ese techo. Una eventual presidencia de Paloma Valencia sería el tiempo de mujeres privilegiadas, que pertenecen a una clase política y económica que ya ha dado bastantes muestras de ser contraria a derechos y protección a los más vulnerables.
Reconozco que, entre todo, lo que más me cuesta sí es la relación con Álvaro Uribe. No es un asunto menor, no es una anécdota, no es un “craso error en el mundo del espectáculo". Paloma Valencia no se ha dicho "hija de Uribe" de manera afectuosa y distante: se ha definido públicamente como más uribista que el propio Uribe y ha construido toda su carrera política alimentada por ese proyecto. Eso no es un padrinazgo incómodo que ella tolera para que la escuchen: es una identidad política con la que ella ha hecho carrera en el legislativo.
No soy capaz de dejar de pensar en los 6.402 seres humanos que fueron víctimas de ejecuciones extrajudiciales, perpetrados por el Ejército, y en muchos casos con la cooperación de paramilitares, y que esto fue, principalmente, entre 2002 y 2008, durante el Gobierno de Álvaro Uribe. Y ese número, multipliquémoslo entonces por la cantidad de madres, hermanas, hijas, esposas que aún están llorando.
Paloma Valencia puede en este Estado democrático representar los intereses de su partido y defenderlos. Puede, incluso en términos personales, querer y admirar a Álvaro Uribe. Pero lo que sí es un total descaro es tratar de negar las verdades que la JEP le está entregando al país. Por no hablar de la falta de decoro y compasión con esas mujeres, cada vez que grita “Uribe es mi papá”.
Desde los feminismos sí buscamos representación de mujeres en ámbitos de poder, claro. Pero esto lo hacemos con preguntas desde la base: ¿qué políticas concretas mejoran la vida de las madres cabeza de hogar en Tumaco, de las mujeres desplazadas del Catatumbo, de las lideresas amenazadas? Desde los feminismos nos pedimos ser honestas cuando un proyecto político, por más que lo encarne una mujer, históricamente ha dado la espalda a esas preguntas.
No votar por Paloma Valencia no es cómodo ni fácil en un contexto donde las alternativas también son bastante imperfectas. Es gracias a la formación política feminista que nos damos cuenta por qué Paloma Valencia no nos representa. No es una traición a los feminismos. Es, precisamente, ejercerlo.
Es más honesto que digan que se identifican ideológicamente con Paloma Valencia a que intenten defender su voto disfrazándolo de feminismo. No hay maroma argumentativa que se sostenga ahí.
¿Generación de empoderadas?
Por: @luubrave
Hace un par de semanas estuve en Cali hablando con un grupo de adolescentes sobre qué significa ser mujeres para ellas. Para propiciar la conversación, revisamos las dos generaciones que las antecedieron: las historias de sus abuelas frente al amor, la autonomía y el territorio; luego las de sus madres, y finalmente, las suyas propias.
Hubo algo en sus relatos que me causó curiosidad e interés. Todas hablaban con mucha seguridad del empoderamiento. Mencionaban que sus mamás habían sido madres muy jóvenes y siempre les inculcaron la importancia de ser independientes, de no depender de ningún hombre y, por ende, de no permitir ser violentadas. Esto se reflejaba en ellas como un impulso por estudiar, por ocupar un lugar en el mundo, pero también en la reproducción de frases como: “hombre no es gente”, “los hombres no sirven para nada” o “hombre no es familia”. Refranes que se han popularizado en redes sociales sobre la masculinidad actual.
Decidí profundizar en estos dichos y encontramos una tendencia: la mayoría de ellas no tenía la figura de un padre. Muchas nunca lo conocieron; otras tenían con él una relación distante y conflictiva; y en muchos casos, su principal cuidadora había sido la abuela. Tras esta indagación, los comentarios comenzaron a sonar con mayor resentimiento. Hablaron de las historias de sus madres con dolor, angustia y fuerza, reconociendo que ellas las criaron solas, trabajando más de la cuenta, con mucho esfuerzo y en medio de una profunda soledad. Por ello, para sus madres resultaba imperativo garantizar que sus hijas no repitieran lo mismo y redefinieran, o incluso negaran, el lugar de los hombres en sus vidas.
Esto me hizo pensar en las discusiones recientes que señalan que las mujeres estamos “sobrecargando” el rol de los hombres o no les estamos permitiendo ser. Discursos como: “el empoderamiento de las mujeres es lo que ha hecho que ya ninguna quiera ser mamá”, “las mujeres son ahora las que mandan y los hombres no pueden opinar”, “el empoderamiento femenino ha ido demasiado lejos, ahora nos culpan por todo”, o “esto no es igualdad, es revancha”.
Y entonces me pregunto: ¿somos una generación de empoderadas o de resentidas? Tal vez ambas. Porque no se construye poder, ruptura ni transformación sin indignación. ¿Cómo no estarlo, si poco hemos hablado de lo que significa ser un país criado, en gran parte, solo por mujeres, en condiciones de empobrecimiento, desigualdad y violencia?
Según la Universidad de La Sabana, por cada diez niños que nacen en Colombia, al menos ocho (80%) son criados exclusivamente por sus madres. Este dato fue difundido por la revista Semana en un artículo titulado “Un 80 por ciento de niños nacidos en Colombia son criados solo por sus madres: preocupante radiografía de la paternidad en el país” (14 de junio de 2024). Por otro lado, según Profamilia y el Ministerio de Salud y Protección Social, el 51% de los niños en Colombia vive sin la presencia de su padre.
Aunque las cifras resultan confusas y no tenemos datos exactos, lo cierto es que, por múltiples razones, las familias en Colombia crecen en otras configuraciones, con figuras distintas, con paternidades ausentes y en medio de conflictividades íntimas. Así, muchas mujeres se han visto obligadas a criar solas. Tal vez, entonces, eso que llamamos empoderamiento también es dolor: dolor frente a un Estado que no reconoce el cuidado; un sistema laboral que exige productividad en igualdad de condiciones, pero ignora las cargas adicionales; un mundo lleno de estereotipos y sesgos que atraviesan la crianza; y una mayoría de hombres que no asume sus responsabilidades, con escasos espacios para reflexionar y pocas herramientas para ejercer su presencia en la vida familiar.
Más allá de la paternidad ausente, el problema se agrava cuando las figuras masculinas que sí están presentes, como tíos, abuelos o parejas de las madres, no asumen un rol constructivo. Si el único modelo que las infancias y las adolescencias ven es el de un hombre que no se compromete, que es violento o que simplemente se desentiende, las frases como "hombre no es gente" se refuerzan con la experiencia vivida.
Este vacío de modelos masculinos sanos no solo afecta la percepción de las mujeres hacia los hombres, sino que también priva a los niños de ejemplos para desarrollar una masculinidad responsable y emocionalmente presente. Es decir, el problema no es solo la falta de padres, sino también la falta de paternidades y masculinidades que valgan la pena emular. Esto perpetúa un ciclo en el que las próximas generaciones de hombres tienen pocas herramientas para ser diferentes.
¿Para cuándo una reflexión más profunda sobre las implicaciones de las masculinidades en el desarrollo de nuestro país?
Ahora no vengan a decir que todo con Colombia es lo mismo, las jugadoras de Colombia la dieron toda, la sudaron toda, salieron a ganar, aunque no se haya dado el marcador.#Colombia#CopaAmericaFEM
¿Para qué zapatos si no hay casa?
Por: @luubrave
Se vino la montaña. Crujió a las tres de la mañana.
Y con ella, se vino la historia que llevamos años repitiendo: la de una ciudad que prefiere prepararse para conciertos y no para cuidar la vida de sus habitantes y obreros sin casa.
Pero, ¿lo vieron? ¿Desde donde viven pueden ver la montaña nororiental? ¿Sus casas o apartamentos les permiten visualizar las laderas de la ciudad? Porque, a veces, si no tenemos en la vida cotidiana esta vista, puede pasar desapercibido que entre Medellín y Bello se perdió casi un barrio completo por un movimiento en masa de tierra.
El deslizamiento que sacudió las laderas entre Bello y Medellín dejó, hasta ahora, 23 personas muertas, 13 desaparecidas y más de 600 evacuadas que hoy duermen en albergues improvisados, muchos de ellos en colegios. Más de 40 edificaciones colapsaron bajo una avalancha de 60.000 metros cúbicos de tierra. Una tragedia que no fue sorpresa para nadie, excepto para quienes jamás han puesto un pie en estos barrios, sino hasta que las cámaras están encendidas.
Los colegios que en su cotidianidad pueden tener 40 niños y niñas por salón, hoy son albergues. No porque nos importe la educación —ojalá—, sino porque no tenemos otro lugar.
¿Conocen esta ladera? ¿Han subido allí? ¿Viven allí?
Porque me sorprende que, en los últimos años, las grandes empresas, las universidades más pupis de esta ciudad y las organizaciones de mayor renombre hayan cogido de parche estas zonas para sus recorridos sociales, para sus voluntariados empresariales o para la foto de la porno-miseria. Convirtieron nuestras laderas en el turismo barato para ver a la gente empobrecida, las víctimas del conflicto, las madres solteras, los y las vendedoras ambulantes, los y las abuelas solitarias en sus fotos de perfil para conexión social, pero sin pensar en los cambios estructurales que necesitan estas personas.
Mientras tanto, quienes usaron las laderas como fondo para sus campañas, sus prácticas universitarias o sus proyectos sociales hoy brillan por su ausencia. Qué curioso: para subir a grabar la miseria, sí aparecen. Con cámara en mano, sonrisa solidaria y promesas de que “esto va a cambiar”. Pero cuando se trata de ayudar en la atención humanitaria real, ahí sí se acuerdan de que “eso es del Estado” y que “no pueden pasar los límites institucionales”.
No es nuevo: la ciudad también se construyó sobre el olvido.
Esa mirada que romantiza el dolor ajeno pero no mueve un dedo por cambiarlo.
Esa práctica extractivista que va por los barrios buscando historias tristes que den likes, pero no invierte ni una hora en entender cómo incidir y generar transformaciones reales.
Lo que más me duele es que esto no es nuevo. Estas comunidades llevan más de 15 años luchando por una vivienda digna, por un plan integral de barrios, por el acceso a servicios públicos, por la reubicación. Al final, por el acceso a la vida. Y ante la ausencia estatal, a punta de mingas, autoconstrucción, derechos de petición y voluntariado, levantaron barrios que el Estado solo empezó a mirar cuando la tierra decidió gritar.
Y ahora que grita, lo único que repiten las alcaldías es el viejo libreto: echarse la pelota entre sí. Que si es Medellín, que si es Bello, que si el área metropolitana, que si el POT, que si las competencias, que si la lluvia, que si el riesgo.
¿Y la gente?
La gente se quedó sin casa.
Sin cama.
Sin cocina.
Sin zapatos.
Sin esperanza, de nuevo.
¿Para qué zapatos si no hay casa?
¿Para qué promesas si no hay voluntad?
¿Para qué gobernantes si no hay gobierno?
¿Para qué recorridos empresariales si no generan empleo?
Medellín se vendió como una ciudad innovadora, de progreso, de turismo, de eventos internacionales. Pero los barrios que están en los bordes, en las laderas, en los límites invisibles entre un municipio y otro, siguen esperando lo básico: agua, luz, un techo que no tiemble con cada aguacero.
Esta tragedia no es un accidente. Es el resultado de una política urbana que ha priorizado la vitrina sobre la vida. Que ha organizado la ciudad para recibir visitantes, pero no para proteger a quienes la habitan. Así que, sí señor Estado, señores Alcaldías, Área Metropolitana y todas demás entidades, ustedes son los responsables históricos de esta tragedia, de este olvido que hoy cobró vidas en la ciudad que está en el “mapa mundial”.
Política para la muerte
Por: @luubrave
—¿A quién le dispararon?
—A un candidato a la presidencia.
—¿Pero él estaba en la guerra?
—No, estaba dando un discurso sobre sus ideas políticas.
—¿Entonces no estaba en un campo de batalla?
—Supuestamente no. Solo compartía sus ideas.
—¿Por qué le dispararon?
—Por la disputa política electoral del próximo año.
—¿Quién fue?
—No lo sabemos, pero algún grupo político se está beneficiando de ello.
—¿Quién le disparó?
—Un joven que también vivía en la muerte; seguramente su calidad de vida rozaba la miseria.
—¿Solo por hacer política?
—Parece que sí.
—¿Entonces, en mí país asesinan a la gente por participar en política?
—Sí. En mi país se hace política con la muerte de las personas. Las balas y los muertos han sido parte de la rutina electoral en distintos momentos de nuestra historia.
—¿Me estás diciendo que, en Colombia, el cuerpo del político es un campo de batalla?
—Sí, parece que sí. Aún hacemos política como si estuviéramos en la guerra.
—¿Qué pasa si él vive?
—Su hijo no repetirá la historia de él, y de pronto, sí él quiere será presidente.
—¿Y si muere?
—Será un mártir. Y su grupo político ganará la presidencia.
—¿Esto ha pasado antes?
—Sí. Hace 35 años.
—Cómo así, ¿en Colombia el duelo es instrumento de contienda electoral?
—Creo que sí, las lágrimas hacen parte del capital político.
—Pero si la política es para definir de manera colectiva el rumbo de la vida en un país, ¿por qué se asesinan?
—No lo sé. Tal vez, en mi país, aún no entendemos el valor de la vida.
Nuestros calendarios electorales se manchan de sangre como si fuera parte del protocolo. Los atentados no se ocultan: se publican, se teatralizan, se vuelven espectáculo. Se busca que queden en la memoria colectiva como un llamado a la guerra, debilitando cualquier idea para comprender la vida colectiva de una manera digna y tranquila. Galán, Pizarro, Jaramillo, Lara Bonilla, Gaitán. A algunos los asesinaron en tarima, a otros en su carro, a otros frente a su familia. La democracia colombiana ha sido construida a tiros, con las balas firmando pactos de silencio o encendiendo la maquinaria del poder.
Como lo dijo Hannah Arendt: donde hay violencia, no hay política. Todo aquello que atenta contra la vida es guerra. Donde empieza la violencia, se disuelve la política.
Tal vez, en Colombia hemos confundido esta idea. Llamamos política al cálculo de cuántos votos deja una tragedia, al uso instrumental del miedo, a la administración del duelo colectivo como estrategia electoral.
Pero quisiera recordar —aunque suene obvio— que si hacemos política desde la muerte, lo que estamos haciendo, en realidad, es la guerra.
Definitivamente la polarización no se acabará con quienes se lucran de ella y conspiran sus intereses, pues ellos se alimenta de ella. Se acabará cuando otros, dejemos de reproducirla.
Me cansé de ser producto
Por: @luubrave
—¿De dónde eres?
—Colombiana, de Medellín.
Después de esa respuesta, vino una mirada y un par de comentarios cargados de estereotipos: sobre las mujeres de mi tierra, sobre nuestras labores, sobre nuestros cuerpos —como si estuviéramos en venta todas y siempre. Creo que mi cara dejó claro que no me gustó nada el rumbo que tomaba la conversación.
Sin embargo, me pregunté: ¿qué significa ser de Medellín?
De fondo sonaba Latina Foreva, una canción cuyo video muestra mujeres en ropa interior en medio de la nieve. ¿Será esa la imagen que nos representa? Entro a redes sociales y me topo con múltiples reflexiones sobre Karina García, una mujer que representa para muchos el estereotipo de la “paisa”: superficial, aspiracional, definida por lo que aparenta o por lo que posee. Un cuerpo moldeado por la estética médica, producto del mandato de belleza que impera en esta región y que muchas siguen a costa de lo que sea.
Hasta aquí podríamos hablar de la narcoestética, sus efectos y cómo muchas mujeres, lejos de parecer “de clase”, encarnan una narrativa popular. Porque, claro, también hay quienes desde el clasismo critican a esas mujeres, sin ver que muchas, incluso desde otros contextos, están buscando lo mismo: al mejor comprador para el producto que han construido de sí mismas.
Y no se trata solo de las mujeres populares. También están las que tienen acceso a capital social y económico, con operaciones estéticas más sutiles, (sólo tengo los senos dicen), o con rutinas de skincare, pilates, running, y atuendos de marcas reconocidas. Aparentemente distintas, pero en la misma lógica: pulir el producto para hacerlo deseable.
En otros escenarios, esta lógica toma formas más sofisticadas. En LinkedIn, por ejemplo, mis colegas publican fotos de cada evento al que asisten —con las mismas personas de siempre— acompañadas de frases grandilocuentes sobre liderazgo y éxito. Todo para mostrarse como indispensables, como soluciones ambulantes. Como el producto ideal para la próxima convocatoria laboral (o política).
Al principio pensaba: ¿hasta cuándo seremos las mujeres el producto turístico de esta ciudad? Estoy harta de que, en una fiesta, un simple baile por cortesía termine en una propuesta de pago por sexo. Harta de que al decir que somos de Medellín, alguien más se sienta con derecho sobre lo que somos.
Pero ahora me inquieta otra pregunta más profunda: ¿qué hacemos si todos somos productos?, ¿si todos estamos buscando ser consumidos por alguien más? El comprador se disfraza de pareja ideal, de empleador, de empresario, de algoritmo que reparte likes. Y nosotros nos disfrazamos para vendernos.
Hoy, todo parece existir para ser consumido. Personas que se pelean el micrófono en reuniones, que se autoproclaman líderes de proyectos ajenos, de programas que no crearon, eventos que no diseñaron, de discusiones que no dieron; pero, claro, todo por el próximo post. Porque alguien debe vernos, alguien debe validarnos, alguien debe comprarnos. Otras sufren en silencio por no tener visibilidad suficiente y se exigen el doble para brillar bajo el reflector más potente.
¿Alguien escapa de esta lógica? Quisiera creer que sí. Pero alguien me dijo que no. Que al final, todos somos productos. Solo que algunos son masivos y otros de “diseñador”. Incluso aquellos que se jactan de ser auténticos y profundos están atrapados en la misma vitrina. Resisten, pero están allí.
Aun así, me niego a aceptarlo del todo. Quiero creer que no todos nos vendemos. Porque conozco personas que intercambian saberes, capacidades y talentos desde lo humano, no desde lo transaccional. Que construyen desde el vínculo y no desde la vitrina. Ser producto es una idea capitalista: explotar una imagen de uno mismo, una superficie sin fondo. Una identidad prefabricada que responde a un mercado, no a una reflexión.
Por eso me rehúso.
Me rehúso a ser solo un producto.
Me rehúso a buscar impacto solo para tener buenas fotos.
Me rehúso a repetir el mismo pitch en cada charla sin reconocer a mis interlocutores.
Me rehúso a ver mi cuerpo como una marca que otros aprueban o no.
Me rehúso a ejercitarlo solo para cumplir los parámetros de esta ciudad.
Me rehúso a perder el asombro, la belleza de una buena conversación sin pensar en lo que podría “sacar” de ella.
Me cansé de ser producto.
Y sin embargo, aquí estoy. Escribiendo esta columna. Buscando ser leída.
Tal vez —solo tal vez— creyendo que mis letras también son un buen producto para quien las consuma.
Primera semana en Manchester
Por: @luubrave
Caminando por la ciudad de Manchester, me topé con una mujer negra y joven que llevaba su hiyab, además de un atuendo similar a la estética del hip hop estadounidense. Cuando le pregunté su nombre y su nacionalidad, me dijo que era británica. Me quedé sin palabras. Pensé: ¿cómo la defino?, ¿cuál de todas estas identidades la aborda?, ¿ella cómo se nombra?, ¿le dará más fuerza a alguna identidad?, ¿tendrá alguna causa por la cual luchar en cada contexto?, ¿ella se hará todas estas preguntas?
Concluí en que tal vez no. Estos son cuestionamientos, en muchas ocasiones, de quienes nos vemos en los discursos de la diversidad, pues nos acostumbramos a ver el mundo comprendiendo las múltiples interseccionalidades que nos habitan, pero en muchas ocasiones también nos acostumbramos a no tejer puentes entre ellas.
Luego, llegué a vivir con una familia británica. Su estilo de vida poco se parece al mío, pues una vida tranquila, reservada, con sonrisas y distancias no es lo común para mí. Después, entro a un aula de clase y me encuentro con personas de China, Arabia Saudita, Irán y países latinoamericanos. Aprender inglés escuchando tantos acentos, historias y culturas tan diferentes ha explotado mi cabeza y corazón cada día.
Nadie de las personas con quienes me he topado conoce a Karol G, Ryan Castro, el nombre de nuestro presidente o Medellín. Para muchos es la primera vez que escuchan de mi país, y algunos que lo conocen su referencia es Pablo Escobar.
Ante dichos contrastes, me he observado pensando sobre: ¿será que si me visto así irrespeto a Norah (mi nueva amiga musulmana)?, ¿será que estoy hablando muy duro?, ¿cómo me dirijo ante aquellos hombres que piensan tan distinto de nosotras?, ¿cómo describo la belleza de mi país para desmitificar el imaginario perpetuo de las drogas?, ¿cómo les demuestro que les honro en la diferencia?
Amin Maalouf escribía en 1999: “Mi vida de escritor me ha enseñado a desconfiar de las palabras. Las que parecen más claras suelen ser las más traicioneras. Uno de esos falsos amigos es precisamente 'identidad'. Todos nos creemos que sabemos lo que significa esta palabra y seguimos fiándonos de ella incluso cuando, insidiosamente, empieza a significar lo contrario”.
En su texto "Identidades asesinas", él aborda una pregunta por la identidad, la definición y alcance sobre esta, generando diferentes cuestionamientos sobre el abordaje de ella, si permite tejer puentes, posibilidades o genera barreras y marca distancias.
Y ante estas preguntas recordé su postulado sobre las personas frontera, es decir, aquellas que logran traspasar límites identitarios y se permiten caminar en el borde, navegar en aquellos límites y fronteras para construir otros, aquellas que están en el filo de la diferencia y por ende, se definen desde tantas perspectivas. Ellas logran ser puente, pues tienen la capacidad de impregnarse tanto de los otros que terminan por construir identidades híbridas, mezcladas y fluidas que permiten comprender y ampliar el mundo con su mirada.
Dichas personas el mundo les cabe un poco más en la cabeza, en el corazón y en los zapatos, logran transitar sin violencia en aquella diversidad tan incierta y caótica, tan difícil de comprender y tan sutil a la mirada y sensible al daño.
Estas personas son especiales, tienen una particularidad en su forma de habitar el mundo, pueden habitar múltiples espacios, imitar acentos, disfrutan aprender nuevas palabras, bailes y oraciones; son personas que ante el comentario discriminatorio con una sonrisa le explican al otro lo que sus palabras causan. Ellas, antes de dar cualquier afirmación, preguntan sobre la cultura, experiencia y significado de los otros, están llenas de preguntas y por ende, de historias y números de contactos.
Dichas personas logran sensibilizarse con todas las guerras, todos los dolores, muchas causas y tienen múltiples motivos de alegrías. Para ellas, los derechos humanos son la ley, la diversidad es la regla y la no violencia es el mandato.
Estas personas me enamoran, me enseñan con cada mirada y me permiten cuestionar sobre ¿cómo se construyen ellas?, ¿cómo lograron aprender a caminar en las fronteras? Porque este mundo tan caótico y polarizado requiere la valentía de las personas fronteras, aquellas que ven desde sus identidades, las reflexionan y con ellas se conectan con otras. Ahora, comprendo que la construcción democrática pasa por ello, por caminar entre los bordes, no por aumentar los abismos.
La cultura de la cancelación
Por: @luubrave
La cultura de la cancelación es un fenómeno que ha ganado relevancia en los últimos años. Como saben, este término se usa de manera más clara cuando se busca generar actos de censura, silencio o rechazo a prácticas y actuaciones violentas que han realizado unas personas hacía otras, o hacía ciertos grupos. Es una práctica que hace algunos años se viene consolidando como un acto político ya sea de resistencia o acción directa, especialmente cuando el Estado, las instituciones, organizaciones o colectivos no toman postura frente a dichos actos violentos o no realizan prácticas de reparación.
Recientemente, he reflexionado sobre esta práctica y me ha generado nuevas preguntas. Me pregunto si la cultura de la cancelación es una forma efectiva de abordar los problemas sociales y nuestros debates inconclusos, o si, por el contrario, está creando un entorno más polarizado y menos tolerante.
En este último tiempo he vivido otras experiencias que se me asemejan a la cultura de la cancelación. Esta no se presentó como un gran escrache, es decir, como una publicación en redes sociales con miles de “me gustas” o una gran noticia mediática que revolcará la opinión pública. No, fue sutil e íntima; fue entre llamadas, reuniones, conversaciones de amigas, juntas directivas y cláusulas contractuales. Fueron: te ignoro, no te respondo mensajes, manifiesto públicamente que no haré contacto contigo; así como en afirmaciones: “sí es con él prefiero no hacerlo, busca a otra persona”; “sí es con dicho grupo, no iremos al espacio, aunque sea en representación institucional; sí ella está en la Junta Directiva yo no participaré”, así como comentarios: “yo no voy a dicho lugar porque allí me cancelan”, “prefiero no hablar más en el espacio, me siento cancelada” o, “si es necesario, yo no me propongo para no ser más cancelada por las otras”.
Podría nombrar otros ejemplos frente a las negociaciones, complejidades y conversaciones caóticas y difíciles que enfrentamos de manera cotidiana en los entornos sociales con la práctica de la cancelación, pues en cada espacio siempre surge el nombre de alguien que no se quiere escuchar, con quien se está en desacuerdo, con quién “no se soporta” o “su presencia lástima”, y, por ende, siempre hay que tomar decisiones frente a ello.
En estos tiempos tan convulsos, me pregunto por los efectos de esta práctica. Ya los capítulos de Black Mirror, los discursos de @JMilei , @realDonaldTrump y políticas que se están implementando naturalizan las cancelaciones en todos los bandos políticos y nos ilustran dicha situación.
Está claro que dicha práctica está trascendiendo los hechos y las actuaciones, para ubicarse en las personas, en los nombres concretos, por ello, me pregunto: ¿Qué nos lleva a cancelar a otros?, son solo sus prácticas que van en contra de nuestros principios?, ¿es el castigo a acciones realizadas en el pasado y que no traen reparación?, ¿es nuestra incapacidad de reconocer la humanidad en los otros?, ¿es el deseo simple de elegir con quién compartir?, ¿es otra forma de poner límites individuales en la sociedad contemporánea?, ¿cómo y hasta cuándo cancelar?
Siento que la cultura de la cancelación está teniendo efectos profundos en nuestro sistema de valores. Por un lado, si bien es una forma de hacer que las personas rindan cuentas por sus acciones y de promover la justicia social. Por otro lado, puede crear un entorno en el que las personas se sientan intimidadas para expresar sus opiniones o para participar en debates públicos.
Pareciera que un acto tan sutil que reivindica la libertad individual también puede estar escudriñando un nuevo sistema de valores que reproduce una sociedad cada vez más indiferente, individualista, menos humana, menos tolerante o, ¿será que está reproduciendo una sociedad más política?
Sé que esto amerita una reflexión más profunda, porque ¿cómo no hacerlo si es una forma de manifestar nuestra coherencia?; pero, entonces, ¿los enemigos son todas las personas que cometemos errores, pensamos distintos, nos equivocamos en algún momento?. ¿Cómo promovemos el diálogo y el disenso en una sociedad tan polarizada que está cancelando a todos?
No quiero con esto, reproducir justificaciones ante actos violentos, mucho menos si no existe un reconocimiento de tales hechos y una disposición a la reparación, pero sí me pregunto ¿existirán otras formas de acompañarnos en el aprendizaje, de navegar nuestras divergencias, sin anular simbólicamente la presencia de los demás?
DEI sí, pero ¿cómo?
Por: @luubrave
Quisiera retomar algunas de mis preguntas de la columna anterior. Como saben, la diversidad y la inclusión son roles que desempeño en mi mundo laboral y, por ende, es una pregunta que me sigue preocupando, especialmente con las crisis de polarización y el desmonte de estas agendas en Estados Unidos.
Estas semanas he estado investigando sobre lo que ha pasado con la agenda DEI. Aunque ya mencioné algunos puntos, como la derechización de los Gobiernos y el retroceso en la garantía de derechos como un horizonte global, creo que quienes promovemos este tema estamos encontrando múltiples reflexiones.
Estamos aprendiendo que creer en los derechos no basta. Promover las cuotas sin preguntar por los procesos no generó una apertura sostenida en el tiempo. Llenarnos de acciones afirmativas, políticas y protocolos se convirtió rápidamente en documentos vacíos sin vida en las organizaciones.
Estamos aprendiendo que caer en la corrección política trajo silencios, autocensuras y sabotajes. Complejizar el lenguaje hasta hacerlo incomprensible, denso y abstracto generó distancias en algunas personas.
Aprendimos que la diversidad no es solo contar poblaciones históricamente excluidas, destinar recursos para algunos programas anualmente y presentarse a premios y reconocimientos por ello.
Estamos aprendiendo que hacer DEI no es solo nombrar a quienes faltan y lo que falta, sino construir puentes que cierren esas brechas. Implica medirnos, comprender el impacto y el retorno social de las inversiones. La agenda requiere rigurosidad, conexiones con lo estratégico, con los grupos de interés y, siempre, con el modelo de negocio.
Estamos aprendiendo que la DEI nos permitió unirnos entre diferentes sectores, pues es una conversación que busca movilizar agendas de justicia social. Nadie puede hacerlo solo; se requiere del sector público, privado, social, académico y comunitario para superarlo. En estas conversaciones encontramos lugares de conexión, unidad y puntos en común, incluso en una sociedad tan polarizada.
Estamos aprendiendo que promover la DEI es un proceso y un camino. Aunque se pretenda acelerar el cierre de brechas, lo más fuerte es la transformación cultural, y esto requiere tiempo. No se hace solo con un área y un equipo limitado, se hace con transversalización, la conexión de múltiples personas, procesos y equipos. Se hace con convicción.
Por ello, me gusta llamarlo aprendizajes, porque es un proceso vivo que se está movilizando con quienes formamos parte de él.
Hoy puedo afirmar que la agenda no va a parar, y esto me llena de esperanza. El Sur Global sabe que la diversidad no es una agenda blanqueada para incluir públicos históricamente excluidos. Para nosotros, la diversidad es el pilar del desarrollo territorial y regional, pues es el atributo que nos permite vernos en horizontalidad y potenciar toda nuestra riqueza ancestral, cultural, política y biológica.
Estas conversaciones nos ayudan a reconocer la diversidad como el pilar más importante de nuestra cultura. Nos enriquece, nos ayuda a vernos como pares y a reconocer que, como la biodiversidad, nos adaptamos y evolucionamos cuando potenciamos aquello que nos diferencia.
Así que, si existen países, empresas o instituciones que creyeron que movilizar la DEI era una acción de favores para otros, un apéndice de sus presupuestos, una tendencia a la que tuvieron que sumarse sin proceso, un área que solo es un gasto y no genera valor, hoy puedo decirles que lo lamento, pues no vivieron las ventajas de esta conversación. Esta conversación genera pensamiento sistémico y crítico, trabajo colaborativo, innovación, creatividad y sensibilidad con el mundo que vivimos.
Al final, las agendas DEI son una forma de vivir las ciudadanías en el entorno organizacional y requieren mayor énfasis para vivirlo. ¿Qué ciudadanos y ciudadanas estamos fomentando? Ojalá una ciudadanía diversa, equitativa e incluyente.
Nos sumamos a la campaña de @GobAntioquia y @MujeresAnt para conmemorar los Derechos de las Mujeres 💟
Con esta edición de @AntioquenoFLA, reafirmamos el compromiso con la igualdad, el respeto y la construcción de un mundo donde la seguridad y dignidad sea para todas 💜
¿Se acabó DEI?
Por: @luubrave
Hace dos décadas, el mundo empresarial y el sector público decidieron nombrar Diversidad, Equidad e Inclusión a las acciones que buscaban promover el cierre de brechas en sus territorios, comunidades y grupos de interés. Fue una manera de reconocer la desigualdad generada en este sistema y actuar sobre las brechas sin nombrarlo justicia social o garantía de los derechos humanos (una agenda que lleva siglos y es la manifestación de múltiples movimientos sociales).
Dicha sigla se fue consolidando en los últimos años, convirtiéndose en una de las agendas más relevantes en el mundo. Como resultado, el World Economic Forum destaca en sus tendencias anuales un informe dedicado exclusivamente a ello. Todas las certificaciones en sostenibilidad contienen un capítulo destinado a estos temas. También es un componente clave para solicitudes de préstamos o financiaciones por grandes corporaciones como la IFC. Sin duda, se convirtió en políticas gubernamentales y empresariales para promover la DEI en sus entidades, agendas públicas y culturas organizacionales, reconociendo el impacto que tienen en la retención del talento, la cultura libre de discriminación y la innovación.
Sin embargo, con las nuevas decisiones de la administración de Estados Unidos, encabezada por Trump, estas agendas se están dando por finalizadas. Dicho gobierno decidió liquidar las áreas de DEI en el sector público porque las identifica como "programas de discriminación ilegal e inmoral". Centrado en la visión capacitista, decidió frenar todas las políticas de acciones afirmativas, los empujones que permitían tener miradas diferenciadas que develaban que no todas las personas tienen las mismas condiciones, para regresar a la visión de que sea “el mérito y la capacidad” lo que promueva las decisiones.
Esta decisión tiene a muchas personas y entidades felices, pues con ello se eliminan muchos procesos que pueden ser complejos en su accionar cotidiano. Algunas empresas como Google también acabaron con sus estrategias DEI. Otras entidades están confundidas y decidieron, si bien no eliminarlas, no difundirlas en sus planes de sostenibilidad ni declararlas, optando por el silencio como medida en este movimiento convulso. Otras, como Apple, decidieron mantenerlas, reconociendo que han aportado a la estrategia de su negocio.
Sin embargo, yo que me dedico a estos temas, pues lidero un área DEI en una organización de Antioquia, me he preguntado mucho por qué nos está pasando esto. Más allá de reconocer el proceso político e ideológico que sucede en Estados Unidos, en Argentina y en otros países, que está llevando a estas decisiones, quisiera preguntarme: ¿Qué hicimos mal o qué no escuchamos en la mesa que nos tiene hoy en estos aprietos? ¿En qué momento nos dejamos reducir a ser un área, una serie de programas, políticas y manual de acciones afirmativas? ¿Por qué fue tan fácil acabar con estas áreas? Pues si fuéramos estrategia, finanzas, incluso Talento Humano, esto no ocurriría.
¿Será que jugamos en las trampas del reconocimiento?, nos dejamos nombrar área, es decir, un grupo pequeño que impulsa el tema por toda una organización y que busca permear mediante políticas, siglas, protocolos, procedimientos y programas una organización, pero no logró llegar al ADN o la estrategia. ¿Será que nos convertimos en personas que solo capacitan, regañan, proponen más preguntas al cuestionario, revisan las publicaciones e incluyen componentes en programas, pero no lograron atravesar los símbolos y prácticas culturales de las entidades?
¿Será que no supimos manejar la política de la cancelación? Pues aún no la terminamos de comprender y saber cómo actuar en ella. Aunque entender la cancelación es complejo, pues depende del lugar que se considere (cancelador o cancelado). Lo que vemos hoy es que cada uno se suma a la discusión con su propia definición, motivada por su visión del mundo y sus experiencias. Por lo mismo, la cancelación puede interpretarse de diversas maneras: como una forma de justicia que busca reivindicar derechos, como un ataque al pluralismo o como un fenómeno que silencia el pensamiento crítico.
También, ¿Será que sólo era “DEI Washing”?, como lo llaman en algunos lugares, haciendo referencia a la superficialidad en la conversación, pues dejó de transformar condiciones estructurales y generar redistribuciones efectivas, para reducirse a políticas de mercadeo, como participación en fechas conmemorativas, sacar alguna campaña, tener en la foto las cuotas de poblaciones históricamente excluidas, pero sin generar cambios significativos.
Claramente no estoy atribuyendo exclusivamente la responsabilidad a las áreas DEI, los movimientos sociales y las organizaciones por los derechos humanos, pues sabemos que estamos en tensión con posturas políticas distintas que tal vez jamás se moverían de orilla, sin embargo, a mí me gusta preguntarme para saber qué puedo hacer desde mis orillas y posibilidades de actuación. Esta es solo mi mirada por ahora, pues quisiera aprender de lo que está pasando para comprender mejor mi contexto, mi rol y las acciones que debo movilizar. Sabemos que los derechos están en disputa de manera permanente y acá está en juego la visión de mundo que queremos, el cual para mí es un mundo que sea justo, equitativo, donde la diversidad sea nuestra mayor riqueza y no un motivo de desigualdad.
COL-ID
Por: @luubrave
En estos días, ante tanta convulsión por lo que está pasando con Trump, USAID y sus decisiones sobre la diversidad y la inclusión, donde tiene en jaque a un gran porcentaje de las organizaciones sociales del país frente a su financiamiento y sostenibilidad, paralizando programas y generando cuestionamientos y dudas sobre la garantía de los derechos humanos en el mundo, me hago algunas preguntas.
¿Cómo resolver los problemas públicos que aquejan a los países? ¿Es responsabilidad exclusiva del Estado? ¿De la cooperación internacional, el sector privado o el sector social? Sin duda, es responsabilidad de todos los actores involucrados.
Los problemas sociales son complejos, afectan a múltiples poblaciones y evidencian que la garantía de los derechos aún es un acto en disputa que se está construyendo en la vida cotidiana. Sin embargo, si es multicausal, requiere de un trabajo articulado entre todos los sectores. ¿Por qué parece que la crisis afecta sólo a un sector?
En 2024, el 70% de la inversión en desarrollo humanitario en el país proviene de Estados Unidos. Son alrededor de 400 millones de dólares y generan más de 10.000 empleos para el sector social.
El gobierno de Estados Unidos decidió congelar las operaciones de USAID. Con esta decisión, proyectos ambientales, el cuidado del Amazonas, la implementación de los acuerdos de paz, el fortalecimiento institucional, la equidad de género, el desarrollo rural y la migración, entre otros, están en peligro de desaparecer. Así como las organizaciones sociales que los ejecutaban.
Considero que, como país, no estamos dimensionando las consecuencias de esta decisión. Pues no sólo es la pérdida o el debilitamiento de un sector, sino que es la afectación directa a múltiples poblaciones que sólo mediante estos proyectos tenían intervención.
Sin duda, este no es un texto para defender a USAID. Es una pregunta contundente al Estado colombiano. Pues, ¿desde qué momento el Estado descargó la responsabilidad de garantizar los derechos humanos y promover el desarrollo social en la cooperación internacional? Es más, ¿cuál es el plan de contingencia que está diseñando para acompañar y no dejar caer los proyectos ante lo que está sucediendo?
Las organizaciones sociales no deberían estar montando encuestas para reconocer el impacto de esta decisión, ni pensando qué proyecto montar para venderle a otra cooperación, o negociando sus agendas para poder sobrevivir. Ni mucho menos deberían estar construyendo mesas de articulación para analizar el impacto. Tal vez deberíamos estar exigiéndole al Estado que asuma su lugar.
Por otro lado, ¿el sector privado qué está pensando? Y esto es grave y preocupante. Pues ahora, solo por el ruido generado por Trump y sus aliados, está poniendo en tela de juicio sus agendas de sostenibilidad y diversidad. Todo lo construido, todos los resultados obtenidos al incorporar dichas preguntas se están poniendo en duda. Y tomando decisiones que retroceden incluso con su propia rentabilidad. Dejando explícito que estas conversaciones solo fueron fruto de tendencias y no de una reflexión profunda sobre la importancia de dichas agendas.
También me pregunto, ¿cuál es el papel de la cooperación internacional? ¿Era imponer una agenda con su financiación o aportar en lo que ya se venía construyendo en el país? ¿Cómo permitimos que se generara este nivel de dependencia? Claro, esto es una manifestación del neocolonialismo, por supuesto.
Con todo lo anterior, reflexiono, ¿era entonces nuestra agenda por el desarrollo social y los derechos humanos? ¿O simplemente fue la adaptación a las tendencias de EE. UU. y, por ende, en su financiación? ¿Cuál es entonces la propia agenda de un país como Colombia? ¿Cuáles son los puntos en común que nos unen como sectores? Porque el problema no es solo de financiamiento, es de construcción de agenda pública para resolver los problemas sociales que nos agobian.
La diosa Muerte
Por: @luubrave
Usualmente, en nuestra cultura, hablamos de un dios masculino, omnipresente y con un fin de características que nos acompaña siempre, sin embargo, me gusta pensar en los misterios de la vida como diosas que poco entendemos ni logramos explicar. Hoy, la muerte ha sido la diosa con la cual he conversado en el último mes.
Esta diosa se ha presentado de muchas formas. En una, se presentó como decisión, permitiendo que fuera una posibilidad continuar o no con la vida; en otra, se manifestó como cuidado, pues aunque se sabía que el resultado era inminente, esta diosa permitió acompañar, entregar amor y transitar la ausencia; sin embargo, la última fue escalofriante, se presentó de manera arbitraria, no hizo paces con quienes estaban cerca, arrebató a quien se ama de una forma fugaz. En ese relámpago, no dio tiempo para respirar, tramitar y entender.
Comprendí que con esta diosa, las conversaciones son sutiles, complejas, llenas de ambigüedades y misterios. Reconozco que la diosa tiene formas tan complejas en que se presenta que nos obliga a conversar con ella, hacer arreglos para pedir tiempo o tregua en sus manifestaciones. Ella nos hace solicitarle acuerdos para tramitar la ausencia que deja su paso; y, a veces, estas concesiones están cargadas de símbolos y rituales que se convierten en cariño y abrazo al alma.
Sin embargo, hay algo curioso con la muerte, porque aunque se lleva a alguien, también nos enseña y nos da pistas para aferrarnos a la vida. Estos apegos manifestados en tantos símbolos como fotos, árboles, cementerios, novenas, misas, etc. Nos ayudan a vislumbrar que la vida continúa siempre, sujetándonos a ese algo que nos iluminó esta diosa. De esta manera, pareciera que la diosa muerte que nos acompaña todo el tiempo nos habla, aunque no necesariamente la estemos escuchando.
Estos sucesos me hicieron pensar en la conversación que tiene mi ciudad con la muerte, porque aunque somos una tierra creyente “al sagrado corazón”, con la muerte también somos hipócritas, pues cantamos y lloramos cuando se presenta, nos resentimos cuando arrebata a un ser amado, y hacemos las paces con las ausencias; pero al mismo tiempo, no hay acuerdos con ella para el respeto por la vida, para comprender el tránsito vital de esta especie y el cuidado que implica la labor de la diosa.
Menciono esto porque en las últimas semanas que nos ha atravesado de nuevo el dolor de La Escombrera, me he preguntado con la muerte: ¿cómo hacemos en esta ciudad para tramitar que nuestros vecinos fueron torturados, asesinados, masacrados y arrojados a una escombrera por años?, ¿cómo hacemos en esta ciudad para lucrarnos de un turismo que se jacta de esta historia? Pues, mientras miles de extranjeros suben diariamente las escaleras eléctricas de la Comuna 13, allí en lo alto de su mirador, al frente, se ve La Escombrera, tierra que hoy nos grita verdad y memoria, pues después de 20 años se ha manifestado con pruebas para recordarnos la escalofriante historia que nos atraviesa.
Por ello, le pregunto a la muerte: ¿qué herramientas le diste a las mujeres que han defendido la memoria de sus hijos por 20 años para que continuaran haciendo treguas contigo? Y puedo evidenciar que la osadía de dichas mujeres y madres en la insistencia de la búsqueda no es solo para pedir explicación a la diosa, es para pedirle dignidad a una forma de morir que no es justa, que es arbitraria, hostil e inhumana.
Porque allí no solo se ensañó la muerte con estos cuerpos, se hizo presente el odio, el dolor, la incertidumbre y hasta el desconcierto. ¿Cómo concilia una familia con la muerte si ni siquiera ha tenido un cuerpo para ritualizar? ¿Qué acuerdo se llega con ella si el motivo es una guerra que no tiene que ver contigo?
Estas preguntas me hicieron recordar todas las conversaciones y consensos que han tenido estas mujeres y los habitantes de la 13 con la diosa muerte para sobrellevar esto. Conozco de cerca los símbolos, dolores y rituales que mis vecinos y vecinas crearon por años para transitar este dolor. ¿Será que este alcalde los conoce? ¿Será que este alcalde entiende que borrar un grafiti es borrar un ritual de memoria?, ¿Es borrar una conversación manifiesta que han tenido los habitantes de esta ciudad con la muerte?
¿Cuándo esta ciudad tendrá conversaciones con la muerte de una forma virtuosa? Con el fin de no tener que exigir dignidad y memoria por las personas que se fueron en las condiciones más inhumanas. ¿Será que la diosa nos enseñará a cuidarla, a honrarla, a caminar con ella y hacer memoria en dignidad?
#NOSOTRASPORTODAS 🙋🏽♀️ Junto a Lu García reflexionamos sobre el cuidado como un acto político y no cualquier acto, sino ese acto sobre el que se sostiene la vida 👇
¡Nuevo episodio de No Apto para Fanáticos!
Junto a María Antonia Rincón (@MariantoniaRG) , Luisa García (@luubrave) y Catalina Montoya (@catamontoya). Escúchalo completo aquí o en Spotify👇
¿Es el voto femenino el mayor logro político para las mujeres? ¿Una mujer presidenta es garantía de equidad y defensa de los derechos de las mujeres? ¿La ley de cuotas es eficaz? En esta conversación, tres columnistas de No Apto celebran los 70 años del voto femenino en Colombia y abren más interrogantes y reflexiones sobre la participación de las mujeres en escenarios de poder públicos y privados.