LA VEJEZ NO VENDE…AÚN
Si un extraterrestre aterrizara y decidiera comprender nuestra civilización observando únicamente televisión abierta, la publicidad o el scroll de Instagram, llegaría a una conclusión tan absurda como inquietante: el ser humano es una criatura intensamente viva hasta los cuarenta años; después de ese umbral biológico y comercial, se disuelve en una bruma de irrelevancia. No muere, no desaparece del todo, pero deja de existir para la escena pública. Se vuelve estadística, sólo ruido de fondo. Como si la vida tuviera un límite y el sistema optara por retirar el producto de la vitrina antes de que las arrugas incomoden al espectador.
La tercera edad, la vejez, los adultos mayores, los viejos, la gente grande. El idioma se multiplica en eufemismos para suavizar una realidad que el mercado prefiere esconder. Chile envejece con una velocidad incómoda: una tasa de natalidad que bordea el 1,14 hijos por mujer no es una cifra técnica, es una advertencia civilizatoria. Pero esta no es una columna sobre demografía, salud o pensiones. Es una alerta sobre el trato —o más bien el destrato— que la sociedad chilena dispensa a quienes caminan en el ocaso de la vida.
En Chile, el protagonismo tiene fecha de vencimiento. Pasados los 65 años en los hombres y los 60 en las mujeres, el sistema parece decir “gracias por participar”. La publicidad, la televisión, la moda y el consumo rinden culto a la juventud activa, productiva, deseable. Es comprensible desde la lógica del mercado, pero devastador desde la lógica de la cultura. Se confunde novedad con valor, frescura con talento, velocidad con inteligencia. La experiencia, en cambio, es tratada como un defecto de fábrica.
En la televisión argentina es habitual ver periodistas y panelistas sobre los 75 años; en Europa, intelectuales longevos ocupan la pantalla sin pedir disculpas por sus arrugas. En Alemania, España o el Reino Unido, la cana es una credencial, no un estorbo. En Chile, la pantalla premia la tersura y castiga la profundidad. Se elige con pinzas a uno o dos veteranos para hablar de planetas, el tarot, el horóscopo o simplemente efemérides, mientras el debate cotidiano queda en manos de la ocurrencia, el grito y la frase corta.
“Gente grande”, dicen en Argentina. Grande en edad, sí, pero sobre todo grande en recorrido. Aquí preferimos viejos que se resisten a envejecer: cirugías, colágeno y silicona como pasaporte ilusorio al futuro. Como si la dignidad estuviera en borrar las huellas del tiempo y no en exhibirlas. Simone de Beauvoir advertía que “la vejez pone al desnudo el fracaso de nuestra civilización”. Quizá por eso la ocultamos.
Los adultos mayores son quienes pusieron las baldosas para que hoy caminemos. Profesionales, comunicadores, ingenieros, diplomáticos, profesores, académicos: cientos residen en el anonimato porque el modelo está diseñado para lo joven, incluso cuando lo joven es banal o francamente ignorante. Se privilegia la imagen rápida por sobre la palabra trabajada; el trending topic por sobre la idea con memoria. El filósofo George Santayana recordaba que pensar es dialogar con el pasado. En Chile preferimos dialogar con el algoritmo.
No pertenezco —aún— a ese grupo, pero el peaje se acerca para todos. Y resulta grotesco que busquemos consejo en nuestros padres y abuelos para la vida íntima, mientras les negamos la palabra en el espacio público. La vejez no es inoperancia, no es obsolescencia, no es pecado. Japón, Alemania e Italia —sociedades envejecidas— han entendido que integrar a su gente grande no es caridad: es inteligencia colectiva. Mantenerlos visibles, activos y escuchados es una inversión cultural.
Quizá el problema no sea la edad, sino el miedo a las arrugas porque no venden…aún. Pero el día en que entendamos que la experiencia ilumina más que el reflector, la pantalla dejará de ser un espejo adolescente y se convertirá, por fin, en una ventana hacia una sociedad más justa, más culta y verdaderamente adulta. @MisColumnas
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@Rincon001A Triste que muchos profesionales de la salud actualmente estén tan enfermos psicológicamente, y que por eso descarguen toda su sociopatia con sus compañeros de trabajo y también con los pacientes. Definitivamente perdieron el norte humanístico fundamental en estas profesiones
Que locura perdimos el rumbo, la sensatez y el respeto que debemos tener cuando estamos ejerciendo y funciones públicas que obligan no tomar posiciones a todas luces personales https://t.co/DPFF6XZktt
@EnriquePenalosa@nadiesdagc Cuando un político aspira a un cargo como la presidencia para abusar de su poder y así poder saquear por la derecha los recursos de los trabajadores ahorrados año tras año para poder tener una entrada que permita sostenerse en su vejez, esto indica falta de valores y principios
@sergio_fajardo De acuerdo, muy fácil prometer ese tipo de soluciones, saqueando los fondos de los pensionados que trabajaron honradamente toda la vida, para poder tener como sostenerse en su vejez.