Te voy a coser el órgano de un cadáver. Y que sea lo que Dios quiera.
¡Hoy 17 de junio, se cumplen 76 gloriosos años de una de la mayor salvajada quirúrgica de la historia!
Chicago, 1950. Ruth Tucker tiene 44 años y unos riñones destrozados por una enfermedad poliquística (por cierto, mi Graná es zona endemica). No hay diálisis moderna que la salve.
Pero… ¡tachan! Entra en escena Richard Lawler.
No tenía fármacos inmunosupresores. Sólo tenía un par de manos muy hábiles y nervios de acero. Decide coger el riñón de una mujer recién fallecida y empalmarlo en el cuerpo de Ruth.
A nivel inmunológico, aquello era como tirar una granada. Rechazo garantizado.
Pero Lawler abre y cose. Cruza los dedos.
El milagro ocurre. El riñón del cadáver se irriga y empieza a producir orina allí mismo.
Ruth toleró el órgano invasor 10 meses. El tiempo exacto que necesitó su otro riñón enfermo para desinflamarse y recuperar algo de función, regalándole cinco años más de vida.
¿Y qué premio recibió Lawler por realizar el primer trasplante de un órgano interno con éxito y abrir una nueva era médica?
El desprecio absoluto.
Sus colegas le hicieron el vacío. Lo acusaron de jugar a ser Dios, de profanar cadáveres. Nunca más volvió a hacer un trasplante.
Hoy salvamos miles de vidas al año gracias a esa misma cirugía.
Porque en la medicina, la línea entre locura y genialidad es MUY FINA. Y se cruza con bisturí. El primero que se atreve… suele llevarse todas las pedradas.
#LaTraumatologaGeek
La crisis de fertilidad no se arregla con slogans ni con ministerios. Se arregla cuando la sociedad vuelve a tratar a los hijos como una parte central de una vida buena, no como un accidente financiero que hay que postergar hasta que todo sea perfecto.
El problema es que el momento perfecto no llega. Primero hay que estudiar, luego trabajar, luego comprar casa, luego estabilizar la pareja, luego viajar, luego ahorrar. Cuando por fin parece razonable tener hijos, muchas parejas descubren que la biologia no esperaba. Y nadie les habia explicado con suficiente claridad que la fertilidad cae antes que las ganas de ser padres.
Tambien hay un error cultural enorme: presentar a los hijos como el final de la libertad. Mi experiencia es la contraria. Los hijos te quitan libertad superficial, pero te dan una libertad mas profunda: la de dejar de vivir solo para ti mismo. Te obligan a ordenar prioridades, a pensar en decadas, a construir algo que te trasciende.
Los gobiernos pueden ayudar con impuestos, vivienda, guarderias y horarios laborales mas humanos. Pero la solucion no sera solo economica. Es cultural. Tenemos que volver a decir sin complejos que formar una familia es una de las grandes aventuras de la vida, no una renuncia. La tecnologia reproductiva ayuda mucho, pero no reemplaza una cultura que anime a empezar antes.
Por qué usar las cosas hasta que se gastan dice más de tus relaciones de lo que crees.
El conformismo no está de moda. Es como un insulto en este mundo de optimización e hiperproductividad.
Además, la insatisfacción hace match con el capitalismo y tienes miles de cachivaches brillantes con los que distraer tu cerebro a cambio de dinero... o de tu atención.
Siempre hay algo mejor, nunca es suficiente.
Nuestra vida es el upgrade sin fin.
El coche, el móvil, la ropa, la novia... nada se libra de ser intercambiado por algo más lujoso, con más calidad, más bonito o con 7 años y 10kg menos.
Si tengo un coche que me transporta, me da igual que ya no huela a nuevo.
Si tengo un Kindle que no voy a poder conectar con mi cuenta de Amazon (gracias Jeff)... pues todavía me sirve para leer en él.
Y si estoy con una persona que me gusta y encaja conmigo, no me estoy preguntando si habrá alguien mejor en la clase de Crossfit.
No sé si es casualidad, pero hay gente a la que le dura tanto el iPhone como el matrimonio.
Nos cuesta quedarnos con lo bueno si sabemos que existe la posibilidad de tener algo mejor.
La habilidad que lo cambia todo es que no te importe que haya algo mejor cuando tienes algo valioso. F*ck you upgrade!
Por eso tengo un Kindle de 2012.
Un coche de 2013.
Un ordenador de 2015.
Y hace casi un año que dije "hasta que la muerte nos separe".
This is one of the most important studies in sleep science.
Van Dongen et al. ran the experiment that changed how we understand chronic sleep restriction. They had subjects sleep 4h, 6h, or 8h nightly for 14 days, testing cognitive performance every 2 hours.
The 6h group’s reaction time deficits by day 14 matched subjects who had been awake for 24 hours straight. The 4h group? They performed like someone awake 48 hours.
But here’s what makes this study terrifying.
The Stanford Sleepiness Scale ratings in Panel B plateau after day 3-4. Subjects stopped feeling more tired even as their cognitive performance continued deteriorating through day 14. Your subjective experience of fatigue is a lagging indicator that eventually just… stops updating.
This explains why chronic undersleeping feels sustainable. You’ve adapted to feeling tired. Your prefrontal cortex hasn’t adapted to being impaired.
The PVT (Psychomotor Vigilance Task) in Panel A measures lapses in attention. These are the moments where you’re staring at a screen and your brain simply checks out for 500ms. Every additional day of 6h sleep adds more lapses. The curve never flattens.
Panel C and D show working memory and processing speed. Same pattern: continuous degradation with no subjective awareness.
The practical implications:
If you’re sleeping 6h and think you’re functioning fine, you’ve lost the internal calibration to know you’re not. The subjects in this study would have told you they felt “okay” while performing like they’d pulled an all-nighter.
For anyone doing cognitively demanding work, this means you cannot trust how you feel. You need to track objective markers: error rates, decision latency, problem-solving throughput.
Sleep need is biological, not negotiable. Most adults require 7-9 hours, and the research shows no population-level adaptation to chronic restriction. “I only need 6 hours” is almost always “I’ve forgotten what baseline cognition feels like.“
La mayoría de la gente pasa casi toda su vida sin ser conscientes de que pasan “cosas”, siempre están pasando “cosas”.
Y esto es una de las lecciones que aprendí en mi primer año de bombero.
Ya llevo varios servicios así a mis espaldas, de vidas rotas, de desgracias e injusticias de carne y hueso, de piel y sangre, de lamentos y lágrimas sin consuelo…
No existe explicación, respuesta ni refugio para aquellos que se topan con la realidad de la vida, cuando descubren que eso que suelen ver en la televisión o en las noticias, eso que era “lo ajeno”, “lo de otros”, se topa contigo y te tritura de frente como si de un camión pasándote por encima se tratara.
Está anestesia hace que vivamos la vida en piloto automático, y cuando se desconecta, cuando tomamos contacto con la parte más cruel y trágica de un cisne negro, no nos lo podemos creer, “no podemos creernos que esto sea real, que nos esté pasando a nosotros”
Tenéis (tenemos) que entender que la vida, la realidad, no entiende de injusticias ni de desgracias, de eso solo entendemos nosotros. Y una de ellas puede tocarte de la forma más cruel, dura y despiadada que te puedas imaginar, que no os quepa ninguna duda.
Disfrutad de la vida, de vuestra pareja, de vuestros padres, amigos, allegados, disfrutad de ese regalo tan perfecto y bello que se nos ha dado en forma de préstamo (que es lo que son), y disfrutadlos siempre teniendo en la mente que en la vida, como digo, “pasan cosas”, y siempre seguirán pasando.
D.E.P.
Ha acabat el funeral d’estat. Ara tornem a casa i en arribar esta nit molts pares, mares, filles, amics, retroben el buit de l’absència.
Ha passat un any.
Han passat massa coses.
I el temps no cura tot.
El temps, només passa.
Ara plou. Pareix que el cel també plore per nosaltres.
Muy interesante esto, nuestros gustos musicales se graban en la adolescencia por un proceso parecido al imprinting de Konrad Lorenz:
Este estudio ha investigado por qué la música de nuestra adolescencia, especialmente alrededor de los 17 años, nos marca de por vida. Este fenómeno, conocido como el "reminiscence bump" (pico de reminiscencia), revela que las canciones de esa etapa se convierten en anclas emocionales imborrables, gracias a una combinación perfecta entre el desarrollo neurológico y las vivencias de esa edad. El cerebro adolescente, ávido de emociones y recompensas, absorbe estas experiencias musicales como una esponja, dejando huellas profundas que moldean nuestra identidad.
El estudio, que recopiló respuestas de casi 2.000 personas de 84 países, pidió a los participantes que eligieran una pieza musical con un significado personal profundo. Los resultados muestran que la música no solo es un entretenimiento, sino una especie de máquina del tiempo emocional. Según la investigadora principal, la Dra. Iballa Burunat, la música de la adolescencia se graba tan hondo porque el cerebro aún está madurando, sin filtros completos, lo que hace que las emociones asociadas a las canciones se vivan con una intensidad única. Además, su estructura (ritmo, melodía) actúa como un marco temporal que nos ayuda a revivir no solo un sentimiento, sino todo el contexto de un momento pasado.
Un hallazgo curioso es la diferencia entre géneros. En los hombres, el pico de recuerdos musicales se da antes, alrededor de los 16 años, ligado a la rebeldía y la búsqueda de independencia, a menudo a través de géneros intensos como el rock o el hip-hop. En las mujeres, el pico llega más tarde, pasados los 19, porque sus conexiones musicales están más vinculadas a lazos emocionales y sociales que se extienden hasta la adultez joven. Las mujeres tienden a conectar con una gama más amplia de géneros (pop, soul, clásica) y usan la música para reforzar relaciones, lo que retrasa su "pico musical". A lo largo de la vida, los hombres tienden a quedarse anclados a la música de su juventud, mientras que las mujeres, especialmente a partir de los 40, conectan con canciones más recientes, ligadas a nuevas experiencias o relaciones.
Otro punto fascinante es el "cascading reminiscence bump", que muestra cómo los jóvenes de hoy se enganchan a música de hace 25 años, como el rock clásico de sus padres o iconos culturales de épocas pasadas. Esto sugiere una influencia transgeneracional, donde la música de otras décadas sigue moldeando identidades.
En resumen, la música es mucho más que un pasatiempo: es un archivo de memorias y una herramienta clave para construir quiénes somos. Como dice Burunat, la música es como un perfume que evade las barreras del lenguaje y nos transporta al pasado, pero con el poder añadido de contarnos una historia completa a través de su estructura. El estudio nos recuerda que esas canciones que nos obsesionaban de adolescentes no son solo nostalgia, sino piezas fundamentales de nuestra identidad.
A mí todo esto me ha recordado el famosos imprinting de Lorenz, ya sabéis, ese proceso observado en patos y gansos por el cual los polluelos, en una ventana crítica de su desarrollo (justo después de nacer), se "fijan" emocionalmente en el primer objeto en movimiento que ven, normalmente su madre, y lo siguen como si su vida dependiera de ello. Es un mecanismo biológico rápido, casi automático, que ocurre en un momento muy específico y deja una marca imborrable para su comportamiento futuro. El "reminiscence bump" musical, aunque no es tan instintivo ni inmediato como el imprinting, comparte la idea de una ventana crítica en la que las experiencias se graban con una intensidad especial.
Las similitudes clave serían:
-Ventana crítica: Tanto el imprinting como el reminiscence bump ocurren en un periodo específico (recién nacidos para los patos, adolescencia para la música).
-Impacto duradero: Ambas experiencias dejan una huella profunda que influye en el comportamiento o las emociones a largo plazo.
-Componente emocional: En los patos, es un apego instintivo; en humanos, la música se asocia a emociones intensas que moldean nuestra identidad.
Por supuesto, hay diferencias y en el caso de la música no es algo tan instintivo sino ue hay también factores culturales, pero no deja de ser curioso.
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