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Este editorial de NATURE sostiene que la forma en que las nuevas generaciones consumen información está cambiando radicalmente. Concluye que si los científicos quieren seguir influyendo en el debate público, tienen que adaptarse a ese nuevo formato del ecosistema informativo y que la comunicación científica del futuro deberá ser cada vez más breve y visual.
Cada época moldea los instrumentos con los que busca la verdad, pero eso, a su vez, también transforma la capacidad para atenderla. En la cultura contemporánea, la atención parece dispersarse en haces cada vez más breves. Y el riesgo de que eso cambie nuestra forma de pensar es elvado. N. Postman advirtió que una sociedad puede llegar a preferir lo que entretiene a lo que explica. Así que el verdadero escollo estará en lograr que la búsqueda de la verdad sobreviva al cambio de formato. Habrá que ver si seguimos siendo capaces de distinguir entre información -que puede consumirse en segundos- y conocimiento -que exige concentración y tiempo-. Ninguna revolución tecnológica debería volver obsoleta esa importante diferencia
The philosophy entrance exam to ENS, France's most selective school and the one with the most Nobel Prizes per student worldwide.
This year's subject: "The authority of science." 6 hours. Handwritten.
Hace 65 años atrás, en Argentina, se ponía en funcionamiento la primera computadora de Latinoamérica.
La primera programadora del país fue una mujer: Cecilia Berdichevsky, matemática formada en la UBA.
Fue un lunes en el Pabellón I de Ciudad Universitaria, segundo piso, en una sala que tuvieron que reformar para poder meter lo que llegó dentro de un cajón embarcado en Manchester siete meses antes: una máquina inglesa de dieciocho metros de largo, dos de altura, que consume sesenta y ocho kilowatts (la electricidad de varias casas juntas). Cuando termina un cálculo, toca los primeros acordes de "Oh My Darling, Clementine". De ahí el sobrenombre "Clementina".
Frente a la máquina, una mujer de 36 años que hace tiempo que viene trabada con un problema de física: una serie matemática que tiene que resolver a mano, con regla de cálculo, sumando término por término. Lo que en los papeles le lleva días, Clementina lo va a hacer en segundos. Pero ella todavía no lo sabe.
Todavía no existían los lenguajes de programación amigables, ni pantalla, ni teclado. Solo cinta de papel perforada.
Con la máquina llegó también una segunda inglesa: Cicely Popplewell, programadora, formada al lado de Alan Turing en Manchester. Ella es la que le enseña a Cecilia las instrucciones para meter el problema de física adentro de Clementina. Escribe el programa en menos de media hora y la máquina lo resuelve en un instante.
Días de cálculo a mano, respondidos en lo que tarda un parpadeo. Esa fue la primera vez que alguien en este país sintió lo que sentimos hoy con la IA: que la escala del trabajo intelectual cambia de golpe.
Para colmo, liberaron el uso de la máquina para todos: cualquiera que supiera, podía usarla. Una computadora pública, en una universidad pública, formando a la primera generación de programadores del país.
Hasta que el 29 de julio del 66, los milicos entraron al pabellón a los bastonazos. Sadosky se tuvo que exiliar y el Instituto de Cálculo se desarmó. Clementina siguió funcionando unos años más hasta que la dieron de baja en el 71.
Tardamos siete meses en armarla…y cinco años en romperla.
En castellano las cosas TIENEN (o no) sentido.
Eso de que las cosas «HAGAN» (o no) sentido queda espantoso y obedece a malas traducciones (to make sense) transformadas luego en muletillas corporativas.