Realiza @ibt_unam investigación de excelencia.
Se publicaron 173 artículos y le fueron otorgadas al Instituto nueve patentes.
Primer informe del segundo periodo de Laura Palomares.
https://t.co/s766sQSvuR
@Aeromexico qué mal que al hacer un cambio en la fecha de mi vuelo, la app me ofreció la opción más chafa (escala de 12 h) habiendo lugar en el vuelo directo. Aparte… me cobraron cambio de ruta, sin ser necesario (no tenía escala, ahora sí tengo…paga!). Muy mal, qué #abuso
Recientemente Carlos Sedano, académico en Sociología de la Universidad de Guadalajara, escribió lo siguiente. Muy actual y necesario de leer en estos tiempos si te dedicas a la educación universitaria:
Universidades fuera de tiempo
La IA no llegó tarde. Las universidades sí.
La inteligencia artificial generativa no está ausente de las universidades. Está en los estudiantes, en sus tareas, en sus procesos cotidianos. Lo que está ausente es la universidad misma en esa transformación. No hay discusión seria, no hay rediseño, no hay decisión. Ese vacío suele interpretarse como prudencia, pero en realidad es otra cosa: incapacidad de procesar un cambio que ya ocurrió. No es que la universidad no quiera responder. Es que no sabe desde dónde hacerlo.
El diagnóstico dominante señala a la gobernanza: estructuras lentas, procesos burocráticos, decisiones tardías. Es cierto, pero es insuficiente. El problema no es solo que la universidad decida lento, sino que no sabe qué decisiones tomar cuando el conocimiento ya no se produce como antes. La IA no es una herramienta externa. Interviene directamente en la búsqueda de información, la escritura, la argumentación, la síntesis, la evaluación. Es decir, en el núcleo mismo del trabajo académico. Y ahí la gobernanza tradicional se queda sin categorías.
Ahora bien, reducir la IA a una amenaza es igualmente superficial. Su potencia es real y concreta. En investigación, permite explorar estados del arte en minutos, identificar patrones en grandes volúmenes de datos, proponer hipótesis plausibles y simular escenarios que antes requerían semanas de trabajo. No sustituye la validación científica, pero reorganiza radicalmente el punto de partida: el investigador ya no comienza desde cero, sino desde múltiples configuraciones posibles que puede contrastar, refinar o descartar.
En educación, su impacto es igual de profundo. La IA puede ofrecer explicaciones personalizadas, adaptar niveles de dificultad, generar ejemplos alternativos y acompañar procesos de escritura y argumentación en tiempo real. Esto no elimina al docente, pero sí transforma su función: de transmisor de contenidos a diseñador de experiencias de aprendizaje. Bien integrada, la IA no simplifica el aprendizaje; lo vuelve más exigente, porque obliga a evaluar, comparar y decidir entre múltiples opciones.
El problema es que esta potencia no opera en el vacío. Sin rediseño institucional, tiende a deslizarse hacia el uso más fácil: el sustitutivo. La IA no solo amplía capacidades; también reduce esfuerzo. Y en entornos donde la evaluación sigue centrada en productos fácilmente generables, la delegación no es un abuso: es una consecuencia lógica. El estudiante no deja de pensar por falta de ética. Deja de hacerlo porque el sistema ya no lo exige.
Pero aquí es donde aparece una distinción decisiva que suele perderse: uso sustitutivo no es lo mismo que uso complementario. El primero delega la operación cognitiva; el segundo la reorganiza y la intensifica. En el uso complementario, la IA no reemplaza el pensamiento, sino que lo desplaza hacia niveles más exigentes: comparar versiones, detectar errores, refinar argumentos, explorar alternativas. No elimina el esfuerzo; cambia su naturaleza.
La diferencia no es menor. Mientras el uso sustitutivo produce respuestas sin proceso, el complementario expone al estudiante a múltiples configuraciones del problema, obligándolo a decidir entre ellas. La IA deja de ser una respuesta y se convierte en un entorno de posibilidades. Y en ese entorno, pensar no desaparece: se vuelve más complejo, porque ya no consiste en producir desde cero, sino en evaluar críticamente lo que ya está dado.
Por eso, el uso complementario no ocurre espontáneamente. Requiere diseño curricular y diseño de la operación científica. Requiere tareas que no se puedan resolver con una sola respuesta, evaluaciones que premien la intervención del estudiante, y criterios que distingan entre lo plausible y lo válido. Sin esas condiciones, la tecnología empuja hacia la sustitución. Con ellas, puede convertirse en un amplificador real del aprendizaje.
El punto es claro: la IA no determina el resultado. Pero sí condiciona la dirección. Y en esa dirección, el uso complementario no es una opción más. Es la única forma de integrar la tecnología sin vaciar la operación misma del aprendizaje.
El silencio institucional no es neutral. Es una forma de decisión por omisión. Mientras no se regula, no se integra, no se rediseña, el uso ocurre igual, pero fuera de la mirada universitaria. La universidad no controla ni orienta. Simplemente llega después. Y cuando llega, lo hace con reglas pensadas para un mundo que ya no existe. El problema no es que la IA avance rápido. Es que la universidad sigue operando como si no hubiera cambiado nada.
Hay una contradicción más profunda. Se teme que la IA sustituya el pensamiento, pero se siguen evaluando productos que la IA hace mejor: ensayos, resúmenes, explicaciones. La institución no ha cambiado lo que pide, aunque el entorno cambió lo que se puede producir. En ese desfase, el estudiante no deja de pensar por decisión propia. Deja de necesitar hacerlo. Y cuando pensar deja de ser necesario, desaparece de la práctica, aunque siga siendo valioso en el discurso.
La solución no es prohibir ni adoptar sin condiciones. Es rediseñar. Pero rediseñar no significa agregar cursos de IA. Significa decidir qué parte del proceso académico no puede delegarse: buscar información, formular problemas, justificar hipótesis, evaluar resultados. Sin esa frontera, todo lo demás es retórica. La universidad no necesita más innovación declarativa. Necesita operaciones distintas que obliguen a intervenir, no a copiar.
La investigación muestra el mismo problema. La IA amplía el espacio de posibilidades, pero lo hace a partir de lo ya existente. No produce desde el vacío, sino desde patrones dominantes. Esto introduce un riesgo silencioso: la innovación puede volverse recombinación. El investigador deja de crear desde cero y empieza a seleccionar entre opciones preconfiguradas. Eso no es necesariamente negativo, pero exige algo más exigente: criterios más fuertes, no más velocidad.
Hablar de producir conocimiento y pertinencia, sin tocar este núcleo resulta, en el mejor de los casos, superficial. La universidad no compite por tener inteligencia artificial, sino por saber qué hacer con ella. Adoptarla sin rediseñar las prácticas no resuelve nada; al contrario, acelera el problema. La pérdida de relevancia no proviene del avance tecnológico, sino de la incapacidad institucional para redefinir su función frente a ese avance.
Y esa redefinición no es técnica ni administrativa: es, en sentido estricto, curricular y, más profundamente, de rediseño de la operación científica y epistemológica.
Esto implica algo más exigente que incorporar herramientas: supone rediseñar estratégicamente las operaciones cognitivas y performativas de la universidad, investigación, docencia y extensión, desde dentro. No se trata de añadir capas de innovación sobre estructuras intactas, sino de intervenir en la forma misma en que se produce, valida y transmite el conocimiento.
El fondo del problema no es la gobernanza ni la velocidad de respuesta, sino la incapacidad de redefinir qué significa aprender e investigar cuando la respuesta ya no es escasa, sino permanente.
Mientras esa pregunta no se enfrente con claridad, cualquier ajuste será superficial. La universidad puede modernizar su estructura, crear oficinas, emitir lineamientos, incluso adoptar tecnologías de punta. Y aun así, permanecer fuera de tiempo.
Porque el problema no es que la inteligencia artificial haya llegado.
Es que la universidad todavía no decide qué parte de sí misma no está dispuesta a delegar.
Scientists have discovered living bacteria embedded deep inside kidney stones — a finding that could reshape our understanding of how these painful deposits form.
For decades, calcium oxalate kidney stones — the most common type — were viewed as purely chemical formations, where minerals simply crystallized out of urine. However, a new study published in the Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) reveals that many of these stones are actually organic-inorganic biocomposites.
Using advanced electron and fluorescence microscopy, researchers found live bacteria and protective bacterial biofilms intercalated between layers of mineral crystals, even in stones from patients with no clinical signs of infection.
This suggests that microbes may play an active role in stone formation by providing surfaces that “seed” mineral accumulation, gradually trapping the bacteria within the growing stone. The discovery helps explain why kidney stones often recur despite dietary changes and standard treatments: the bacteria hidden inside the mineral structure can evade both the immune system and routine clinical tests, potentially contributing to repeated urinary tract infections.
By shifting the focus from pure chemistry to the interplay between minerals and microbial life, this research opens the door to new prevention and treatment strategies. Targeting the bacterial component could one day offer better solutions for the tens of millions of people worldwide who suffer from this recurrent and often debilitating condition.
[Schmidt WC, et al. (2026). Intercalated bacterial biofilms are intrinsic internal components of calcium-based kidney stones. Proceedings of the National Academy of Sciences, 123(5): e2517066123. DOI: 10.1073/pnas.2517066123]
Muchas bacterias 🦠diferentes en el mundo podrían tener el potencial genómico de “comer” plástico, así que podrían ayudar para reducir la contaminación🧵👇
1️⃣ Investigadores han creado PDCOGs, la base de datos más completa hasta la fecha con más de 625.000 proteínas potencialmente degradadoras de plástico. 📊
2️⃣ El 95% de las especies de procariotas analizadas tienen el potencial genómico para biodegradar al menos un tipo de polímero plástico. 🧬✨
3️⃣ El estudio revela que este potencial está ampliamente distribuido, aunque con variaciones entre ambientes. Desde océanos 🌊 y suelos 🌿 hasta sedimentos, las herramientas biológicas para degradar microplásticos aparecen en múltiples ecosistemas. 🗺️
4️⃣ Este hallazgo permite identificar “puntos calientes” de biodiversidad funcional para futuras misiones de limpieza biotecnológica. 🧪♻️
💡 🧐El estudio es robusto por su escala genómica. Sin embargo, se basa en potencial genómico (lo que podrían hacer), no necesariamente en actividad real en el medio ambiente.
🔗👇🏻 https://t.co/rBvL6wXdyA
#Microplásticos #Biotecnología #Sostenibilidad #Ciencia #MedioAmbiente #Genómica #Biodegradación #EcoFriendly #Investigación #BacteriaPower
The hill I will die on - we have to rethink graduate training.
“Scientists are trained for a world where data speaks for itself. Where misinformation moves slowly. Where scientific expertise naturally rises above noise. That world is gone.”
https://t.co/hWv5M8SQjk
México no se acostumbró a la violencia de un día para otro. Se fue entrenando.
La primera vez que un caso de asesinato me estrujó la mente y la conciencia, fue en 2008: el secuestro y asesinato de Fernando Martí, el hijo de 14 años del empresario Alejandro Marti.
Creo que hablo por muchos aquí.
Tengo grabada en mi mente una entrevista en la que Alejandro dijo que todas las noches dormía, lo poco que dormía, en el piso de la entrada de la casa porque no se imaginaba dormir en una cama mientras su hijo estaba secuestrado.
Dos meses después lo encontraron asesinado en la cajuela junto a su escolta… y el dolorosísimo y tan real grito con el que su padre empezó su activismo y que se convirtió en una consigna social: Si no pueden, renuncien.
Pensé, todos pensamos, que ese caso iba a cimbrar a México, iba a ser factor de cambio de la ola de violencia.
Todos marchamos, todos nos compungimos. Nadie renunció.
Pensamos que iba a ser el hasta aquí.
Y henos aquí, 18 años, 500,000 asesinatos y 130,000 desaparecidos después en el exacto mismo lugar, corrijo, en un círculo del infierno mucho más bajo. Porque las cifras de violencia han aumentado y porque la sociedad tiene un umbral del horror mucho más alto; cada vez nos espantan menos y por menos tiempo los casos.
Hoy, después de Fernando Martí, de Marisela Escobedo, de Ingrid Escamilla, de Debanhi Escobar, de Edith Valdés y de tantos casos que pasan por las primeras planas y se olvidan y de tantos tantísimos casos que no merecen ni una nota al pie. Civiles y políticos, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, en la mira y espectadores. En casas, escuelas, fiestas, iglesias, calles…
No hay lugar seguro.
La gran mayoría de los casos impunes. Las familias ahogadas en dolor, en impotencia, en volver a ser víctimas durante el proceso. En saber que este es el país donde nunca pasa nada
Si no pueden, renuncien.
Hoy vivimos la tormenta perfecta: No renunciaron los responsables de resolver las cosas, ni por incapacidad, ni por colusión, ni por decencia ni por pena.
Y la ciudadanía no se ha puesto a la altura de las exigencias que tenemos que hacer a aquellos que nos “gobiernan y cuidan” (es un decir).
Los casos, cada vez más brutales, cada vez nos asustan menos y los desechamos más rápido al archivo de los olvidados.
Como pasamos del shock → indignación → costumbre → olvido.
Parafraseando a Alejandro Martí en esa entrevista: dormimos cómodamente en nuestra cama mientras el país está secuestrado.
Si guardáramos un minuto de silencio por cada una de las víctimas de homicidios desde entonces (2008-2026) estaríamos callados más de un año.
Irónico porque, de cierta manera, sí estamos callados. No en señal de respeto, en señal de apatía total. No hacemos nada, no pasa nada, no exigimos nada.
Y ojo, esto ha pasado por gobiernos de todos los colores, de todos los pretextos, de todas las estrategias. Todas fallidas como se puede ver, literalmente, en la gráfica.
La sociedad cada vez más impávida. Los reclamos cada vez de más corto alcance. Los criminales cada vez mas impunes. El gobierno cada vez más coludido con el crimen organizado.
No es casualidad. Es consecuencia. Mientras, como sociedad lo dejemos pasar va a seguir pasando. Probablemente en Dinamarca (esa a la que nos asemejamos en el sistema de salud) el gobierno haga su trabajo sin la exigencia de la sociedad civil, porque ese es su trabajo. En México, el gobierno necesita que lo arreemos.
El gobierno tiene que actuar, entregando estrategias claras, que se enfoquen no en la (disque) reforma judicial, sino en los cambios en la atención de primera línea ante las víctimas, dejando de maquillar cifras, rompiendo los lazos de colusión tácita que muchos políticos tienen con el crimen organizado.
Pero la exigencia también tiene que ser a nosotros mismos, como sociedad civil. En exigir rendición de cuentas de todos y cada uno de los casos, diario, por nombre y apellido. En no quitar el dedo del renglón. No es que no sepamos qué hacer; es que hemos decidido no hacerlo.
Levantando la voz, con las mismas palabras que dijo Alejandro Martí en el 2008, con la voz ahogada de dolor: Señores, si piensan que la vara es muy alta, si piensan que es imposible hacerlo, si no pueden, renuncien. Pero no sigan ocupando las oficinas de gobierno, no sigan recibiendo un sueldo por no hacer nada, que eso también es corrupción.
Porque cuando nadie renuncia y nadie exige, la violencia deja de ser una tragedia y se convierte en destino.
@BrendaValgil@dmorenochavez Por voces que viven la tragedia, como @BrendaValgil, madre de un joven desaparecido, sabemos que el gobierno de @Claudiashein y su nefasta @CNDH actúan como cómplices del horror al negar el informe de la @ONU_es: son parte de la desgracia que sufre México, no de su solución.
In 1983, Richard Feynman gave a 1-hour masterclass on imagination and physics.
He broke down:
• Fire
• Atoms
• Motion
• Energy
• Magnetism
But underneath it, he revealed how to think like a scientist
12 lessons from Feynman’s masterclass:
1. Imagination beats knowledge
La forma más elevada de inteligencia no es el coeficiente intelectual. No es la lógica. No es la memoria. No es la velocidad mental.
La forma más elevada de inteligencia es la autorregulación. Es decir, la capacidad de regular estados internos (emocionales, atencionales y conductuales) en función de metas de largo plazo.
Estudios en neurociencia cognitiva muestran que la corteza prefrontal —encargada de planificar, inhibir impulsos y regular emociones— es el principal predictor de toma de decisiones efectivas bajo estrés, más que el CI.
Cuando esta región logra modular la amígdala (miedo, ira, amenaza), el comportamiento se vuelve verdaderamente inteligente.
Por eso vemos algo paradójico: Personas muy inteligentes que fracasan en relaciones, liderazgo o juicio…y personas “normales” sostienen poder, claridad y respeto. No ganan por pensar más rápido. Ganan porque pausan.
Como escribió Viktor Frankl: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir.” Ese espacio es la inteligencia superior. No se enseña en la escuela. No se mide en tests. No se presume. Se entrena cuando eliges no reaccionar, aunque puedas. Cuando prefieres control interno antes que victoria momentánea.
Quien domina su reacción, domina la situación. Y esa —aunque incomode— es la forma más rara y elevada de inteligencia que existe.
¡Qué bueno que México sea un país de clase media!, pero Yeidckol Polevnsky y AMLO decían que cuando sacas a la gente de la pobreza y llegan a la clase media se les olvida de dónde vienen. https://t.co/W7YZ20kFED
https://t.co/5F5SF6NOso
https://t.co/n6FjvMBMZf