GOBIERNO RECULANDO
Fernando Barros, ministro de defensa, termina dandole la razón a la comunidad haitiana y desacreditando todo el relato de la derecha:
“Quiero decir responsablemente…no hay ningún antecedente serio que indique que estamos frente a tráfico de niños, de prostitución infantil, de tráfico de órganos, responsablemente, no hay antecedentes que estos niños estén desaparecidos o perdidos, no hay una sola denuncia o acción criminal que diga ‘mi hijo se perdió’ ni en Haití, ni en Chile ”
FIN DE LA POLÉMICA.
Martín Arrau, el actual ministro de Seguridad, entregó un dossier a la fiscalía para que investigara supuestas cuentas en paraísos fiscales de dirigentes como Desbordes, Bachelet y Elizalde, además del entonces Fiscal Nacional.
Pero todo era mentira
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chile inmediatamente: SASHEIIIIIIIIIIIII
Milo J en tiny desk.
argentinos: "marrón posero, la murga es uruguaya, qué horrible ese con cara de boliviano"
Son tan racistas y clasistas que da pena.
LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas
Lo que esconde una “trama pasional”: la lucha por el control de la PDI y de la nueva institucionalidad de Seguridad que remece a la policía y a la ministra Steinert
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"Quiebra":
Aunque un país no quiebra como una empresa, por último podría usarse el concepto si cae en cesación de pagos de su deuda (default).
En Chile, eso no ha pasado desde 1931.
Bajisimo riesgo país indica que el mercado tampoco lo cree probable.
La ignorancia es atrevida.
Informe de la Comisión Marfán: "La reducción de 1 punto en la tasa del impuesto de primera categoría elevaría gradualmente el PIB hasta completar un aumento de 0,65 puntos al cabo de 10 años. Pero la pérdida de recaudación haría que la holgura neta sea negativa."
Tengo estudiantes mayores de 30 años, en su mayoría mujeres que fueron madres adolescentes o muy jóvenes, trabajaron, criaron, postergaron estudiar. En general no reprueban asignaturas, no faltan a clases, siguen trabajando y criando. La gratuidad les ha permitido estudiar.
Las diferencias políticas son parte de la democracia. El insulto personal no.
Desde instituciones llamadas a aportar al debate público, el estándar debe ser más alto. Cuidar las formas también es una responsabilidad democrática.
Byung-Chul Han, filósofo, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025: “La ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, donde todo se regula mediante prohibiciones y mandatos, sino en una sociedad del rendimiento. Uno se imagina que es libre, pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar. Eso es un espejismo de libertad. La autoexplotación es mucho más eficaz que ser explotado por otros, porque suscita esa engañosa sensación de libertad”.