"La paciencia es la cosa más dura para el espíritu. Pero es lo más duro y lo único que merece la pena aprender. Todo lo que es naturaleza, desarrollo, paz, prosperidad y belleza en el mundo, descansa en la paciencia; requiere tiempo, silencio, confianza".
Hermann Hesse
Acostúmbrate a tu propia compañía, a comer sin nadie al frente, a dormirte sin ruido ajeno, a arreglártelas solo. Vuélvete tan seguro de ti mismo que no necesites que nadie te valide ni te aplauda para seguir adelante.
@ErrorGramatica Si con semejante alboroto no se despertó es porque le dieron burundanga. Seguro las cuentas bancarias y la caja fuerte tambiém se las limpió. De eso tan bueno no dan tanto.
Publican un video inédito de la tragedia ocurrida en Crans-Montana (Suiza), el techo estaba ya ardiendo y seguían bailando con la música y grabando. Increíble cómo la gente tiene tan desactivado el instinto de supervivencia.
https://t.co/PwGRFN0Db4
Érase una vez, una de tres o cuatro años atrás, que hubo una novia costarricense, con la que tuve una relación tórrida. En muchos aspectos se supo hacer inolvidable. Rompimos queriéndonos mucho, pero por esas cosas de la vida, nos fuimos alejando. Cuando arranqué las escrituras de este álbum, ella seguía viva en mi memoria. Lo estuvo durante mucho tiempo, muchísimo, de hecho, aún lo está. A ella dediqué esta canción. El texto viene a ser una descripción de lo que vivimos, de cómo la veía y de nuestra relación. Después de ella, todas las mujeres que fueron entrando en mi vida, incluso las más maravillosas, las más bellas, las más brillantes, fueron medidas por una vara que dejó el listón muy alto. Siento decirlo a estas alturas, pero llegan tiempos de confesión.
Su dulzura, su voz, su piel… y ese modo de andar, de caminar… esas piernas perfectas, una en el mar Caribe, la otra en el océano Pacífico, que remontaban hasta juntarse en el cielo, mi cielo, mi paraíso. Tenía paso cadencíado, acompasado, a ritmo de chachachá. Recuerdo esas faldas de alturas vertiginosas que se resolvían en una cintura que podía apretar entre mis dos manos. ¡Oh, Dios… cuánto adoraba levantarla en vilo y hacerla girar contra el azul infinito! Ella reía y reía, mientras se iba deslizando a tierra, para terminar atándonos en abrazos de infinitos besos.
Ella, la luna de mis noches; yo, su sol y sus estrellas. Todo era posible en la vida menos ella. Tenía ese carácter indómito que la hacía única, esa suma de pequeñas imperfecciones adorables ante las que me fue imposible no sucumbir. Entre ellas una elegancia que a menudo y a propósito descuidaba, para hacerse más deseable, casi al límite de lo ramera. Cuidaba su pelo largo, de bucles negros y prietos, con aceites de aguacate y almendra amarga, y sus cejas… anchas y pobladas, de reminiscencias etruscas, minoicas, me hipnotizaban, me castigaban. Su forma de arquearlas, la a la que nunca pude resistirme, consiguió convencerme de todo. Le dije sí, sí…
Su cama era salvaje, apasionada… y era eterna. En algún momento en medio del amor me quedaba mirándola fijo a los ojos… y algo había en ellos que jamás pude descifrar y que ella no contaba.
Algo muy profundo, muy alejado en el tiempo. Y ese algo demandaba ser amado sin límites, sin tregua. Iba más allá de la necesidad. Como si su capacidad de supervivencia, la de no caer en la oscuridad, dependiese de la cantidad de amor que yo fuese capaz de darle en cada segundo. En esos momentos, se perdía y aparecía un inquietante tabú en el ángel de su mirada.
Su piel, de olivo y ámbar, era de tacto satín. Su boca, la dueña de todos mis besos, la de mi lengua. Ella era mi nena. Mejor escrito… mi Nena, la de mi corazón.
Érase una vez, una de tres o cuatro años atrás, que hubo una novia costarricense, con la que tuve una relación tórrida. En muchos aspectos se supo hacer inolvidable. Rompimos queriéndonos mucho, pero por esas cosas de la vida, nos fuimos alejando. Cuando arranqué las escrituras de este álbum, ella seguía viva en mi memoria. Lo estuvo durante mucho tiempo, muchísimo, de hecho, aún lo está. A ella dediqué esta canción. El texto viene a ser una descripción de lo que vivimos, de cómo la veía y de nuestra relación. Después de ella, todas las mujeres que fueron entrando en mi vida, incluso las más maravillosas, las más bellas, las más brillantes, fueron medidas por una vara que dejó el listón muy alto. Siento decirlo a estas alturas, pero llegan tiempos de confesión.
Su dulzura, su voz, su piel… y ese modo de andar, de caminar… esas piernas perfectas, una en el mar Caribe, la otra en el océano Pacífico, que remontaban hasta juntarse en el cielo, mi cielo, mi paraíso. Tenía paso cadencíado, acompasado, a ritmo de chachachá. Recuerdo esas faldas de alturas vertiginosas que se resolvían en una cintura que podía apretar entre mis dos manos. ¡Oh, Dios… cuánto adoraba levantarla en vilo y hacerla girar contra el azul infinito! Ella reía y reía, mientras se iba deslizando a tierra, para terminar atándonos en abrazos de infinitos besos.
Ella, la luna de mis noches; yo, su sol y sus estrellas. Todo era posible en la vida menos ella. Tenía ese carácter indómito que la hacía única, esa suma de pequeñas imperfecciones adorables ante las que me fue imposible no sucumbir. Entre ellas una elegancia que a menudo y a propósito descuidaba, para hacerse más deseable, casi al límite de lo ramera. Cuidaba su pelo largo, de bucles negros y prietos, con aceites de aguacate y almendra amarga, y sus cejas… anchas y pobladas, de reminiscencias etruscas, minoicas, me hipnotizaban, me castigaban. Su forma de arquearlas, la a la que nunca pude resistirme, consiguió convencerme de todo. Le dije sí, sí…
Su cama era salvaje, apasionada… y era eterna. En algún momento en medio del amor me quedaba mirándola fijo a los ojos… y algo había en ellos que jamás pude descifrar y que ella no contaba.
Algo muy profundo, muy alejado en el tiempo. Y ese algo demandaba ser amado sin límites, sin tregua. Iba más allá de la necesidad. Como si su capacidad de supervivencia, la de no caer en la oscuridad, dependiese de la cantidad de amor que yo fuese capaz de darle en cada segundo. En esos momentos, se perdía y aparecía un inquietante tabú en el ángel de su mirada.
Su piel, de olivo y ámbar, era de tacto satín. Su boca, la dueña de todos mis besos, la de mi lengua. Ella era mi nena. Mejor escrito… mi Nena, la de mi corazón.