Cuando una persona me llama de cierta forma o me dedica unas palabras bonitas, las convierto en pequeñas reliquias afectivas, pero cuando descubro que esos mismos apodos y halagos también han sido entregados a otras personas, algo dentro de mí se encoge un poquito.
Y te pregunto a vos, mujer:
¿en qué momento?
¿En qué momento
te alojaste en mi corazón?
¿En qué momento
te clavaste en mis huesos?
¿En qué momento
me volví predecible
ante tu ser?
¿En qué momento exacto,
la coraza que me protegía,
se deshizo ante tus pies?
Ella es amor, amor, amor.
Amor con alas de colibrí.
Amor con olorcito a flores.
Amor, amor, amor.
La primavera que, contra todo pronóstico,
decidió florecer en medio del invierno.
Mi error es creerle a la muchachita primaveral cada vez que me dice que nos vamos. De alguna forma misteriosa, siempre terminamos en una plataforma completamente distinta.
Una muchachita de mareas, anhelando raíces profundas y firmes; raíces que no teman quedarse cuando llegue el invierno, que no se marchiten ante la primera tormenta y que le enseñen que permanecer también puede ser una forma de libertad.