Lo más difícil de este año ha sido darme cuenta de que no todo el mundo tiene las mismas intenciones que yo, que no todos cuidan como yo cuido, ni valoran como yo valoro. Aceptar eso ha sido una de las lecciones más incómodas, pero también necesarias.
Al final, mi mamá tenía razón. Los amigos de verdad siempre son pocos, y aprender que no porque des lealtad, tiempo e incondicionalidad recibirás lo mismo de vuelta, es una de las lecciones más duras de la adultez.