No quiero un Ministerio de Igualdad. España no lo necesita.
Ni quiero charlas contra la masculinidad tóxica. España no las necesita.
Tampoco quiero sufragar la plantación del coco salvaje con perspectiva feminista en la tribu de los Jarawas. España no lo necesita.
Mucho menos quiero charlas feministas en los colegios, películas que no rentan, espectáculos drag en institutos, puntos violetas, cambios de sexo en la seguridad social, bonos transporte regalados, talleres sobre vulvas empoderadas, campamentos transecológicosfeministas para críos, observatorios de género, observatorios de las mil lenguas y dialectos que tampoco sirven para nada que no sea lucrar a los listos que se han subido al carro, libros elegetebé y feministas subvencionados, y cualquier idea estúpida que no aporta ningún beneficio. España no necesita nada de eso.
Obviamente, no quiero pagar hoteles de lujos, días en aquaparks, masajes y móviles a los ingenieros del sur. Porque España no los necesita.
Y no quiero oenegés parasitarias como Cruz Roja y similares, ni AECID ni cualquier banda de sinvergüenzas que viven a cuerpo de rey desgraciando este país a costa de saquear nuestros bolsillos.
Porque ahí es donde se va el dinero, no son las prostitutas y la coca, eso es una nimiedad entre todo lo que nos roban a manos llenas con la excusa de la inclusión mientras alzan sus deditos soberbios ante nuestras caras agotadas.
Lo que quiero es subirme en un tren y no pensar que puede ser mi último viaje. Montar en un coche y no rezar para no acabar en el fondo de un socavón. Quiero tener cita con el médico en el mismo día. Que pueda salir segura por las noches porque haya policías y falten delincuentes. Quiero que los adolescentes no salgan analfabetos de los institutos, que la universidad no sea un redil infecto de medianías sectarias. Que los abuelos tengan residencias públicas donde sean cuidados y protegidos. Quiero que las mujeres maltratadas sean atendidas y el dinero no se vaya a pagar sueldos de señoras aprovechadas mientras las amenazadas reciben pulseras que las conducen a la muerte. Quiero que la industria cree bienestar y nuestro campo sea motivo de orgullo por su fortaleza.
Quiero volver a la España que fuimos y que acabó hace 20 años, cuando la basura ideológica se apropió de todo. Cuando los frustrados y resentidos impusieron su discurso minoritario de enfrentamiento y victimización, agotando recursos y levantando muros.
Cuando España era un país digno de admiración, no una pocilga tercermundista donde si el Gobierno no te deja a oscuras, acaba contigo por una gota fría o cuando coges el tren equivocado.
Mi amiga trabaja en emergencias desde hace 10 años.
Empezó joven.
Nada la altera ya.
Ha visto de todo.
Accidentes graves.
Infartos masivos.
Personas inconscientes, sangrando, al límite.
Un día le pregunté
qué pacientes nunca se olvidan.
Se quedó callada.
Después dijo:
“No son los politraumatizados.
Ni los que llegan sin reaccionar.
A esos los atiendes.
Actúas.
Sigues.”
Los que se quedan contigo
son los que entran caminando.
Una mujer joven.
Tranquila.
Bien arreglada.
Dice:
“Solo me duele un poco el pecho.”
Un hombre que llegó solo.
No quiso llamar a nadie.
“No quiero molestar”, dijo.
Una mamá que pidió permiso
para mandar un audio rápido.
“Es solo para avisar”, dijo.
Todos repitieron la misma frase:
“Pensé que no era nada.”
Tenían planes.
Citas.
Pendientes.
Mensajes que mandar.
Personas que ver.
Algunos no salieron.
Mi amiga dice que eso es lo que más pesa.
No el caos.
No la sangre.
Sino la normalidad.
Personas comunes
en un día común
pensando que había tiempo.
Desde entonces, cada vez que minimizo algo,
me acuerdo de esto.
La vida no siempre avisa fuerte.
A veces susurra.
Si este texto te hizo detenerte un segundo,
no lo ignores.
Guárdalo.
Y escúchate más.
Le dije a la psicóloga que sentía que habían personas que no reconocían todo el esfuerzo que hago por ellos y me contestó que:
"A veces estamos tan presentes que nos volvemos invisibles, porque siempre estamos"