De repente vuelvo a flotar por la ciudad,
a sumergirme en los túneles,
a ver la ciudad por una vitrina,
a sentirme libre.
De un momento a otro
me doy cuenta que siempre
estaré explorando,
explorando mi memoria;
pero que cuando vuelvo a cruzar
tendré un mapa y una bienvenida.
En tiempos de tanta beligerancia, quiero traer aquí este beso, probablemente la representación más antigua de la humanidad. Una pintura rupestre descubierta en el Parque Nacional Serra da Capivara, Brasil. Conjeturan que podría datar de 50.000 años atrás.
📷 Toni Pires @el_pais
¿Debe el Estado financiar el arte y la cultura?
Por: @TrujilloUrrea
El mago Kandú volvió a los escenarios esta vez como analista social. El actor Robinson Díaz declaró en una entrevista para el Tercer Canal que rechazaba la afirmación popular de que “hay que apoyar el arte”. Díaz fue enfático en señalar que, si el arte es bueno, las personas van a estar dispuestas a pagar por él como hacen con Bad Bunny o Shakira. El video inundó los perfiles de personas que se oponen a que el Estado financie el arte y la cultura. En tiempos de déficit fiscal, de necesidad de un ajuste al gasto público, los discursos del Estado mínimo ganan cierto brillo.
El argumento de aquel que interpretó a Saul en “La Pena Máxima” —una de las mejores películas hechas en Colombia— es, si se quiere, neoclásico en términos económicos. Díaz acepta en su análisis que el sistema de precios es el mejor mecanismo de valoración social. En ese sentido, si una obra es buena los espectadores van a pagar por ella. Lo bueno, en este caso, está dado por la generación de valor económico. Si el público paga, entonces eso habla de la genialidad de la creación artística. El buen arte será aquel que es valorado con dinero.
¿Qué pasa entonces con aquel arte por el que no se paga? ¿No tiene ningún valor y debería desaparecer? Una posible respuesta a esa pregunta la encontramos en la obra de Michael Sandel, el célebre profesor de filosofía moral de Harvard. Sandel plantea que muchas cosas no pueden ser apreciadas por el sistema de precios pues estaríamos efectuando una falsa valoración. Pensemos por ejemplo en uno de los casos más extremos. No permitimos que se establezca un mercado de compra y venta de niños porque estaríamos valorándolos falsamente. Un niño no es un bien de consumo. No creemos que los buenos niños valen más que los niños malos. En ese mismo sentido, no permitimos que los ciudadanos vendan su voto porque consideramos que hay un valor asociado al ejercicio de la ciudadanía que no puede ser estimado por el dinero, y que, de hacerlo, estaríamos corrompiendo ese bien, convirtiendo un deber cívico en un asunto transaccional.
Con el arte y la cultura sucede algo similar. Cuando aceptamos que el precio es el único modo de valorarlo estamos realizando una falsa valoración. El arte y la cultura tienen también valor patrimonial y social. Cuando consideramos que su valía está dada solo por la lógica del mercado lo reducimos a mero objeto de intercambio. ¿Si nadie paga por una canción hecha en nukak makú debería desaparecer como patrimonio colombiano? ¿Si las mochilas Wayuu dejan de comercializarse deberíamos permitir que desaparezcan? ¿El Estado no debería invertir recursos para garantizar el mantenimiento del patrimonio cultural? ¿Solo el arte por el que se paga es el que tiene valor?
En esta sala no queda más na’, dijo Abelardo
Por: @salobeyer
En el segundo piso del Museo Nacional quedaron colgados los letreros. En la sala “Hacer sociedad” los muros grises conservan la sombra rectangular de lo que estuvo ahí, la red de luces que lo iluminaba, y una ficha técnica que le sigue explicando al visitante qué debería estar mirando.
“Esta sala presenta condiciones históricas de organización social y política del país. Hace referencia a procesos de convivencia, resistencia, y reivindicación. Relata casos relacionados con la manera como se ha tejido la sociedad en Colombia.” Y ya no hay diez obras de historia LGBTI y feminista que estaban el lunes.
Otra: “Reivindicación de Nación – De la Constitución de 1991 al Proceso de Paz de 2016.” En esa no queda nada de nada.
Una bandera del orgullo. Una revista. Un impreso sobre derechos reproductivos. Un afiche de la campaña presidencial de Bernardo Jaramillo Ossa, candidato de la UP asesinado en 1990 por grupos paramilitares en alianza con el Estado. Nada.
El Museo Nacional es el más antiguo del país, fundado en 1823, y funciona en el edificio que fue el Panóptico, una cárcel. Sirvió para encerrar gente, y después lo convertimos, juntos, en el lugar donde Colombia guarda lo que decidió recordar. Ayer volvió a su primer oficio.
Mientras el presidente Abelardo de la Espriella visitaba el Ministerio de Cultura para anunciar una “contrarrevolución cultural” y una lucha patriótica contra el wokismo, el secretario general del ministerio, Julián Sterling, llegaba al museo con la directora encargada. A La Silla Vacía en su reportaje fuentes internas que pidieron anonimato por miedo a represalias contaron que escogieron a dedo y a puerta cerrada las piezas que saldrían. Odas al terrorismo, dijeron.
Quisiera saber cuál de esas piezas disparó un fusil. En qué renglón del impreso sobre anticoncepción estaba la apología al terrorismo.
León Zuleta fue asesinado en Medellín en 1993 por ser quien era y por decirlo en voz alta en una ciudad donde eso costaba la vida. Treinta y tres años después, un gobierno lo vuelve a sacar de la historia, pero con destornillador.
Y Bernardo Jaramillo no fue victimario de nadie. Fue un candidato presidencial, y antes sindicalista, víctima de un exterminio por el que la Corte Interamericana condenó al Estado. Descolgar ese afiche bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo deja ver la verdadera vara: el problema es cualquier memoria que le recuerde al Estado lo que hizo, y a quiénes dejó por fuera.
No es casualidad que también haya caído el muro de la Constitución del 91, con el tarjetón de la Séptima Papeleta y la pluma hecha con una bala con la que se firmó el Acuerdo de Paz. Ni que en “Memoria y Nación” se hayan desmontado casi todas las fotos del muro de la diversidad.
Esa, nuestra Constitución, es el texto que obliga al Estado a reconocer y proteger la diversidad étnica y cultural de Colombia, y que consagra que mujeres y hombres tienen, en papel, iguales derechos y oportunidades. Todo lo que las mujeres y la población LGBTI hemos conquistado en Colombia tiene ese muro como punto de partida, por lo que quitarlo el mismo día que la bandera del orgullo y el impreso de Sí Mujeres es coherencia ideológica, por más que la vistan de curaduría.
Los silencios en la historia no aparecen solos, dijo el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot. Alguien los produce, y uno de los momentos en los que se producen es cuando se arma el archivo, cuando alguien decide qué se exhibe y qué no.
En Colombia hemos aprendido esa lección a las malas. Las mujeres víctimas del conflicto, por ejemplo, tuvieron que recoger sus propios testimonios, casi mil en el informe La verdad de las mujeres de la Ruta Pacífica, porque nadie más los estaba buscando. Esa memoria, en vez de regalarse por algún gobierno, fue recogida a pulso por aquellas que soñaban con una Colombia en paz, y que ayer fueron sacadas del museo.
Admiran mucho a Estados Unidos y a Europa. ¡Tenemos un presidente con nacionalidad gringa e italiana, por Dios bendito! ¡Que sabe hablar inglés! Pero, entre todo lo que tienen esos países, lo más valioso es la memoria histórica, preservada cuidadosamente por manos bastante alejadas del poder presidencial.
Archivos de la Guerra Civil digitalizados, con opción de enviar copias en braille por correo, y con pistas en audio que los narran. Así aprenden ellos sobre esclavitud, la Confederación, sobre Lincoln y Davis. O, en Italia, el municipio de Riccione compró la villa de Mussolini para que no terminara en manos de “nostálgicos del fascismo”. Así aprendieron ellos que un estado es un custodio de la memoria; no un dueño.
No somos los únicos a quienes les intentan lavar el cerebro. En República Checa el gobierno de Peter Magyar, quien destronó al tirano Orbán, intentó cerrar la “Casa del Terror” hace un mes, un museo recordando las víctimas del totalitarismo. O, en Alemania, un concejo en Heidenau, liderado mayoritariamente por el AfD, prohibió las piedras de tropiezo, que honran a las víctimas del Holocausto en los lugares donde vivieron o trabajaron.
La tentación de meterle mano a la memoria no tiene ideología. Sí la tiene cualquiera que llegue al poder convencido de que la historia le pertenece.
El presidente dice que va a defender los valores, la tradición familiar y la identidad nacional. ¿De cuál identidad habla? Porque la nación que estaba colgada en esas paredes, la que yo conozco, también tiene lesbianas, mujeres que toman anticonceptivos, militantes de izquierda asesinados por pensar distinto, estudiantes que votaron con una papeleta que no existía. Esa también es la tradición de este país, y también es su familia, aunque no sea la que a él le guste para posar en la foto.
¿Y Pablo Escobar qué, Abelardo?
Por: @juancarbolivar
En una rueda de prensa convocada para justificar su orden de retirar del Museo Nacional las fotografías de Carlos Pizarro, @abdelaespriella sentenció: “No acepto la apología al terrorismo”. Perfecto, Colombia debería tomarse muy en serio esa discusión. Pero, si de verdad queremos darla con coherencia, convendría empezar por la glorificación del peor terrorista que ha tenido el país: Pablo Escobar.
De la Espriella reaccionó con vehemencia ante la presencia de fotografías de Carlos Pizarro en el Museo Nacional. Su indignación plantea una pregunta: ¿muestra la misma contundencia frente a la glorificación cotidiana de Escobar?
En Medellín, Cali, Cartagena y más ciudades del país se venden camisetas, llaveros y toda clase de recuerdos con el rostro de Escobar. También se ofrecen recorridos turísticos por los lugares asociados con su vida. Su imagen se ha convertido en mercancía, disfraz y atractivo para visitantes. El jefe del Cartel de Medellín aparece reducido a personaje pintoresco, como si hubiera sido un bandido extravagante y no el responsable de una campaña terrorista contra el Estado y la sociedad colombiana.
Estamos hablando del hombre que ordenó asesinatos de jueces, periodistas, policías y dirigentes políticos; del narcotraficante que hizo estallar un avión comercial y convirtió las bombas en un instrumento de presión pública. Sin embargo, ante ese negocio de la nostalgia mafiosa, el discurso contra la apología al terrorismo suele sonar bastante más tímido y nunca “firme”.
La diferencia importa porque un museo y una tienda de recuerdos no cumplen la misma función. Los museos existen para conservar, contextualizar, explicar y confrontar la historia, incluso sus episodios m��s dolorosos y sus protagonistas más controvertidos. Exhibir una fotografía no equivale automáticamente a rendir homenaje. De ser así, ningún museo podría mostrar a un dictador, un criminal de guerra o un jefe guerrillero sin convertirse en su apologista.
Carlos Pizarro fue comandante del M-19, una organización armada responsable de acciones criminales como la toma del Palacio de Justicia. Esos hechos deben examinarse sin idealizaciones ni complacencias. Resulta legítimo y necesario condenar sus acciones, cuestionar su trayectoria y discutir críticamente su legado. Recordarlo, sin embargo, no significa absolverlo.
Pero la historia de Pizarro tampoco termina en la guerrilla. El M-19 firmó la paz, entregó las armas y participó en la vida política legal. Pizarro fue asesinado en 1990, cuando era candidato presidencial, durante la misma época de violencia política en la que fueron asesinados varios candidatos y se produjo el exterminio de la Unión Patriótica.
Todo eso forma parte de la historia nacional. Una institución como el Museo Nacional no solo puede contarlo: tiene la obligación de hacerlo. La alternativa sería construir una memoria mutilada, organizada según las simpatías políticas del gobernante o del candidato de turno.
Además, la indignación selectiva convierte “la lucha contra la apología del terrorismo” en una herramienta partidista. Si una fotografía histórica de Pizarro resulta intolerable, ¿qué deberíamos decir de la comercialización sonriente de Escobar? ¿Qué es más cercano a la apología terrorista: una exposición que permite discutir el conflicto armado o una camiseta que transforma a un asesino en ícono de la cultura popular?
La comparación internacional nos da luces del argumento: en Alemania, la exhibición pública de símbolos de organizaciones nazis está severamente restringida, aunque existen excepciones para fines educativos, históricos y científicos. La distinción es clara: una cosa es estudiar el horror y otra convertirlo en propaganda o mercancía.
En Colombia parecemos haber invertido esa lógica. Ahora les escandaliza que un museo muestre a un protagonista de la historia política, pero aceptan la imagen de Pablo Escobar como recuerdo turístico. La memoria crítica provoca polémica mientras la banalización del narcoterrorismo produce ganancias.
Por eso, si Abelardo de la Espriella quiere encabezar una cruzada coherente contra la apología al terrorismo, tiene un buen lugar por donde comenzar. No borrando fotografías ni decidiendo qué personajes pueden aparecer en un museo, sino enfrentando la industria que convirtió al mayor narcoterrorista de nuestra historia en una celebridad. La historia de nuestro país ha sido cruda y dolorosa, pero esconderla debajo del tapete solo demuestra la pequeñez del gobernante de turno.
34 años después, esta cita de Estanislao Zuleta describe muy bien los delirios del presidente De la Espriella, Paola Holguín, Ilva Myriam Hoyos, Alejandro Ordóñez y sus seguidores:
Nos unimos el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), el Museo de Arte Moderno de Barranquilla (MAMB), el Museo de Arte Moderno de Cartagena, el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), el Museo Rayo, y el Museo de Arte Moderno del Tolima para emitir una declaración conjunta sobre el retiro de obras del Museo Nacional de Colombia.
Me gustaba más cuando los libros, películas y series distópicas de ciencia ficción parecían eso: ciencia ficción. Cuando no narraban lo que vivimos sino que hablaban de mundos de fantasía a los que parecía difícil o imposible llegar. Pero llegamos. Vivimos en una distopia, en un tiempo que da miedo y del que, en unos años, habrá libros, series y películas para entender cómo llegamos hasta acá y cómo perdimos la humanidad.
Petro quitó el magnífico cuadro de la maestra Beatriz González, “La Constituyente” del Consejo de Ministros en la Casa de Nariño. No me gustó que lo hubiera hecho.
Tampoco me gustó su veneración fanática por la sotana del cura Torres, el sombrero de Pizarro y -siendo Bolivariano- tampoco me gustó su obsesión con la espada del Libertador.
Me habría opuesto si hubiera mandado a bajar el arte religioso del Museo Nacional, o cualquier pieza que no fuera de su gusto o el de sus simpatizantes.
Por eso mismo estoy en desacuerdo con que se remuevan piezas que cuentan parte de la historia de Colombia, historia que no me gusta, pero historia al fin y al cabo.
Fui miembro de la junta de un museo durante unos años -un inmenso honor- había decenas de obras de la colección que no me gustaban, tenían mensajes políticos fuertes, algunos ofensivos para mi gusto. Una pieza en particular del artista Jorge Julián Aristizábal era injusta e históricamente falsa frente al gobierno de Uribe.
Hubo presiones para quitarla, nunca estuve de acuerdo. En conversación con Uribe me dijo que lo único que pedía es que junto a la obra publicaran una hoja suya dando su versión de ese episodio. Un acto democrático y admirable. Ahí terminó la polémica. La obra sigue exhibida.
No estoy de acuerdo con que bajen algunas piezas de contenido político del Museo Nacional. Como dice con claridad y gran estilo @andrescarob en su columna, La historia oficial: “…el Museo Nacional no debería depender de la voluntad de los políticos, sino, más bien, de historiadores y antropólogos y arqueólogos y curadores que puedan debatir y mostrar no la relatividad de la verdad, pero sí su complejidad”.
No se debe aplaudir lo que no quisiéramos que hiciera otro gobernante contrario a nuestras ideas y creencias. Por eso, prefiero y sugiero que el Museo Nacional siga exponiendo de la mejor manera, entendiendo que el equilibrio es imposible, la historia completa de nuestro país y no sólo la que nos gusta.
La Constitución Política de Colombia dice que el Estado debe proteger la diversidad cultural (art.1), coloca en pie de igualdad a todas las confesiones religiosas (art. 19), garantiza la libertad de enseñanza (art. 27), protege el libre desarrollo de la personalidad (art.16), y asegura la libertad de todas las personas (art. 28).
Hay que evaluar si la susodicha "batalla cultural" en la que parecen empecinados desde el gobierno es contraria o no a esa Constitución que juraron cumplir.
Hay personas que lograron superar sus peores momentos gracias a un perro que insistía en salir a pasear o a un gato que nunca dejó de acostarse a su lado. No son mascotas, son familia, y no pienso discutirlo.
Compren libros, muchos, todos los que puedan. Libros incómodos, desafiantes, que les cuestionen. Porque al ritmo que vamos, los prohibirán y nos volveremos a esconder para leer. Nos reuniremos en sótanos para pensar, escribir, reflexionar.
El amor a los libros se hace urgente.
Terrible lo que hacen. El gobierno debe dar explicaciones, devolver las piezas a su lugar y promover un diálogo abierto al respecto. No tiene el derecho de borrar arbitrariamente la historia de Colombia.
Dijeron que la cultura no es para promover ideologías y es justamente lo que están haciendo. La Nación no se hace censurando y borrando sino incluyendo, comprendiendo y conversando.
La historia no puede borrarse. Las personas no pueden borrarse. La diversidad está ahí aunque quieran negarla, y se hará más visible. La Constitución del 91 sigue vigente aunque quieran desaparecerla.
Ministra, proteger los derechos de los niños y representar la memoria #LGBTIQ+ son deberes compatibles. Esa memoria es historia de Colombia.
Publique qué retiraron del @museonacionalco y qué sustenta cada decisión.
Gobernar obliga a representar también a quienes piensan distinto.