En mi juventud tomé las armas por la Reforma, la gran guerra liberal que le arrancó a la Iglesia católica su riqueza y su poder. En mi vejez, en silencio, le devolví buena parte. No por fe: por aritmética.
Yo era liberal hasta los huesos. Hasta había abandonado un seminario para unirme a la causa anticlerical, y había peleado por las leyes que rompieron el dominio de la Iglesia sobre México. Así que a muchos les sorprendió que, ya de presidente, hiciera las paces con la mismísima institución que había ayudado a humillar. Le llamé la "política de conciliación". Nunca derogué las Leyes de Reforma —ahí quedaron, escritas, con toda su gloria anticlerical—, pero simplemente dejé de aplicarlas. Y en ese silencio conveniente, la Iglesia volvió a respirar: recuperó propiedades, regresaron sus frailes y sus monjas, reabrió escuelas y hospitales. La dejé levantarse, sin admitir jamás que lo había hecho.
¿Por qué? No porque hubiera encontrado a Dios, se lo aseguro. Mi devota Carmelita ayudó, pero la verdadera razón era más simple: los curas y los obispos todavía tenían enorme influencia sobre millones de mexicanos, y un hombre que quiere gobernar para siempre necesita que todos los poderes del país estén, o alimentados, o asustados. Así que alimenté a la Iglesia. Fue mi "pan o palo" aplicado al altar: pan para los obispos, a cambio de su bendición sobre mi régimen. Y esto es lo que nunca me perdonaron: los traje con el anzuelo durante treinta años, dejándolos creer que algún día les devolvería todos sus derechos, y jamás lo hice. No me rendí ante la Iglesia. La domestiqué. ¿Sabías que el liberal anticlerical Díaz fue quien dejó que la Iglesia recuperara su fuerza, por pura conveniencia? Cuéntame qué te parece 👇
“Siento que no se trata simplemente de intentar rendir mejor en los playoffs. Creo que se trata de la concentración con la que llegas.
Así que, en esos momentos, tu juego mejora de forma natural. Se trata de no forzarlo, sino de apoyarse en los compañeros. Creo que eso es lo que nos impulsó.”
— Stephon sobre la diferencia entre Playoffs y Regular Season.
Porfirio Díaz no reprimió a la prensa. La administró.
El sistema tenía nombre: pan o palo. Al que escribía bien del régimen le llegaban subvenciones, y hacia 1888 el gobierno subsidiaba decenas de periódicos en el país. A partir de 1896 los subsidios se concentraron en El Imparcial, el diario del régimen encargado de dominar las batallas periodísticas. Al que escribía mal le llegaba la cárcel de Belén. Los hermanos Flores Magón acabaron ahí una y otra vez.
Y está el caso que resume la máquina completa: el periodista José Ferrel pasó un año encerrado desde agosto de 1895. Según la investigación de Ríos, lo aguantó adentro porque carecía de contactos políticos importantes. Al salir se integró al grupo en el poder, y en 1898 fue recompensado con una curul en el Congreso.
Preso. Luego comprado. Luego diputado.
Ciento treinta años después, la discusión sobre dinero público y periódicos sigue exactamente donde estaba.
¿Ustedes creen que hoy es pan, o es palo? 👇
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Fue un arriero de sangre africana e indígena que mantuvo viva la independencia de México cuando todos los demás se habían rendido, se convirtió en el primer presidente negro de México, y abolió la esclavitud. Y su propia patria lo vendió por oro y lo fusiló.
Vicente Guerrero nació pobre, en 1782, de ascendencia africana e indígena: un hombre al que su sociedad estaba enseñada a despreciar por el color de su piel. Cuando la Guerra de Independencia se derrumbó tras la muerte de Hidalgo y Morelos, y casi todos los insurgentes habían aceptado el indulto del rey, Guerrero se negó. Siguió peleando en las montañas del sur durante años. Cuando los realistas mandaron a su propio padre a rogarle que se rindiera, respondió con las palabras que se volvieron leyenda: "La Patria es primero". Ayudó a consumar la independencia, y en 1829 se convirtió en el segundo presidente de México, el primero de ascendencia africana. Y ese año hizo algo que la historia no debería olvidar jamás: en vísperas del Día de la Independencia, decretó la abolición de la esclavitud.
Pero sus enemigos no pudieron perdonarle ni su origen ni su poder. Su propio vicepresidente lo derrocó, y cuando Guerrero huyó al sur a seguir peleando, recurrieron a la traición. Le pagaron a un capitán de mar genovés, Picaluga, para que invitara a Guerrero a comer a bordo de su barco en Acapulco, y una vez que estuvo a bordo, lo apresaron, lo encadenaron y lo entregaron a cambio de una recompensa en oro. Le hicieron un juicio falso, sin permitirle defensa alguna, y lo fusilaron en el atrio de una iglesia de Oaxaca en 1831, a los treinta y nueve años. Y en los años que siguieron, los pintores incluso blanquearon su rostro en los retratos, tratando de borrar al héroe africano en el corazón de la libertad mexicana. El estado de Guerrero lleva hoy su nombre, pero pregunta cuántos saben que el hombre que abolió la esclavitud fue un presidente negro traicionado por oro. ¿Sabías que el presidente que abolió la esclavitud en México era afroindígena, y que lo blanquearon en sus retratos? Cuéntame 👇
La pirámide más grande de la Tierra no está en Egipto. Está en México, y durante siglos casi nadie supo que estaba ahí, porque estaba disfrazada de cerro, con una iglesia encima.
En el pueblo de Cholula, Puebla, se alza la Gran Pirámide, que los antiguos nahuas llamaban Tlachihualtépetl, "el cerro hecho a mano". Por volumen, es la pirámide más grande jamás construida por el ser humano: casi el doble que la Gran Pirámide de Giza, con una base cuatro veces más ancha. No la levantó un solo pueblo ni una sola época: durante más de mil años, cultura tras cultura edificó una pirámide nueva encima de la anterior, dedicada al dios Quetzalcóatl, hasta que creció en un coloso. Y luego fue abandonada, y el tiempo hizo algo extraordinario: la tierra, el pasto y los árboles la fueron cubriendo, hasta que la pirámide más grande del mundo pareció exactamente un cerro verde cualquiera.
Así que cuando llegaron los españoles en 1519, no vieron un templo que destruir: vieron una colina. Y sobre esa "colina" construyeron una iglesia, el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, sin imaginar jamás que bajo sus cimientos dormía una pirámide mesoamericana gigantesca. Ahí se quedó, escondida a plena vista, durante siglos; su existencia como pirámide apenas se confirmó hace unos 150 años, cuando los arqueólogos empezaron a excavar túneles en el "cerro" y encontraron las escalinatas y los templos por dentro. Hoy, la pirámide más grande del planeta sigue llevando una iglesia como corona, y casi todo el mundo nunca ha oído hablar de ella. El monumento más grande de México era demasiado grande para verse. ¿Sabías que la pirámide más grande del mundo está en México y no en Egipto? Dime si ya la conocías o si ya la visitaste 👇
Maximiliano de Habsburgo fue fusilado el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas, junto a Miramón y Mejía. El ataúd que le prepararon era demasiado pequeño: medía 1.87 y los pies le sobresalían.
El embalsamamiento se le encargó al doctor Vicente Licea. Como no tenía prótesis oculares azules del color de los ojos del emperador, le quitó los ojos de vidrio negro a una imagen de Santa Úrsula del hospicio de Querétaro y se los puso a Maximiliano. Héctor de Mauleón lo documentó en Nexos.
Licea además vendió mechones de su barba, de su cabello y sus ropas. Un tribunal lo absolvió argumentando que solo había recogido unas prendas abandonadas.
El trabajo quedó tan mal hecho que, camino a la capital, el carro volcó en un arroyo y el cuerpo llegó mojado y ennegrecido. Hubo que embalsamarlo por segunda vez.
Escribí Maximiliano preguntándome qué le debemos a un hombre al que ni siquiera respetamos muerto.
¿Ya conocías esta parte? 👇
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En 1925 los restos de Hidalgo, Morelos, Allende y Aldama fueron trasladados con honores de la Catedral Metropolitana al Ángel de la Independencia. Todos menos uno.
Agustín de Iturbide sigue en la Catedral, en la capilla de San Felipe de Jesús. Y él fue quien consumó la Independencia: entró a la Ciudad de México al frente del Ejército Trigarante el 27 de septiembre de 1821, el día que cumplía treinta y ocho años. La bandera que usamos hoy la diseñó él.
Tres años después, un decreto lo declaró traidor y fuera de la ley si pisaba territorio mexicano. Iturbide desembarcó en Tamaulipas el 14 de julio de 1824 sin saber que ese decreto existía; venía a advertir sobre una conspiración española. Lo fusilaron el 19 de julio en Padilla. Juristas como Silvia Martínez del Campo sostienen que aquel decreto no resiste el menor análisis jurídico.
Escribí Iturbide porque no me cabía que el consumador de la Independencia fuera el único al que dejamos atrás.
¿Debería estar en el Ángel, sí o no? 👇
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A veces creemos que para cambiar el mundo necesitamos hacer algo grande.
Pero el cambio real no siempre empieza con un estruendo.
Empieza en silencio.
En una decisión que tomas a solas.
En una palabra que eliges con cuidado.
En un gesto que nadie ve, pero que transforma tu energía.
En una pausa que haces para no reaccionar desde el ego.
Cada acto consciente es una semilla.
Y aunque no veas el árbol de inmediato,
algún día dará sombra a alguien que ni siquiera imaginabas.
No subestimes el poder de lo que haces hoy.
No desde la grandiosidad, sino desde la presencia.
✨ El cambio colectivo no es otra cosa que la suma de millones de actos pequeños hechos con alma. Tú eres parte de esa suma. Hoy, elige con consciencia.
#EfectoPositivo #CambioColectivo #ToñoEsquinca
El águila devorando una serpiente que ondea en la bandera de México podría estar basada en un error, porque en la historia original, lo más probable es que no hubiera ninguna serpiente.
Todo mexicano aprende el relato: los mexicas, peregrinando durante generaciones desde una tierra lejana llamada Aztlán, recibieron de su dios Huitzilopochtli la promesa de que fundarían su ciudad donde encontraran un águila posada sobre un nopal. Tras años como pueblo errante, vieron la señal en un islote pantanoso del lago de Texcoco, hacia el año 1325, y ahí fundaron México-Tenochtitlan, la ciudad que llegaría a ser una de las más grandes del mundo. El mito de fondo es aún más rico: el nopal creció del corazón enterrado de Cópil, un enemigo que el dios había sacrificado, de modo que el águila se posaba sobre un corazón, y la fundación quedaba atada a la guerra, el sacrificio y el destino.
Pero mira de cerca las imágenes más antiguas que los mexicas dejaron de ese momento —como la lámina fundacional del Códice Mendoza— y algo falta: la serpiente. No hay ninguna víbora en el pico del águila. Lo que aparece en su lugar es un glifo enroscado que los nahuas llamaban atl-tlachinolli, "agua quemada", su símbolo de la guerra sagrada. Muchos historiadores creen que, cuando los españoles vieron ese signo saliendo de la boca del águila, lo malinterpretaron como una serpiente, y de ese malentendido nació el "águila devorando una víbora", que con el tiempo voló hasta la bandera nacional. Así que el símbolo más reconocido de México podría descansar sobre un hermoso error: la serpiente que nunca fue serpiente, sino un glifo que significaba la guerra y la fundación de un mundo. ¿Sabías que en los códices originales no hay serpiente? Dime si te sorprende lo que traes en la bandera 👇🦅
Al hombre que México llama Padre de la Patria lo excomulgó su propia Iglesia, lo despojaron de su sacerdocio, lo fusilaron y lo decapitaron, y su cabeza quedó colgada en una jaula de hierro durante diez años. Así empezó, de verdad, la Independencia.
Miguel Hidalgo era un sacerdote católico —el cura del pueblito de Dolores— cuando, la mañana del 16 de septiembre de 1810, tocó la campana de su iglesia y llamó a México a levantarse contra el dominio español. La respuesta de la Iglesia fue veloz y despiadada: en cuestión de días, el obispo lo excomulgó, condenando al padre de la insurrección como hereje y rebelde. (En honor a la verdad, los historiadores señalan que no murió excomulgado: antes de su fusilamiento fue confesado y absuelto.) Pero había una crueldad especial reservada a un rebelde que además era cura: antes de matarlo, lo "degradaron", arrancándole las vestiduras y, se dice, raspándole la piel de las yemas de los dedos con que había consagrado la hostia, para que jamás volviera a ser sacerdote.
Lo fusilaron en Chihuahua en 1811, y hasta su muerte se hizo para humillarlo. Tres descargas no dieron en su corazón; él mismo puso la mano sobre su pecho y les indicó a los soldados dónde apuntar. Luego le cortaron la cabeza. Y su cabeza —junto con las de sus compañeros Allende, Aldama y Jiménez— fue llevada a Guanajuato y colgada en una jaula de hierro en una esquina de la Alhóndiga de Granaditas, dejada ahí a la vista de todos durante diez años, como advertencia para cualquiera que soñara con la libertad. La cabeza del Padre de México vigiló la ciudad hasta que por fin se ganó la Independencia. Así que cuando escuches el Grito este septiembre, recuerda: el hombre detrás de él no era un héroe de mármol. Era un cura de carne y hueso al que su propia Iglesia maldijo y cuya cabeza colgó en una jaula una década, y encendió la llama de todos modos. ¿Sabías cómo terminó de verdad el padre de la patria? Cuéntame qué te enseñaron en la escuela sobre Hidalgo 👇🇲🇽
Tuve un general leal que pudo haber sido mi sucesor, que quizá le habría ahorrado a México la Revolución. Así que hice lo que hacen los dictadores con sus mejores hombres: me deshice de él.
Bernardo Reyes fue uno de los mejores soldados de mi régimen: héroe de la guerra contra los franceses, y el gobernador que convirtió al polvoriento Nuevo León en el moderno Monterrey. Me era leal hasta el exceso. Y ese era, justamente, su problema. Conforme yo envejecía, todo México empezó a murmurar su nombre como mi sucesor natural; el "reyismo" crecía con cada año. Un hombre más sabio y más generoso lo habría preparado para tomar su lugar. Pero ningún dictador quiere un sucesor: un sucesor no es más que un recordatorio de que uno es mortal. Así que en 1909 no premié a Reyes. Lo desterré, disfrazando el destierro de "comisión diplomática" a Europa, para sacar su cara popular y peligrosa del país antes de las elecciones.
Fue, ahora lo veo, uno de los errores fatales que nos condenaron a todos. Al negarme a permitir una sucesión ordenada, dejé a México sin puente entre mi gobierno y lo que viniera después: solo un precipicio. Cuando caí y subió Madero, mi leal Reyes volvió a un país que ya no reconocía, su lealtad agriada en amargura, y se lanzó a una rebelión perdida. En febrero de 1913 espoleó su caballo hacia Palacio Nacional para tomarlo por la fuerza, y una ráfaga de ametralladora lo derribó en los primeros minutos del asalto: el disparo que abrió la Decena Trágica, los diez días de sangre que asesinarían a Madero y hundirían a México en años de guerra. El hombre que desterré para proteger mi poder murió encendiendo la ruina de todo lo que construí. (Su hijo, Alfonso Reyes, se volvió uno de los más grandes escritores de México, y lloró ese día toda su vida.) Cuídate del líder que no soporta preparar a quien lo suceda: no protege al país, se protege a sí mismo, y suele dejar tras de sí un abismo. ¿Conocías al presidente que México no tuvo? Cuéntame 👇
El mundo leía que mi México era pacífico, próspero y feliz. Por supuesto que lo leía. Yo era dueño de los periódicos que lo decían.
Entendí temprano que un gobernante no solo gobierna un país: gobierna lo que al país se le permite saber. Así que apliqué a la prensa mi método favorito, como a todo: pan, o palo. A los periódicos que me elogiaban les di pan —subvenciones generosas, canalizadas en silencio por mi Secretaría de Gobernación—, hasta que toda una prensa "oficial" cantaba mis glorias. Mi buque insignia, El Imparcial, era hermoso, costaba un solo centavo, y vendía ciento veinticinco mil ejemplares del México que yo quería que el mundo viera. Y a los periódicos que no se dejaban comprar les di el palo: los clausuraba, les incautaba las imprentas, y echaba a sus periodistas a las celdas de Belén.
Durante mucho tiempo funcionó. Los extranjeros y los inversionistas leían mi nación próspera y ordenada en las páginas que yo había pagado, y jamás veían el país que había debajo. Pero esto es lo que todo censor aprende demasiado tarde: puedes silenciar a un periódico, pero no puedes silenciar la verdad que estaba imprimiendo. A los periodistas que perseguí con más saña —hombres como los hermanos Flores Magón y su diario, Regeneración— no logré matarlos; solo los empujé al exilio, donde siguieron escribiendo, y sus palabras de contrabando fueron una de las chispas que encendieron la Revolución que me acabó. La prensa que creí haber domado resultó ser la conciencia que apenas había pospuesto. Cuídate del gobierno que compra unos periódicos y encarcela a los otros: no te está dando paz, te está quitando los ojos. ¿Sabías cómo controlaba yo lo que México podía leer? Cuéntame 👇
Peña Nieto en una exclusiva boda en Italia, Calderón impartiendo conferencias en todo el mundo, Fox en su vida de agricultor, Zedillo en Yale y Salinas en España.
Mientras tanto, el que se daba golpes de pecho presumiendo integridad, honestidad y calidad moral; el que los iba a enjuiciar y encarcelar, permanece recluido en medio de la nada, protegido por elementos del Ejército, consumido por el miedo y la paranoía de que Trump envíe al Delta Force a capturarlo, ser traicionado por sus esbirros o sufrir un atentado por parte del crimen organizado en represalia a pactos incumplidos.
La historia siempre pone a todos en su lugar.
Únicamente Ant, Mitchell y Booker si recupera nivel son lo suficientemente diferenciales en ataque como para estar por encima de Stephon Castle.
Se viene año All Star y All Defense.
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Cada 13 de septiembre repetimos la misma escena: Juan Escutia envuelto en la bandera, lanzándose al vacío para que no cayera en manos del https://t.co/1mVd3BztJN ocurrió. El historiador Alejandro Rosas lo ha documentado: Escutia cayó a tiros junto con Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca cuando intentaban huir hacia el Jardín Botánico.Pero antes de que alguien se ofenda: Nicolás Bravo les había ordenado abandonar el castillo. Se quedaron. Nadie los obligó. Eso no lo inventó nadie, y basta para llamarlos héroes.Lo que sí se inventó fue el resto. La conmemoración oficial empezó en 1881 y el primer monumento se levantó en 1884, en pleno Porfiriato. Un país recién derrotado necesitaba una historia que le devolviera la dignidad. Y se la construyó.¿Prefieres el mito o los hechos? 👇#NiñosHéroes #13DeSeptiembre #HistoriaDeMéxico #HistoriaQueDuele #PorfirioDíaz
Aragorn tenía 87 años y Arwen 2778 durante los eventos de El Señor de los Anillos.
El 1 de marzo del año 120 de la Cuarta Edad, Aragorn falleció a los 210 años.
Arwen no pudo soportar su pérdida y falleció de pena y tristeza a los 2901 años, 123 años después de haber renunciado a su inmortalidad élfica para estar con él.
Tras la muerte de Aragorn, Arwen viajó a Lothlórien y se dirigió a Cerin Amroth, el lugar donde ella y Aragorn se habían prometido. Fue allí donde Arwen falleció.
Tolkien creó dos de las historias de amor más bonitas de la literatura: Beren y Lúthien, y Aragorn y Arwen.
En febrero de 1913, en la seguridad de la embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México, un brindis con champaña selló el asesinato de la democracia mexicana. Se llamó el Pacto de la Embajada, y el hombre que lo hospedó fue el embajador norteamericano.
Dos años antes, Francisco I. Madero había derrocado a Porfirio Díaz y se había convertido en el primer presidente democráticamente electo de México en décadas: la esperanza de la Revolución. Pero en febrero de 1913, un golpe militar, la "Decena Trágica", desgarró la capital. Generales rebeldes —entre ellos Félix Díaz, sobrino del viejo dictador— se levantaron; y el general en quien Madero confió su defensa, Victoriano Huerta, lo traicionó en secreto, prolongando a propósito el derramamiento de sangre mientras conspiraba con los rebeldes.
En el centro de la traición estuvo un nombre que México no debería olvidar: Henry Lane Wilson, el embajador de Estados Unidos. Wilson despreciaba a Madero; conspiró activamente para tumbarlo —falsificó documentos, advirtió en falso de una invasión estadounidense inminente, presionó a Madero para que renunciara—. Y el 18 de febrero de 1913 abrió su propia embajada a los dos generales rebeldes, Huerta y Félix Díaz, para que firmaran el pacto que depondría al presidente electo y le entregaría la presidencia a Huerta. Lo sellaron con champaña, en la seguridad del suelo diplomático americano.
Madero y su vicepresidente, Pino Suárez, fueron apresados, obligados a renunciar y —cuatro días después, el 22 de febrero— asesinados, fusilados bajo el endeble pretexto de un intento de fuga. Huerta, "el usurpador", tomó el poder; su dictadura brutal reencendió la Revolución. Y en el Congreso, el diputado Luis Manuel Rojas se puso de pie y, al estilo de Zola, tronó su propio "Yo acuso": "Acuso a míster Henry Lane Wilson, embajador de los Estados Unidos, como responsable moral de estas muertes".
El Pacto de la Embajada es una de las manchas más oscuras de la historia de México: no solo por la traición y la sangre, sino por dónde se firmó. La primera esperanza democrática de una nación se apagó no en un palacio ni en un cuartel, sino en una embajada extranjera, con una copa de champaña en la mano, por hombres que creían que el destino de un país era suyo para negociarlo. Hay crímenes que se vuelven peores por la elegancia con que se cometen.
Bajo mi mando, México tuvo un dios, y ese dios fue Francia. Mi élite soñaba con convertir la capital en "el París de las Américas": trazamos el Paseo de la Reforma como los Campos Elíseos, levantamos palacios de mármol y cristal franceses, importamos muebles y cocineros franceses, bebimos champaña, vestimos a la moda de París y hablamos francés en nuestras mesas. Nuestros hijos estudiaban en francés; nuestros pensadores leían filosofía francesa; hasta yo —empolvado y pulido— aprendí a moverme por el mundo como un caballero parisino. Ser culto, en mi México, era ser francés.
Y aquí está el absurdo que nunca dejé que se dijera muy fuerte. Francia nos había invadido. Fue Francia la que mandó un ejército a conquistar México y a un emperador extranjero a sentarse en un trono aquí; la misma Francia contra cuyos soldados yo había peleado, y cuyo imperio ayudé a derribar en Querétaro y en esta misma capital. Y sin embargo, unos pocos años después, todo mi régimen hincó la rodilla ante el gusto francés, la elegancia francesa, el todo francés. Sangramos para expulsar a los franceses, y luego pasamos treinta años tratando de convertirnos en ellos. Peor aún: mientras adorábamos una Europa que no era nuestra, nos enseñamos a avergonzarnos del México que sí lo era: el indígena, el popular, el verdadero. Esa fue la enfermedad en el corazón de mi época dorada: un país que había derrotado a un imperio, y que luego eligió disfrazarse de él.
Yo le di a México los ferrocarriles, mi símbolo más orgulloso del progreso. Más de veinte mil kilómetros de vías donde antes casi no había ninguna, uniendo el país desde el centro hasta los puertos y las dos fronteras. El mundo se maravilló: México, por fin moderno, cosido con acero. Lo que el mundo admiraba, y en lo que yo tenía el cuidado de no detenerme, era quién los construyó, y hacia dónde iban.
Se construyeron con dinero extranjero —estadounidense e inglés—, y por tanto, en verdad, se controlaban desde afuera. Y tendí las vías donde el dinero las quería: no para unir a mi pueblo, sino para sacar la riqueza del país. Las líneas corrían de las minas de plata, de los henequenales y de los pozos de petróleo directo a los puertos y la frontera, para que las riquezas de México —sus metales, sus fibras, su petróleo— fluyeran al norte y al otro lado del mar, a manos extranjeras y a unas pocas mexicanas. (Ya tarde, lo admito, intenté recomprar el control: mi ministro Limantour formó los Ferrocarriles Nacionales en 1908 para arrancárselos a los consorcios extranjeros.) Pero para entonces el patrón estaba puesto. Construí una máquina magnífica, diseñada, sobre todo, para llevarse a México lejos de los mexicanos. Progreso, sí. Pero pregúntense siempre, ante cualquier progreso: ¿progreso para quién?