Frikis, recuerden que ya empezamos a tener una edad y la Asociación Española de Rehabilitación y Mecina Física, tiene una web con ejercicios específicos para problemas concretos.
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Acaban de emitir este comercial en Caracol y se me salió una lágrima. Qué belleza 🥹
Yo sí apoyo a mi Selección Colombia y solo le deseo lo mejor a nuestros jugadores.
Me rehuso a odiar en nombre de la política, esto es lo único que nos une como país.
@elhigadodmarita@enrivalti Gracias por tus publicaciones, siempre es un gusto leerte. La iglesia católica, universal, es una sola, la que milita y guarda ese celo por agradar a Dios y tiene esa necesidad en su alma de refugiarse en El.
El autogol de Cepeda.
Algún día, cuando se escriba el manual de lo que jamás debe hacerse en una campaña presidencial, la cruzada de Iván Cepeda contra la camiseta de la Selección Colombia tendrá capítulo propio, y no tanto por malvada sino por torpe. En plena segunda vuelta, a puertas de un Mundial, su campaña miró a Abelardo de la Espriella vestido de amarillo y creyó ver una oportunidad para denunciar oportunismo. Pero lo que hizo fue tomar el símbolo más emocional y transversal del país y entregárselo en bandeja de plata a su rival.
El error viola la primera regla de la guerra simbólica: no se prohíbe lo que no se puede controlar. La camiseta está en las calles, en los bares, en las vallas publicitarias y en las fotos familiares. Estamos en temporada de Mundial y medio país anda de amarillo sin que eso signifique adhesión a nadie.
Ahí se produjo algo más poderoso que el simple efecto Streisand. Primero, prohibir la camiseta la volvió más visible y deseable. Segundo, miles de personas inundaron las redes con la camiseta puesta como muestra de apoyo a Abelardo, pero también por rebeldía, porque a nadie le gusta que le digan cómo se puede vestir. Y tercero, lo más grave: desde que Cepeda la convirtió en campo de batalla, cada colombiano de amarillo empezó a parecer abelardista, aunque no lo fuera. Una valla publicitaria, un niño con la diez de James, una señora yendo a votar de amarillo, todo quedó teñido de un color político que nadie eligió. Cepeda quiso quitarle la camiseta a Abelardo y terminó haciendo parecer abelardista a medio país. Ninguna campaña compra semejante omnipresencia, y él se la regaló gratis.
Esa reacción no fue casual. El problema de fondo fue una mala lectura del símbolo. La campaña de Cepeda trató la camiseta como si fuera una pieza de propaganda, cuando para millones de colombianos es una emoción compartida. La camiseta remite al fútbol, al Mundial, a la familia reunida frente al televisor, al orgullo nacional y a una forma simple de pertenecer a algo común en un país fracturado. Judicializarla en ese contexto no parecía una defensa de la neutralidad, sino un regaño contra la gente que quiere ponerse la camiseta de Colombia.
Por eso la reacción fue tan inmediata. A la gente le gusta “la Sele”, le gusta vestirse de amarillo y le molesta que una campaña pretenda administrar ese símbolo. Además, en un país donde la camiseta ha sido usada una y otra vez por políticos de distintos sectores, prohibírsela a un solo movimiento difícilmente se lee como equilibrio institucional. Suena más a persecución.
La prohibición, además, abre absurdos imposibles de explicar. ¿Quién es “miembro” del movimiento de Abelardo, y cómo se prueba, con un carné, con un trino? Si un jugador de la Selección simpatiza con él, ¿debe abstenerse de vestirla en el Mundial? Esa clase de orden no pacifica nada, sino que ridiculiza a la autoridad, y el beneficiario natural es quien puede presentarse como víctima del exceso. Por eso resultó tan revelador que Cepeda celebrara el fallo en redes, celebrando en público la medida que más daño le hacía a su propia candidatura.
Las campañas torpes pierden por falta de inteligencia, pero sobre todo por falta de intuición popular. Ven una infracción donde la gente ve una emoción. Ven un símbolo contaminado solo porque no lo controlan. Cepeda quiso impedir que Abelardo se apropiara de la camiseta y terminó haciendo exactamente eso. Le fabricó una causa, le regaló una bandera y le puso al país entero el uniforme de su campaña.
¿Cuántos de nosotros hemos atravesado profundos momentos de depresión? ¿Cuántos hemos caminado por esa temible Noche Oscura del Alma, donde el dolor se vuelve tan intenso que parece insoportable y la luz de Dios se oculta tras densas nubes?
Muchos lo hemos vivido. En un primer instante, el alma tiende a hundirse, abrumada por el peso. Uno siente que las fuerzas lo abandonan. Que llegó "a tocar fondo" y que el alma no puede mas. Pero curiosamente, es allí, cuando, estando en lo más hondo del abismo que descubrimos que “ya no queda nada”… y precisamente ahí, en ese vacío radical, surge la invitación decisiva: levantarse, seguir adelante, confiar, reunir las "últimas fuerzas", salir a flote y continuar andando. Porque esa es la grandeza del alma humana creada a imagen de Dios: no rendirse ante la adversidad. Aprende a sortear las tormentas, a interrogarse con honestidad, a examinar su vida con humildad. Y entonces comprende una verdad liberadora: ese dolor tan agudo no es un castigo absurdo, sino un cincel divino que talla el alma, la purifica y la dispone para la gloria.
La gran mentira del mundo moderno -y que tiene un hedor diabólico- es convencernos de que hemos venido a este mundo "para ser felices" en el sentido superficial y terrenal. El problema de quien adopta esta idea es que empieza a compararse con los demás. Ve las vidas ajenas como un escaparate de supuesta felicidad y, al no encontrar en sí mismo esa imagen, se siente inferior, indigno, fracasado. Así, la frustración y la desesperanza van carcomiendo el alma poco a poco.
Los santos y doctores de la Iglesia nos enseñan mucho sobre lo que significa enfrentar el camino de la vida para hacerlo más profundo y verdadero. San Juan de la Cruz y santa Teresa nos hablan de la Noche Oscura del Alma NO como un fracaso, sino como una gracia purificadora. San Agustín, -que conoció bien el peso del corazón sufriente-, nos recuerda que solo descansaremos cuando reposemos nuestro corazón abrumado en Dios. Santa Catalina de Siena afirmaba con audacia que “todo procede de Dios, todo vuelve a Dios y todo está en Dios”.
Cuando comprendemos que nuestra existencia en la tierra no tiene como fin último “ser felices” según los criterios del mundo, sino purificar el alma, aprender a amar en medio de la fragilidad y prepararnos para la eterna Gloria de Dios, todo cambia. El dolor deja de ser un tormento sin sentido para convertirse en una estación necesaria del camino. Ya no es el enemigo a destruir, sino el maestro que Dios permite para tallarnos según su designio de amor.
Recuerda: tu historia de vida es única e irrepetible. El fracaso, el desgarro y el sufrimiento pasan. Lo que más agrava el dolor es nuestra obstinada pretensión de controlar todo: los acontecimientos, los tiempos, los resultados. La verdadera liberación llega cuando, con humildad filial, entregamos esos momentos de intenso sufrimiento a nuestro Padre celestial.
“Señor, confío en que Tú me sostienes aunque no Te sienta”.
Con esa sencilla y tierna entrega de hijos, todo se transforma.
A veces, Dios parece callar y dejarnos solos. No es abandono: es una invitación amorosa a quedarnos a solas con Él, a entregarle ese dolor punzante, ese vacío que lacera el alma. Y es aquí cuando recibimos el tierno abrazo de Padre, que su Amor Infinito no solo nos consuela, sino que nos infunde una fortaleza nueva. Entonces, desde el mismo quiebre del alma, volvemos a levantar la mirada al cielo. Descubrimos que ese cielo nunca nos faltó. Y comprendemos que aquellos momentos aciagos, que tanto nos hicieron sufrir, se han convertido, por gracia divina, en la estación en el camino de la vida que más profundamente ha tallado y embellecido nuestra alma para la eternidad.
Toda vida ha sido creada con un fin último y supremo: Dios mismo. No existe una sola vida que no merezca ser vivida, porque cada una ha sido concedida por el Creador precisamente para que aprendamos a amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas.
autor: Mar Mounier.
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Imagen: Nuestro Señor Jesús llora en el Getsemaní.
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Dios llama para la Guerra a los mejores generales.
No a los tibios.
No a los que mantienen la mirada en el horizonte.
No a los que "buscan la felicidad".
No a los que pretenden "conservar".
No a los que niegan su propia naturaleza ontológica.
No a los que se denominan "soberanos".
No a los "autodeterminados".
No a los que abusan de su Misericordia.
No a los que niegan su Justicia.
No a los que gritan "¡Libertad!"
Sino a los que responden a Su reflejo y se inclinan ante la Soberanía Absoluta, reconociendo su dependencia en Él y el fin teleológico de su ser, para ordenar, custodiar, combatir, incluso morir con la visión vertical: elevada al Cielo mientras pisan tierra, añorando el regreso hacia Él.
¡Viva Cristo Rey!
Apple acaba de publicar un paper con un título demoledor: *The Illusion of Thinking*. Y no es metáfora. Lo que demuestra es que los modelos de IA que usamos todos los días —sí, tipo ChatGPT— no piensan. Ni un poco. Solo imitan que lo hacen.
Te explico: 🧵👇